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lunes, 02 de agosto del 2021

Nadie miente más que un indignado

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Y nadie es más vanidoso que un deprimido

En su alegato contra los filósofos idealistas, a quienes (con contadas excepciones) señala (entre otras muchas cosas) de hipócritas, Nietzsche llega a decir, en la primera y segunda partes de Más allá del bien y del mal, que, debido a que los fingidos arrebatos filosóficos acerca de la verdad, Dios y la moral son producto de la falsedad del ego de los pensadores comprometidos con el poder político y religioso, “nadie miente tanto como el que está indignado”. Ni siquiera los cínicos, que “llegan incluso a revolcarse entre libros como en su propio excremento”, son tan mentirosos como un indignado. Pues “esa estupidez a la que llaman indignación moral (…) en un filósofo constituye una prueba infalible de que ha perdido el humor filosófico” y ha sido tragado por la moral oficial.

Impugnando el poder político y la tradición metafísica y cristiana occidental, Nietzsche reflexionó ―desde el conflicto psicológico existencial del individuo― sobre la cotidianidad humana, apartándose de preocupaciones metafísicas sobre “el ser”, “la verdad”, “la virtud” y otras entelequias que habían constituido la golosina predilecta de la tradición reflexiva desde los griegos hasta la filosofía clásica alemana. Por eso importa centrarnos en su idea de que nadie miente más que un indignado. La cual me lleva a pensar que esto es así por la misma razón de que nadie es más vanidoso que un deprimido, ya que, para llegar a deprimirse, uno necesita tener un ego un poco más grande que el universo, pues sólo así se explica que alguien decida salirse de él debido a que no llena sus expectativas. Así, un indignado sólo puede indignarse desde una moral que él considera superior a la de los demás. Y ―como suele indicar la experiencia histórica― este acto de soberbia espiritual no suele sobrepasar lo que aquel carpintero de Galilea ―al que algunos llamaron Cristo― percibió como moral de “sepulcros blanqueados” cuando arremetió contra los fariseos.

El fariseísmo o la soberbia espiritual es en lo que piensa Nietzsche cuando dice que el mayor mentiroso que hay es el indignado, al menos dentro de la tradición occidental, la cual ya en su tiempo había estado cristianizada durante varios siglos, y también coludida, mediante esa práctica moral, con el poder político desde que Constantino ratificó a esa religión como la oficial de Roma en el siglo IV. Y no es que no exista una indignación genuina. Existe, pero ésta se torna en práctica para cambiar aquello que indigna. En cambio, la indignación moralista se agota en la pose de la victimización y no deviene en cambios. Por eso merece el repudio no sólo de Nietzsche, sino de cualquiera con sangre en las venas, ya que no es sino una mentira, una estafa, un simulacro de oposición al poder que sólo sirve para afianzarlo porque no rebasa la puesta en escena de su propia falsedad.

Y como Nietzsche pensaba sobre problemas concretos, honrémoslo aterrizando estas ideas en el campo de las “luchas” de las “sociedades civiles” sufragadas por el poder financiero global, las cuales se limitan a la falsa indignación culturalista por las expresiones ideológicas del sistema económico, pero jamás cuestionan a ese sistema, lo cual hace de estas indignaciones simulacros de lucha, fariseísmos operáticos, traiciones al principio de no mentirse a uno mismo como basamento de cualquier ética y cualquier moral, ya sea religiosa o laica. Y esto es así porque el falso indignado ve a su enemigo como un gigante debido a que él vive de rodillas.

www.mariorobertomorales.info

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Mario Roberto Morales
Escritor, periodista y catedrático guatemalteco; ha sido Premio Nacional de Literatura de Guatemala. Ha escrito novelas, cuentos y ensayos
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