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miércoles, 10 junio 2026
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No me cuentes problemas

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"No me cuentes problemas, de Los Ángeles del Infierno (1984), logra un manifiesto de autoprotección psíquica que sigue siendo vigente": Nelson López Rojas.

Por Nelson López Rojas.

Todos conocemos ese ecosistema afectivo en el que familiares, amigos o compañeros llegan con urgencias emocionales. Gente que quiere contarlo ya, que necesita volcar su angustia en otro y pretende que uno sufra a la par suya.

“A mí nadie me entiende”, se queja tu hijo; “Es que vos no me venís a ver y cuando me muera, ahí vas a andar llorando”, rebuzna tu madre; “A vos todo te molesta”, te acusa tu pareja; “Vos nunca me decís que me querés ver”, reclama tu novio a lo que le respondés “es que vos solo en el teléfono pasás”; “Me voy a morir y nadie se va a dar cuenta”, chantajea tu abuela. Y cuando finalmente accedés a verlos, te convertís en rehén de su psicodrama interminable, pues se nos ha enseñado que escuchar, validar y acompañar es nuestra obligación moral. Y ahí estamos, sudando calenturas ajenas.

En el vasto catálogo del rock en español, pocas canciones condensan una tesis sociológica en tres minutos y medio. No me cuentes problemas, de Los Ángeles del Infierno (1984), logra un manifiesto de autoprotección psíquica que, cuarenta años después, sigue siendo vigente. Yo sé que no es un tema para karaoke, bodas o para tiktokers en sus videítos, pero es una rola como testimonio sonoro del hartazgo colectivo, o bien como la banda sonora de la película de alguien que decidió dejar de funcionar como vertedero emocional gratuito en esta era de positividad tóxica.

Desde el primer verso, el narrador arroja su límite con la delicadeza de un ladrillo por la ventana: “No, no me cuentes problemas / Olvídate de mí”.

Hoy que abundan las vístimas —tragicomedias, dramas, microtraumas, macrotraumas y el eterno “por qué siempre me pasa a mí”— esta frase suena a un oasis de cordura. Es decir, en un contexto cultural donde hay un desborde afectivo no solicitado, ese “no” rotundo de la canción me funciona como un cortafuegos. No, no estoy siendo grosero. No, no es grosería. Es soberanía sobre mi propio espacio mental, o, mejor dicho, es un límite saludable que se nos olvidó poner hace ratos. Si el decirle “sí” a algo o a alguien te afecta, es un indicio que debió haber sido un no. Si vos, por ejemplo, ayudás a tu amigo que no trajo dinero para el almuerzo y te pide $5. Vos andás lo tuyo para tu almuerzo y para el pasaje y al dárselos te afecta tu comida y tu movilidad.

Basta. Estamos saturados de la emocionalidad ajena, y esta canción, sin proponérselo, articula la declaración más honesta del cansancio moderno, pues todos tenemosderecho a no escuchar, a no absorber, a no hacernos cargo de los dramas ajenos.

Ya en 2010, Byung-Chul Han diagnosticaba nuestra época como la sociedad del cansancio, un régimen en el que el sujeto ya no es explotado desde afuera, sino que se autoexplota en nombre de la disponibilidad absoluta. La empatía ilimitada se vuelve entonces una forma sutil de violencia. Eso de escuchar, validar y acompañar todo el tiempo el drama ajeno deja de ser opción para convertirse en obligación.

Los Ángeles del Infierno, sin haber leído al filósofo surcoreano, ejecutan su pensamiento con una precisión casi filosófica. Enumeran calamidades con una frialdad terapéutica: ¿Que encontraste a otro en tu cama? Problema tuyo. ¿Que tu jefe te gritó porque llegaste con olor a alcohol? Te lo ganaste vos solo por bolo. ¿Que tu vecina es una cochina? No me afecta.

El cantante no suaviza, no acompaña, no valida… como lo que nos dicen que necesitan nuestros jóvenes, simplemente se niega. Y esa negatividad —diría Han— es el último acto de resistencia en una época que exige demasiada positividad y disponibilidad emocional total. El “no” se convierte en mecanismo de inmunidad frente a la transparencia emocional obligatoria.

La canción no hace terapia, ni va a reemplazar a tu psicólogo, pero invita al quejoso a hacerse cargo de su propio ridículo en lugar de culpar a los demás.

“Si tus cuernos rozan las puertas, ponte de lado y podrás pasar”. Aquí la burla se vuelve sociología donde el dolor ajeno se convierte en chiste porque, sinceramente, tu tragedia no es tan única como creés.  “Si yo hago lo que quiero es cosa mía y de nadie más”. Esa línea encarna el deseo prohibido en nuestra época al tener vida propia sin que los demás la interpreten como invitación a confesar desgracias. Negarse a ejercer de psicólogo improvisado es, para muchos, un “delito” de falta de empatía, por deos. Y aunque lo tilden de malo a uno, eso no nos hace malos; nos hace sanos. Hay que buscar ayuda profesional y no abocarse a cualquiera, ¡no dejen sin trabajo a los psicólogos!

Y aquí debo confesar algo. Cuando alguien viene a mi oficina a contarme un chisme, yo aplico el límite al revés y les digo que no me cuenten nada, pero no por virtud moral ni por higiene emocional. No. Simplemente les advierto que soy un chismoso y que, si me lo cuentan, yo se lo cuento a medio mundo. Ese es mi límite preventivo. Yo aviso que soy una filtración con patas. Y funciona. La gente se retrae. La muralla emocional más efectiva, a veces, es la reputación de indiscreción.

Al fin de cuentas, la canción sigue siendo la declaración de independencia más honesta del rock en español, ese derecho sagrado a no absorber el drama ajeno. Lejos de la insensibilidad, No me cuentes problemas es un tratado de salud emocional preventiva. No te propongo aislamiento, ni que no estés ahí para un amigo, no. Te propongo indiferencia selectiva al elegir qué, a quién y cuándo escuchar, porque solo quien preserva su silencio interior puede, cuando así lo desee, ofrecer una escucha genuina.

Suena cruel, ¿verdad? Pues no lo es. No me cuentes problemas es autodefensa emocional. Es un antídoto contra el vampirismo afectivo. El derecho a la sordera selectiva. A no servir de vertedero emocional. A proteger la cordura en un mundo que pretende que carguemos con el peso muerto de vidas que no son las nuestras.

Sé responsable de tus actos, y, como dicen los Ángeles, “¡No! No me cuentes problemas. Olvídate de mí”.

Nelson López Rojas
Nelson López Rojas
Catedrático, escritor y traductor con amplia experiencia internacional. Es columnista y reportero para ContraPunto.

El contenido de este artículo no refleja necesariamente la postura de ContraPunto. Es la opinión exclusiva de su autor.

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