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lunes, 25 de octubre del 2021

Los exportados

«Y aunque no quise el regreso

Siempre se vuelve al primer amor»

Verso de Carlos Gardel en su tango Volver.

A menudo se dice que el que se va sufre más que el que se queda. El que se va, se va con la ilusión de salir de sus aprietos económicos aunque extrañe a su familia, sus costumbres y a su gente; el que se queda, se queda con la esperanza que las cosas no empeoren.

Consuelo Suncín salió de El Salvador hacia San Francisco cuando tenía 18 años. Se dice que cada vez que iba de viaje sus hermanas le reprochaban –o admiraban– el valor que tenía para viajar, pero a lo que Consuelo respondía que las que tenían valor eran ellas por quedarse en esos pueblitos mal alumbrados.

La gente sale de El Salvador por distintas razones y la mayoría lo hace en búsqueda de mejores oportunidades económicas, aunque sean los sembradores de maíz en plena selva extranjera. He escrito en múltiples ocasiones que el salvadoreño en el exterior reniega ser salvadoreño y adopta modales del grupo mayoritario, ya sea puertorriqueño, mexicano o cualquier otro y toma cualquier trabajo, porque cualquier trabajo es mejor que estar en El Salvador. Pero, ¿qué remedio les queda? He conocido a un decano que dejó su puesto y ahora lava platos en Nueva York; conocí a una prestigiosa anestesióloga que dejó la profesión por una vida campestre; conocí a una abogada que cuida niños en Madrid; conocí también a un abogado que limpiaba las máquinas del gimnasio que yo frecuentaba. Y es que, como si fueran cosas de un realismo mágico, para vivir con un salario en el país hay que hacer que nos dé risa o nos morimos de depresión. Por curiosidad veo los periódicos del lunes, cuando publican las bolsas de empleo. “Diseñador gráfico con experiencia, $400”, “Agrónomo no mayor de 35 años, con experiencia, $500” y el que me mandaron hoy: “Médico con especialidad en radiología, 4 horas diarias, $360.78”. ¿Se puede vivir con dignidad con un salario así? ¿Será que somos mejor como producto de exportación, generadores de remesas, que como profesionales en nuestra tierra?

Por otro lado estamos a los que el hado nos sonrió de forma distinta: los que logramos tener la oportunidad de estudiar en otros países y a los que se nos ofreció un beneficio económico a cambio de lo que podíamos aportar intelectualmente como investigadores, escritores o profesores. Muy pocos de esta camada han decidido regresar. Y no los culpo. Algunos encontraron familia, otros adquirieron compromisos económicos que los atan a ese país, otros padecen dolencias graves que si regresaran, morirían y otros encontraron su niche, su Kairós.

El desplazamiento forzoso, en especial la fuga de cerebros, seguirá en ascenso mientras no haya políticas de apertura, de profesionalización de instituciones, de generar oportunidades antes que estos decidan abandonar el país o antes que los extranjeros los enlisten paras sus filas. Y estos exportados seguirán rechazando regresar mientras El Salvador no pueda ofrecerles a estos, ya sean operarios o intelectuales, una oportunidad que beneficie al país y a la persona.

A menudo mis amigos que tienen alguna profesión académica me cuestionan mi decisión de haber regresado al país después de haber estudiado postgrados en el exterior. Me dicen que la amiga nuestra se fue del todo para Francia y que si lo tuviera que hacer otra vez, lo volvería a hacer. Me dicen en son de broma que las caravanas van para allá, no de allá para acá. Me dicen que si hubieran tenido mis oportunidades no regresarían jamás.

Pero la tierra me llama, el ombligo me lo exige. Y aunque no quise el regreso, siempre se vuelve al primer amor.

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