spot_img
jueves, 4 junio 2026
spot_img
spot_img

Monseñor Romero y el Che.

¡Sigue nuestras redes sociales!

Por Nelson López Rojas

Cuando yo era joven y bello —e iluso, e irresponsable y peligrosamente soñador— escuchaba a DC Talk, un grupo de rock cristiano que en su momento escandalizaba a mi mamá y a más de algún guardián de la moral, pues me reprochaban que eso era del diablo, que la guitarra eléctrica y la batería eran una extensión del pecado. Hoy, en cambio, tenemos perreo cristiano. Yizus! La herejía, al parecer, también evoluciona con el ritmo.

DC Talk tenía una canción, Jesus Freak, que repetía una pregunta sencilla: What would Jesus do? —¿Qué haría Jesús? Yo, disciplinado en mis contradicciones, llevaba incluso una pulsera con las siglas WWJD —What would Jesus do? Un recordatorio portátil de conciencia. Me gustaba porque, además de servirme como una alarma moral en la muñeca, mis amigos me preguntaban qué significaba y yo aludía a la banda musical que ellos no conocían. Confieso que funcionaba… a veces. Cuando estaba a punto de hacer alguna estupidez —de esas pequeñas, cotidianas, perfectamente justificables—ahí estaba la pregunta: ¿qué haría Jesús? No siempre cambiaba de rumbo, pero al menos dudaba. Me obligaba a pensar y a dudar. Y dudar, en mi adolescencia, ya era bastante.

WWJD? fue una moda y vos sabés que las modas no exigen profundidad, solo repetición. Hoy, por ejemplo, está de moda San Romero. Su nombre adorna aeropuertos, carreteras, escuelas y hasta discursos oficiales. Se imprime en camisetas, se levanta en murales, se pronuncia con solemnidad y en conferencias. Se le ha vuelto ubicuo… y, por eso mismo, superficial.

Recodemos a Che Guevara, cuya imagen —gracias a Alberto Korda— terminó convertida en la moda de rebeldía de una generación. Una vez, en una clase de Estudios Latinoamericanos, un estudiante llegó con una camiseta del Che. Nadie en el aula —ni siquiera él— sabía quién era. Era simplemente una imagen, un símbolo vacío que sobrevivía por inercia estética, algo cool.

San Romero se va pareciendo mucho al Che. WWRD?

Ayer se conmemoró el aniversario 46 de su asesinato. Se multiplicaron los homenajes, los discursos, los gestos solemnes. “Monseñor Romero aquí”, “Monseñor Romero allá”. Pero la pregunta sigue intacta: ¿cuántos recuerdan sus homilías? ¿Cuántos lo han leído? ¿Cuántos lo han entendido? Y más difícil aún: ¿cuántos viven según lo que predicó?

Hoy, en pleno 2026, Romero sigue polarizando. No por lo que dijo, sino por cómo se le malentiende. Hay quienes escuchan su idea de la “violencia del amor” y la convierten en una excusa emocional para la agresión. Como si amar fuera golpear. Como si el Evangelio justificara la brutalidad. “Te pego porque te amo”. Sí, ajá, ¡hijo del diablo! —diría el apostol.

Romero hablaba de otra cosa. De una fuerza del corazón, que denuncia, que desinstala. Una violencia que no rompe cuerpos, sino estructuras.

Otros hacen lo contrario al suavizarlo, al hacer un Romero light. Lo editan. Lo convierten en una figura inofensiva, sin conflicto ni contexto. Un santo que no molesta a nadie… y, por lo tanto, no le sirve a nadie.

Y así, entre los que lo deforman y los que lo domestican, Romero vuelve a ser traicionado. Esta vez no con balas, sino con interpretaciones. Incluso el poder —ese experto en absorber lo incómodo hasta volverlo decoración— posa con su imagen. Murales, discursos, homenajes. Todo correcto. Todo vacío.

Ahí está también Mauricio Funes, que lo convirtió en símbolo. ¿Símbolo de qué? ¿De memoria… o de maquillaje? Todos son iguales…

Monseñor no fue el primero en morir en un altar. La historia de la Iglesia tiene otros mártires, pero sí fue uno de los pocos que, en pleno siglo XX, fue silenciado a balazos mientras celebraba misa por tomarse demasiado en serio lo que predicaba.

La “violencia del amor” no empieza en los grandes discursos, sino en las pequeñas incomodidades que estamos dispuestos a asumir por otros. Si vas en el micro lleno de gente, no es TikTok ni María Polo en colectivo: es amor ponerse audífonos para no molestar a los demás; si sabés que roncás en un avión, no es heroico dormir profundo: es amor intentar no incomodar; si llevás a un niño a un evento de adultos, no es libertad dejarlo interrumpir: es amor hacerte cargo.

Pero tampoco basta con rezar, dijeron los Guaraguaos. No basta con tener un santo en la pared. Tenés que poner de tu parte. No podés ponerle zancadilla a tu compañero porque tiene más visibilidad que vos. No podés quitarle la venta al vendedor ambulante que lleva sustento a su casa. No podés maltratar a tus empleados por el simple hecho de tener el poder. La fe —si es que sirve de algo— no es un símbolo en el mural que decora y no en conciencia para que nos incomode. Quizás necesitamos recuperar aquella pregunta ingenua de mi pulsera: What would Jesus do? Y adaptarla, con el mismo descaro y atrevimiento: ¿QHR? ¿qué haría Romero? ¿Qué diría Romero? Pero cuidado porque si uno se toma en serio la pregunta, entonces entenderemos que Romero no es —o no debería ser— una moda cool y pasajera.

Nelson López Rojas
Nelson López Rojas
Catedrático, escritor y traductor con amplia experiencia internacional. Es columnista y reportero para ContraPunto.

El contenido de este artículo no refleja necesariamente la postura de ContraPunto. Es la opinión exclusiva de su autor.

También te puede interesar

Últimas noticias