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jueves, 13 de mayo del 2021

País del odio

La atención se ha centrado últimamente en los hechos del domingo pasado donde militantes del FMLN fueron asesinados. Las etiquetas sobran: violencia política, intolerancia, adversidad, prepotencia, dictadura y hasta la gran tribulación. Pero esto no es nada nuevo.

Lo nuestro es un mal histórico donde hemos dejado que el odio y la venganza se nos enraíce, que se nos encarame y nos domine. Por tanto tiempo buscamos chivos expiatorios y pensamos que eran los mareros los únicos hacedores de la violencia. ¡Qué mal estábamos! Si se nos atraviesa algún otro carro decimos que eso no se puede quedar así o le pedimos a nuestro dios que se encargue de los malhechores.

Muchos buscamos la superación personal o familiar a través de un ideal, de un bien común; sin embargo, la violencia, nuestra violencia está intrínsecamente relacionada con el odio hacia el otro, con el otro lado de la moneda, con el Semos Malos de Salarrué, con el mal común de Ellacuría.

Vivimos en un país donde se propaga y se aplaude lo malo y se rechaza o minimiza lo bueno. Si alguien se supera es porque seguramente anda vendiendo droga; si un nacional saca una canción pegajosa es porque se lo copió a algún puertorriqueño y, si a alguien le va mal es porque Dios lo está castigando. Tenemos esa venda que no nos permite amarnos a nosotros mismos tal como somos, como salvadoreños con diferencias como cualquier otro.

Somos un país de intolerantes. Solo quien no haya ido a un partido del Alianza o del Águila no sabe que tenés que agarrar lado, tenés que estar con uno para ser enemigo del otro. Aquí no es Brasil donde juegan el Fluminense contra el Palmeiras y se gritan de todo las barras opuestas, pero al salir todos van al mismo bar y la gente sigue su vida igual. En el Cuscatlán, hasta para comprar una entrada hubo violencia. Si entraste al lado del Alianza, los fanáticos te agarran y quieren que uno se una a su alegría, así es el fútbol. Lo incoherente es que quieran que vos aceptes su euforia como propia y si no lo hacés, sos un “·$%”&%.

Así pasa cuando las hermanas salen a evangelizar. Les digo que por el momento no puedo atenderlas porque estoy ocupado. Me amenazan con aquel día que venga el Señor con fuego a juzgarnos a todos. Dicen que el Señor me escupirá de su boca porque Dios es amor y fuego consumidor. Y como si no bastase con ello, las hermanas sacan un versículo de la Bíblia donde me instruyen que ellas no deben tirarles las perlas a los cerdos y se retiran. ¿Predican amor o promueven el odio?

Somos clasistas que por centavos nos queremos diferenciar de los demás. Que vivir en Sierra Morena no es Soyapango; que hay que ponerles uniformes a las “sirvientas” porque no estamos al mismo nivel; que si manejas un Kia es porque no te alcanza para algo mejor… en fin, las cosas sumamente banales nos separan y crean odio entre nosotros. Solo cuando viene un terremoto es quizás cuando la gente se une momentáneamente.

Hay quienes aman ciegamente a Bukele que hasta llegan a endiosarlo y, en sus ojos, el presidente no puede hacer nada malo. También están aquellos que odian a Bukele simplemente porque el hombre es malo y se inventan mil y una historias para justificar su odio.

Uno tiene que ver las cosas con una óptica objetiva, sin fanatismos, sin endiosamiento, sin rendirle culto al autoritarismo ni ser ovejitas dóciles que son felices con lo que les dice el pastor. Odiar a alguien es como aquella mosca que, mientras más esfuerzo pone, más se mata contra la ventana.

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Nelson López Rojas
Columnista Contrapunto

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