Por Francisco Figueroa
Mi pueblo construyó sus hogares sobre tierras de fuego
volcanes y erupciones
aguas azufradas de tierra fértil
lagos y lagunas de boquerón
simbiosis de indios y conquista
matanzas, revueltas y fusilados.
Mi pueblo nunca ha estado aburrido
combatir, correr, arrullar, morir y amar
han sido sus verbos
su columna raquídea
para seguir caminando a la sombra de la defunción.
Sus ancianas y mujeres fuertes como llamas
siguen amamantando con sus lechos
este discurrir de guerras y revoluciones mal hechas
paz intermitente y necesaria para tomar aliento
para seguir en la batalla.
Mis madres atizan el carbón para dar calor
se hacen cosquillas con chascarrillos simples
y saben levantar la cabeza para darle norte a la patria que construyen
la que les pertenece.
Mis indias y criollas saben más de la vida que los potros
más que los acallados mareros acribillados por el sistema
mucho más que la impronta de machos conquistadores
ignorantes e insensibles con apellidos altisonantes y europeos.
Mi pueblo es sabio de dolor y
pese a ello
en los entresijos de sus envejecidas calles
los hombres roncan con un sombrero a medio día
un combo toca música bajo la sombra de la estatua de la independencia
y los críos crecen a la sombra de un dolor que aún no conocen
como panes promisorios
como esperanza para la ignorancia
como bastillas inclementes que se resisten a la pobreza.
Mi pueblo son piñatas en medio de las bombas
jolgorios iluminados de beligerancia
la baraja que se cuece de desgracias
y nunca pierde la esperanza.
Mi pueblo está a punto de morir siempre
pero faltan diez para las nueve
y prefiere ir a dormir
antes que fallecer.


