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jueves, 05 de agosto del 2021

No es oro todo lo que reluce

Ya ni siquiera podemos confiar en las grandes marcas, por más que sus dueños suenen altruistas, sean vegetarianos y presidan veinte fundaciones

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No confí­es en nadie. Ese eslogan, tantas veces usado en los afiches de las pelí­culas de suspense, cobra más vigencia que nunca en estos tiempos que hasta la multinacional más “cool” y admirada como Apple es capaz de engañarte. Son tiempos para estar alerta, pero sin la necesidad de caer en la paranoia. Pero el caso de Apple, que volví­a obsoletas a propósito las baterí­as de los iPhone antiguos para estimular la compra de los nuevos modelos, es apenas una muestra del mundo en que vivimos. Ya ni siquiera podemos confiar en las grandes marcas, por más que sus dueños suenen altruistas, sean vegetarianos y presidan veinte fundaciones. No, no confí­es en nadie.  

Este tipo de estrategias que empleó Apple tiene un claro propósito: vender más y más. Hay una evidente necesidad entre las marcas de acaparar el mercado y generar ganancias en un universo cada vez más competitivo y feroz. En esa intensa lucha de poderes se llevan de encuentro al consumidor. En mi infancia, los productos duraban “para siempre”. Un televisor podí­a durar 20 años y una radio 30, pero hoy es todo diferente, todo desechable. Es más, el caso de las baterí­as del iPhone demuestra que ellos mismos pueden programar la vida útil de un producto. Es la única forma de mantener un flujo no decreciente de clientela.

Por eso hoy todo es reemplazable, no existe el valor de conservación. La sociedad de consumo nos tiene atados de pies y manos. Y no es casualidad que utilicen los teléfonos celulares como vehí­culo para engañar a la gente. Los teléfonos inteligentes, como si fuesen carros de lujo, son un sí­mbolo del status social. Cada vez más se vive en un mundo de falsas apariencias, motivado por la avaricia de las  compañí­as por vender sus productos en un mercado cada dí­a más competitivo y más cruel.

Lo mismo sucede con las personas, quienes se maquillan, actúan, hablan y se visten con la intención de ser más aceptados o de pertenecer a determinada clase social. Tampoco ayudan los medios masivos de comunicación, que hacen banalizar cada vez más la realidad.  Muestran lo más “in”, lo más impactante, y hasta reproducen sin ningún rigor noticias falsas con una pasmosa tranquilidad. Por todo eso es importante dar la voz de alerta, para que la gente vuelva a sus raí­ces y empiece a valorar más el fondo que las formas. Se van perdiendo los lí­mites en busca de lo más impactante: importan más los traseros desproporcionados, los escotes que no dejan nada para la imaginación o los chambres baratos. Productos ensalzados por divas cinematográficas o creadas con artificios publicitarios.

Pero además de rendirle culto a la belleza, a veces más artificial que una flor de plástico, también nos vemos sometidos a los implementos de última tecnologí­a, y muchas veces sin saber por qué nos gastamos lo que no tenemos en un aparatito que hace lo mismo que el anterior, pero con un botón diferente o simplemente nuevo envoltorio. Esas personas nunca estarán conformes, sobre todo en estos tiempos donde todo cambia en segundos y nada en perdurable, ni en tecnologí­a ni en relaciones humanas. La sociedad en general deberí­a ser más contestataria con los anuncios, las apariencias, y las estafas. Se deberí­a denunciar, pero al hacerlo se siente temor de perder la batalla y de hacer el ridí­culo, ya que el resto de la sociedad está dispuesta a atacarnos y reí­rse de nosotros.  La gente ha perdido la ingenuidad agradable de ser sorprendidos con cosas o gestos sencillos y cada vez más se deja seducir por los grandes exponentes de lo moderno, lo diferente, lo absurdo y lo poco sencillo.

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Margarita Mendoza Burgos
Titulaciones en Psiquiatría General y Psicólogía Médica, Psiquiatrí­a infantojuvenil, y Terapia de familia, obtenidas en la Universidad Complutense de Madrid, España.
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