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miércoles, 3 junio 2026
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Los genes no construyeron pirámides: la falacia de la publicidad supremacista

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Los genes no construyeron pirámides: la falacia de la publicidad supremacista.

Por Zarko Pinkas.

Hace unos días, la marca estadounidense American Eagle lanzó una campaña publicitaria con el eslogan “Sydney Sweeney has great jeans”. En apariencia, era un simple anuncio para vender vaqueros. Sin embargo, el juego de palabras —donde “jeans” suena igual que “genes”— y la imagen de una mujer blanca, rubia, de ojos azules como símbolo central, detonaron una ola de críticas por lo que muchos consideran un mensaje racializado y supremacista.

¿Exageración? ¿Sensibilidad excesiva? No lo es. Lo que está en juego aquí no es solo una campaña de jeans. Es la normalización de una idea peligrosa: que ciertos rasgos físicos —la blancura, lo rubio, los ojos claros— están ligados a una genética superior, deseable, culturalmente valiosa. Y eso, aunque se presente en tono de broma o como estrategia de marketing provocador, es un reciclaje simbólico del viejo y siempre dañino darwinismo social.

La estética blanca como símbolo de jerarquía

Foto: Cortesía.

No es casualidad que se haya escogido a una actriz de estas características físicas para esta campaña. No se trata de su talento actoral, sino de su imagen: una representación estética clásica de la “belleza blanca” hegemónica. Su presencia no vende solo pantalones: vende una identidad, un ideal. Y esa identidad ha sido históricamente promovida como superior, no solo en términos de belleza, sino de civilización, cultura y valor humano.

Posiblemente, le hayan dicho que “toda publicidad es buena, aunque sea mala”. En este caso, no lo es. Porque lo que se vende aquí no es solo una prenda, sino una idea peligrosa, camuflada de ironía.

Civilizaciones no blancas: las fundadoras de la humanidad

Uno de los argumentos más devastadores contra la idea de una “genética blanca superior” es, sencillamente, la historia. Las civilizaciones que construyeron el mundo —que dieron origen a la escritura, la matemática, la filosofía, la arquitectura monumental, la astronomía, las ciudades— no fueron rubias ni nórdicas.

Los sumerios, babilonios, egipcios, las culturas maya, azteca, inca, los griegos y romanos antiguos, los fenicios, persas, hebreos, todos ellos fueron pueblos no blancos en el sentido moderno eurocéntrico. Tenían piel morena, ojos oscuros, rasgos diversos. No había en ellos ni rastros de los estereotipos físicos que hoy se exaltan como sinónimos de “buenos genes”.

Las pirámides mayas, por ejemplo, no fueron obra de pueblos germánicos. Las matemáticas y la astronomía mesoamericana no surgieron en los fiordos noruegos. La filosofía griega no proviene de una genética nórdica. La historia —la real, no la blanqueada— nos grita esto con claridad.

Darwinismo social: pseudociencia del poder

Foto: Cortesía.

El uso de la frase “buenos genes” en esta campaña no es inocente. Tiene raíces ideológicas. El darwinismo social, surgido en el siglo XIX, promovía la idea de que algunas razas eran biológicamente superiores a otras, y que la sociedad debía organizarse en función de esa supuesta jerarquía natural. Fue la base de la eugenesia, del racismo científico, de las políticas migratorias selectivas en América Latina y de los peores crímenes del siglo XX.

Herbert Spencer, uno de los padres del darwinismo social, afirmó que “el orden social humano es resultado de la evolución: aquellos en la cima lo están porque lo merecen”. Francis Galton, creador del término “eugenesia”, fue más directo aún: “existe un sentimiento, por lo general bastante irracional, contra la extinción gradual de una raza inferior”. Estas ideas fueron tomadas como verdades para justificar jerarquías raciales, colonización y exclusión.

Incluso Arthur de Gobineau, autor de “Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas” (1853), sostuvo que “la historia de la humanidad está marcada por la degeneración de las razas superiores al mezclarse con razas inferiores”, dando un sustento pseudocientífico al racismo.

