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martes, 03 de agosto del 2021

Pandemia y corrupción en la región

“La gente no respeta nada actualmente. Antes poníamos la virtud, el honor, la verdad y la ley en un pedestal. La guerra ya acabó y hemos tenido casi doce años para enderezarnos, pero mire en qué lío hemos convertido la vida […]…La corrupción es el lema de la vida americana de hoy. Es la gran ley allí donde ninguna otra ley es obedecida. Está minando este país. Los gobernantes honestos en cualquier ciudad pueden ser contados con tus dedos. […] La virtud, el honor, la verdad y la ley  se han esfumado de nuestra vida. Somos arrogantes”. Esas aseveraciones, ¿son de algún insuperable campeón de la probidad? ¿De un intachable adalid de la decencia? ¡No! Son de uno de los más grandes mafiosos de la historia estadounidense; se trata de Al Capone.

“Las personas que no tienen respeto ‒continuó este prohombre del “bajo mundo”‒ para nada temen al miedo. Y es sobre el miedo, sobre lo que yo he construido mi organización. Los que trabajan conmigo no tienen miedo a nada. El gobierno de Estados Unidos blande un buen garrote ante quienes violan la ley y les dice que irán a la cárcel si la violan. Los que violan la ley se ríen y tienen buenos abogados. Algunos de los menos hábiles cargan con la culpa”. Tales declaraciones, entre otras, las brindó Capone durante una entrevista realizada el 27 de agosto de 1931. Hace casi… ¡90 años! Poco después este maleante de altísimos vuelos fue detenido, juzgado y condenado por evadir impuestos.

Transcurrido tanto tiempo e instalados ya en el último año de la segunda década del siglo XXI aún nadie puede asegurar plenamente que la virtud, el honor, la verdad y la ley sean referentes enarbolados y respetados por muchos gobernantes y otros funcionarios en el mundo. Lamentablemente, eso sucede también en la mayoría de los países de nuestra Centroamérica donde ahora la corrupción ha encontrado ‒en medio de la pandemia‒ un mayor y mejor charco en el que esa repugnante especie puede chapalear a gusto y sin reparo.

En medio de los males que históricamente han afectado a sus mayorías populares como la exclusión y la desigualdad, la violencia y la inseguridad, el tráfico ilegal de lo que sea así como el abandono de los sistemas educativos y de salud ‒entre otros‒ hoy se les vino encima el Covid-19 para castigarlas con mayor furia y sin piedad. Y aun así, la “administración” de los recursos públicos en la emergencia pasó a ser el nuevo y más preciado objeto de pillaje.

Licitaciones para la compra de insumos médicos teledirigidas para ser adjudicadas a parentelas y amistades, malversación de recursos que deberían destinarse al combate del actual coronavirus, adquisiciones millonarias de medicinas y logística inadecuadas, distorsión y hasta desprecio de regulaciones establecidas para la realización de contratos, uso descarado de la crisis de salud con fines electoreros, burla de la transparencia y la rendición de cuentas, manipulación de la opinión pública… Todo eso y más se ha visto y, al parecer, se seguirá viendo en nuestros países en medio de lo ventajoso que le resulta a la picardía gubernamental y privada ‒en las actuales condiciones‒ la casi imposible movilización social de protesta tan necesaria para hacerle frente a semejantes desmanes delictivos y ponerles paro.

El papa Francisco compara la corrupción con la drogadicción. “Se comienza con poco: una pequeña suma de aquí, un soborno allá. Y entre esta y aquella, lentamente se pierde la libertad”, afirma. Produce “dependencia y genera pobreza, explotación, sufrimiento”, remata. ¿Cuantos arrogantes “capos” iguales o peores que el gánster de Chicago, diestros y siniestros, con discursos y recursos parecidos se han acabado a Guatemala, Honduras, Nicaragua y El Salvador? ¿Cuantos finos y educados “señores” han esquilmado a estos países hasta arrodillarlos ante la muerte lenta y violenta?

¡Quién sabe! Nunca se habían investigado ni corruptos ni corruptores. Cuando se hizo no fue en serio, sino en medio de changonetas electoreras; cuando se quiso hacer en serio, con el concurso de organismos internacionales, las mafias vernáculas hicieron todo para acabar con esos esfuerzos y lo lograron a fin de garantizarse la impunidad que está a la base de esas prácticas nefastas consideradas ‒de hecho‒ crímenes contra la humanidad. De allí la enorme dificultad para conocer el tamaño del fenómeno.

Pero hay que insistir acerca de la relación entre corrupción y derechos humanos. La primera influye negativamente en los segundos; los maltrata, los deprecia y los precariza. Todo ello causa indignación, sí, la cual quizás solo sirva de catarsis nacionales individuales y hasta colectivas; no más. Hay que pasar, pues, de esa indignación… ¡a la acción regional organizada y creativa! Si no ‒parafraseando a Capone‒ en América Central la virtud, el honor, la verdad y la ley nunca estarán en un pedestal.

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