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jueves, 28 de octubre del 2021

Para los enemigos de Romero, pido castigo

Para este muerto, no para el Santo, pido justicia.

Para los que de sangre alegando patriotismo salpicaron la patria, pido castigo.

Para los Miami six (Roberto Daglio, Enrique Altamirano, Luis Escalante, Julio y Juan Ricardo Salaverria, Roberto Muyshondt) verdugos que financiaron escuadrones de la muerte y mandaron esta muerte, pido castigo.

Para los traidores (Cardenal Alfonso López Trujillo y sus co-conspiradores de la Conferencia Episcopal Salvadoreña) que ascendieron sobre el crimen, pido castigo.

Para el que dio la orden de agoní­a (Roberto d´Aubuisson Arrieta), pido castigo.

Para los que (desde al ultra derecha e izquierda) defendieron este crimen, pido castigo.

II

Para este muerto, no para el Santo, pido justicia.

Excelentí­simo Señor Presidente

De los Estados Unidos de América

Jimmy Carter

Señor presidente:

En los últimos dí­as ha aparecido en la prensa nacional una noticia que me ha preocupado bastante: Según ella su gobierno está estudiando la posibilidad de apoyar y ayudar económica y militarmente a la actual Junta de Gobierno. Por ser usted cristiano y por haber manifestado que quiere defender los derechos humanos, me atrevo a exponerle mi punto de vista pastoral sobre esta noticia y hacerle una petición concreta. Me preocupa bastante la noticia de que el gobierno de Estados Unidos esté estudiando la forma de favorecer la carrera armamentista de El Salvador enviando equipos militares y asesores para “entrenar a tres batallones salvadoreños en logí­stica, comunicaciones e inteligencia”. En caso de ser cierta esta información periodí­stica, la contribución de su Gobierno en lugar de favorecer una mayor justicia y paz en El Salvador agudizará, sin duda, la injusticia y la represión en contra del pueblo organizado, que muchas veces ha estado luchando porque se respeten sus derechos humanos más fundamentales.

La actual Junta de Gobierno y sobre todo las Fuerzas Armadas y los cuerpos de seguridad, desgraciadamente, no han demostrado su capacidad de resolver, en la práctica polí­tica y estructuralmente, los graves problemas nacionales. En general, sólo han recurrido a la violencia represiva produciendo un saldo de muertos y heridos mucho mayor que en los regí­menes militares recién pasados, cuya sistemática violación a los derechos humanos fue denunciada por la CIDH

La brutal forma como los cuerpos de seguridad recientemente desalojaron y asesinaron a ocupantes de la sede de la Democracia Cristiana, a pesar de que la Junta de Gobierno y el Partido —parece ser— no autorizaron dicho operativo, es una evidencia de que la Junta y la Democracia Cristiana no gobiernan al paí­s sino que el poder polí­tico está en manos de militares sin escrúpulos, que lo único que saben hacer es reprimir al pueblo y favorecer los intereses de la oligarquí­a salvadoreña. Si es verdad que en noviembre pasado “un grupo de seis americanos estuvo en El Salvador suministrando doscientos mil dólares en máscaras de gases y chalecos protectores e instruyendo sobre su manejo contra las manifestaciones”, usted mismo debe estar informado que es evidente que, a partir de entonces los cuerpos de seguridad con mayor protección personal y eficacia han reprimido aún más violentamente al pueblo utilizando armas mortales. Por tanto, dado que como salvadoreño y Arzobispo de la Arquidiócesis de San Salvador, tengo la obligación de velar porque reinen la fe y la justicia en mi paí­s, le pido que si en verdad quiere defender los derechos humanos:

—Garantice que su gobierno no intervenga directa o indirectamente con presiones militares, económicas, diplomáticas, etc. en determinar el destino del pueblo salvadoreño. En estos momentos estamos viviendo una grave crisis económico-polí­tica en nuestro paí­s, pero es indudable que cada vez más el pueblo es el que se ha ido concientizando y organizando; y con ello ha empezado a capacitarse para ser el gestor y responsable del futuro de El Salvador y el único capaz de superar la crisis. Serí­a injusto y deplorable que por la intromisión de potencias extranjeras se frustrara al pueblo salvadoreño, se le reprimiera e impidiera decidir con autonomí­a sobre la trayectoria económica y polí­tica que debe seguir nuestra patria. Supondrí­a violar un derecho que los obispos latinoamericanos reunidos en Puebla reconocimos públicamente: “La legí­tima autodeterminación de nuestros pueblos que les permita organizarse según su propio genio y la marcha de su historia y cooperar en un nuevo orden internacional” (Puebla, 505). Espero que sus sentimientos religiosos y su sensibilidad por la defensa de los derechos humanos lo muevan a aceptar mi petición, evitando con ello un mayor derramamiento de sangre en este sufrido paí­s

Atentamente

Oscar A

Arzobispo

Corolario:

Para este muerto, no para el Santo, pido justicia.

No quiero que me den la mano empapada de esa sangre. Pido castigo. No los quiero de embajadores, tampoco en sus casas, tranquilos, los quiero ver aquí­ juzgados en esta plaza, en este sitio.

Quiero castigo.

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