Pero estas afirmaciones no solo son moralmente aberrantes, sino científicamente falsas. La biología moderna ha demostrado que la diversidad genética humana no establece jerarquías de valor ni capacidad. La neurocientífica Rebecca Heiss lo resume así: “el darwinismo social ha sido utilizado para justificar la discriminación basándose en un determinismo genético falso: la idea de que el éxito humano está determinado únicamente por los genes”.

Y más contundente aún es el paleontólogo y biólogo evolutivo Stephen Jay Gould, quien escribió:

“La idea de que la inteligencia o el valor humano puede ser medido por la genética es no solo falsa, sino profundamente peligrosa. El coeficiente intelectual, el éxito o la civilización no están determinados por los genes, sino por contextos históricos, sociales y ambientales.” (The Mismeasure of Man, 1981)

Testimonio: los colonos alemanes no trajeron desarrollo superior

Foto: Cortesía.

Puedo afirmarlo con certeza: crecí y viví en Chile, y he visitado muchas veces zonas como Frutillar, Puerto Varas, Llanquihue o Valdivia en el sur de dicho país, donde existe una fuerte presencia de descendientes de colonos alemanes traídos en el siglo XIX bajo la idea de mejorar la calidad racial del país. Ninguna de estas zonas mostró un desarrollo económico, tecnológico o social superior al resto del país. Su herencia fue más cultural que transformadora, y no impulsó a Chile a convertirse en una potencia ni mucho menos. Pensar que una población se eleva por la ‘calidad de sus genes’ es simplemente absurdo.

La noción de progreso es multifactorial: tiene que ver con educación, estabilidad política, ausencia de corrupción, ubicación geográfica, acceso a recursos naturales, instituciones sólidas, redes comerciales. Traer personas extranjeras bajo la premisa de que son racialmente superiores no generó, ni podía generar, desarrollo.

Potencias actuales y cultura antigua: no confundamos poder con civilización

Es cierto que hoy en día muchas de las potencias globales (EE.UU., Alemania, Rusia, Inglaterra) están dominadas por poblaciones de rasgos europeos. Pero eso no implica una superioridad genética ni cultural. Su hegemonía contemporánea se debe a factores políticos, económicos, bélicos y tecnológicos, no a una supuesta raza superior.

Lo que estas potencias no tienen —y no pueden reclamar— es haber fundado las bases de la civilización humana. Eso pertenece a culturas como la maya, egipcia, mesopotámica, persa, india o china, que desarrollaron lenguajes escritos, astronomía, filosofía, arquitectura y sistemas legales sin ninguna relación con una estética blanca o rubia.

Y aunque podría decirse, con rigor histórico, que muchas civilizaciones no blancas superaron en desarrollo a pueblos germánicos o escandinavos en su época, el argumento no debe centrarse en quién fue “mejor”. Porque incluso eso sería caer en el lenguaje jerárquico del racismo. Lo que debe quedar claro es que la supuesta superioridad genética de lo blanco y rubio es un mito sin base científica ni histórica. Y perpetuarlo no es solo racismo: es ignorancia.

Incluso en países como Sudáfrica, donde se impuso un sistema de apartheid basado en la supremacía blanca, el desarrollo no se debió a una genética superior, sino a una estructura de opresión violenta, exclusión y expolio de recursos.

No son solo jeans: son símbolos

Este no es solo un problema de un anuncio. Es parte de una batalla cultural más amplia. Las marcas no pueden escudarse en la ignorancia. Las celebridades no pueden fingir sorpresa. En la era de la hiperconectividad, todos saben lo que hacen. Y si lo saben, son responsables.

Usar el racismo simbólico como forma de marketing no es transgresor. Es cobarde. Es cínico. Y sobre todo, es peligroso. Porque legitima, por la vía del humor o la ironía, las mismas ideas que históricamente han causado exclusión, odio y violencia.

Los jeans pueden ser azules. Pero los genes no son un chiste. Y la ignorancia, en este tema, no es neutral: es complicidad.

Zarko Pinkas-Ramírez
Zarko Pinkas-Ramírez
Periodista y publicista chileno. Egresado de Magíster en Ciencias Políticas de la Universidad de Chile y licenciatura en Periodismo y Comunicaciones de la Universidad Centroamericana, José Simeón Cañas.

El contenido de este artículo no refleja necesariamente la postura de ContraPunto. Es la opinión exclusiva de su autor.

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