Por Nelson López Rojas.
Cada vez que voy al barbero y me pego mi recorte decente, mi amiga Nikki me lanza la misma pregunta: ¿Pa’ quién? ¿Pa’ quién? Y yo, sin fallar, le respondo tal cual meme del hermano alzando las manos en el culto: “Pa’ la primera que venga”.
Y esto, que empezó como chiste, se ha vuelto la mejor descripción de San Salvador. Hoy en día, como diría aquel, todo en este país parece estar diseñado para “alguien más”. Vemos un Centro Histórico gentrificado, anonas a $20, un boom de edificios que suben más rápido que el precio de la canasta básica, y uno no puede evitar preguntarse lo mismo que la Nikki:
¿Pa’ quién?
¿Pa’ mí? No. ¿Pa’ vos? Menos. ¿Pa’ el del agua cristal, que anda sudando la gota gorda subiendo garrafones a casas ajenas? Nel. ¿Pa’ la señora que vende pupusas con harina de la que “rinde más” aunque ni sepa de qué está hecha? ¿Pa’ el profesorcito que lleva años esperando que le paguen las horas clase? Seamos serios.
Estos condominios son pa’ la gente que arrastra dinero viejo, que no se moja cuando llueve porque su carro tiene techo panorámico y seguro contra inundaciones. O pa’ los hermanos lejanos, los que se fueron a limpiar casas en Virginia y ahora quieren una vista al volcán para cuando regresen con nostalgia y pensión gringa.
Y mientras en el volcán (o con vista al volcán) se levantan torres con piscina en la azotea y gimnasio que nadie usará, las calles de la Montserrat y del Barrio La Vega siguen pareciendo cráteres lunares. Pero eso sí, no todas. Las que llevan a las colonias donde viven los pudientes, esas se arreglan antes de que el asfalto siquiera comience a toser.
¿Pa’ quién?
Cuando se arruina una calle en una colonia de clasemedia, hay que recordar que la Palabra nos manda tener paciencia, todo en el tiempo de Dios, hermanos. Pero si se les revienta una cañería en la Escalón o se les va la luz en Santa Elena, ahí sí, mandan cuadrillas, helicópteros y, si es necesario, al Espíritu Santo a resolver. Porque ellos no pueden vivir sin su duchita caliente. Los otros, en cambio, ya están acostumbramos a calentar el agua en la olla y a bañarse con el guacal.
Y ¿qué decir de la Gran Finca El Espino? Ese pulmón verde que luchaba por sobrevivir el machete de los intereses. Don Mario Valiente nos vendió la idea de un gran espacio para la gente, para todos, un oasis en medio del caos. Nos prometió el “Parque de los Pericos”, y ¿qué pasó? ¿Qué nos dieron? Una minúscula fracción que hoy conocemos como el Parque Bicentenario y un pedazo de la Jerusalén que han puesto un jardín vertical… no para que se vea bonito, no; es para que el ruido y el calor no se pasen a las residencias de ese lado del Casco, mansiones con garaje para tres carros, residenciales con portones eléctricos y nombres en inglés que ni los dueños saben pronunciar. El resto, como siempre, ¿pa’ quién? ¿Para los cantones de El Espino? ¿Para la gente que ha vivido ahí desde siempre? No lo creo. Vean los alrededores.
¿Para el barbero? ¿Para el de PedidosYa que reparte comida a toda velocidad exponiendo su vida? ¿Para la señora que vende fresco de tamarindo en bolsas con pajilla?
No lo creo.
Y si te queda alguna duda, te cuento lo que le pasó a una amiga que vive en Estados Unidos. Vino a ver unas casas en el lago de Coatepeque. Casas lindas, frente al agua, con vista al atardecer, ideales para “desconectarse” (de la realidad, claro). Al llegar, le preguntan si es ciudadana estadounidense. Ella, confundida, les pregunta qué tiene que ver eso. Y le dicen, con toda la naturalidad del clasismo globalizado que priorizan a ciudadanos estadounidenses, canadienses y europeos. Ellos son los que van a ser los habitantes de este complejo.
¿Y entonces? ¿Y el constructor? ¿Y el ingeniero clase media que sueña con una casita frente al lago para envejecer con dignidad? ¿Tendrá que trabajar unos 500 años para poder dar la prima? ¿O con el simple hecho de ser salvadoreño ya no califica?
¿Pa’ quién?
Y ahora hablemos claro… ¿y las cárceles? ¿Pa’ quién? Pa’l pobre, pa’l que vende un pucho de marihuana, pa’l que se roba una gallina porque no ha comido en tres días, pa’l siempre sospechoso de todo, p’al comelotodo, p’al vendelotodo…
¿Y las avionetas que aterrizan en cañales con droga? ¿Y los que defalcan fondos públicos como si fuera piñata? ¿Y los que especulan los precios del maíz, del aceite, del cartón de huevos? ¿Esos? Bien, gracias. Tranquilos. Ahorita no, joven.
Entonces, la justicia… ¿Pa’ quién?
No es pa’ vos. No es pa’ mí. Es pa’ los que pueden pagar abogados con bufete en la Torre Futura y que comen sushi mientras firman documentos en inglés.
Así que, cuando te pregunten otra vez por qué no te alcanza para vivir en el país que te construyen frente a tus narices, vos solo acordate de la Nikki y respondé con claridad y sin titubeos:
—¿Pa’ quién?
—Pa’ la primera que venga… con pasaporte gringo y con bitcóins.



