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martes, 11 de mayo del 2021

No soy Daniel

“Los siempre sospechosos de todo [“¦] 
 Mis compatriotas, mis hermanos” 
 (Roque Dalton)

No soy Daniel Alemán pero es como si lo fuera, porque también soy joven, de barrio bajo, de aspecto sospechoso -¿para quién?-, de caminar en lugares donde la muerte ya no asusta. No soy Daniel, pero es como si lo fuera: ¿quién en este paí­s no se ha vuelto sospechoso de alguna cosa, cualquier cosa, la que sea? ¿Quién es aún inocente para estos cerdos armados sino aquellos que se secan la cara con el dinero y el poder? No soy Daniel pero pudiera serlo; por eso pienso que estas autoridades son, a lo menos, una mierda. Y no hablo de este o aquel policí­a ““aunque éste o aquél encarnen, al final de cuentas, las caracterí­sticas de lo general-, hablo más bien de toda la institucionalidad de este paí­s en materia de seguridad y justicia.

Casos como el de Daniel Alemán hay hasta para tirar a la garduña, casos en que la acusación y criminalización de inocentes es utilizada para demostrar la supuesta eficacia de las medidas de seguridad. Eso sin contar el subregistro de las personas que no denuncian por temor, por intimidación, porque sospechan que con muy poca probabilidad su denuncia será procesada, o porque no saben que tienen el derecho de exigir un mí­nimo de respeto y un procedimiento adecuado, un trato digno, por parte de las autoridades.

Hay algo que es cierto: esto no viene de hace poco, no es de hace dos, tres meses, un año. Desde hace más de diez años la prepotencia de policí­as y soldados ha sido evidente, no se diga su negligencia, sus procedimientos irregulares, su corrupción, su incompetencia, su falta de tacto, entre una larga lista de etcéteras. El autoritarismo de las dictaduras militares no desapareció, sólo ha venido reptando a la sombra de las instituciones y de varios espacios sociales. Y si bien esto no es de unos dí­as para acá, el hecho es que las medidas extraordinarias aplicadas por el actual gobierno, han dado luz verde a que se cometan todo tipo de arbitrariedades y de violaciones a los derechos humanos, especialmente en contra de la población joven.

Me fastidia la policí­a, esa policí­a corrupta, rancia, prepotente. Me jode que Daniel Alemán siga preso, que nos criminalicen por ser jóvenes o pobres o disidentes de su modelo de “chico bueno”. Me indigna que se tome la firma de la paz como simple relleno de discursos de polí­ticos ineficientes, que se apañe con peroratas mediocres la inseguridad generalizada en que vive la mayor parte de la población salvadoreña y que en los cí­rculos del poder institucional se hagan del ojo pacho frente a las profundas deficiencias institucionales que corroen las aspiraciones de justicia de este pueblo.  

No soy Daniel, pero es como si lo fuera. Porque si la bestia del autoritarismo se suelta de nuevo, no habrá nadie a salvo de su í­mpetu de muerte. Y no nos engañemos: los jóvenes somos los primeros en su lista.

(*) El autor es miembro del Colectivo de Estudios de Pensamiento Crí­tico (CEPC).

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Alberto Quiñónez
Colaborador de ContraPunto

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