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jueves, 13 de mayo del 2021

Pandemia aldeana

El virus ha puesto de cabeza los sistemas hospitalarios en el mundo, no ha habido un solo país exento de errores  en el estallido de la pandemia, no existen paradigmas, todos han dado pasos en falso con consecuencias inmediatas fatales, la cuarentena parece ser la única medida preventiva para evitar su expansión potencial y progresiva.

Las ideas persisten en llegar tarde a El Salvador, el sistema político basado en enfrentamientos y polaridades sigue permeando la vida de la nación, la salud se utiliza como moneda de cambio y en estas últimas semanas ha salido a exponerse al sol toda la mierda de la sociedad acumulada en años, sus hedores de guerra y arcabuz llegan a miles de kilómetros.

Es la babel tripartita entre ciegos, sordos y mudos que intentan expresar a señas su idea de democracia e institucionalidad, no comprenden la magnitud de la tragedia sanitaria, no hay inmunidad ni cura para el virus  que en un estado avanzado genera asfixia y es cuando, en el mejor de los casos, se intuba al enfermo con un veinte por ciento de posibilidades de supervivencia.

Cualquier iniciativa es mal vista, abundan las falacias de todo tipo,  los cuestionadísimos poderes Legislativo y Judicial ponen sus barbas a remojar y se han convertido en aparentes defensores de la República y hacen maniobras de distracción para las rabietas del Ejecutivo.

El asunto rebasa la rendición de cuentas, los poderes curativos de la oración o los monólogos y coscorrones presidenciales, es una lucha de bandos económicos irreconciliables cuyos únicos sacrificados son los peones, la base de la pirámide social, el pueblo vil y llano.

La pandemia no terminará ni cerrando los ojos ni por decreto, no hay parámetros de comparación entre una economía sustentada en la informalidad, las micro, pequeñas y medianas empresas con el gran capital. Unos trabajan por necesidad los otros por la utilidad, estos últimos exigen terminar cuanto antes la cuarentena y han puesto a funcionar el andamiaje legal que ellos financiaron.

En estas nuevas circunstancias y ante la inminente y obligada salida de los trabajadores para trasladarse en el transporte público, dadas las condiciones de hacinamiento y que un cubrebocas no es suficiente protección contra el virus, no hay que ser científico, pitonisa o adivino  para pronosticar un rebrote a escala mayúscula.

Y ningún diputado, magistrado o empresario aldeano será solidario y correrá el riesgo de vivir en este amasiato con los de a pie.

¿O serán sus acciones las que desmientan lo predecible?

Gabriel Otero
Gabriel Otero
Escritor, editor y gestor cultural salvadoreño-mexicano, columnista y analista de ContraPunto, con amplia experiencia en administración cultural.

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