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jueves, 4 junio 2026

Lo que rompe el asfalto: cultura, cine y el peso de un país en construcción

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Por Alejandro Ulloa

I. Cómo llegamos aquí

Crecí en El Salvador. De los siete a los diecinueve años, el país fue mi casa, mi idioma, el lugar donde aprendí a ver el mundo. Luego me fui. Llevo más de una década viviendo fuera, con la perspectiva y la responsabilidad que eso conlleva.

Entiendo el contexto de la violencia salvadoreña, pero no lo viví como adulto desde adentro. Lo conocí como telón de fondo de mi infancia, como algo que siempre estuvo ahí pero que mi posición me permitió observar sin cargar su peso completo. Es una distinción que importa ser honesto sobre ella.

Cuando volví a El Salvador con una cámara en 2024, lo que encontré me sorprendió. No porque no lo esperara intelectualmente, sino porque verlo en cuerpo es diferente. Las playas estaban vivas. Había gente en las olas, turistas, surfistas locales persiguiendo sueños que antes habrían sido aplastados por la geografía del miedo. Filmé eso en 2024 y volví a filmarlo en 2025. El país florecía con una velocidad que costaba seguirle el ritmo.

Hace poco más de un mes fui al CECOT. Fue ahí, al final de este recorrido, donde entendí de dónde venía todo lo que había filmado antes. Ese lugar, con sus cifras, con su escala, con las caras tatuadas de los hombres adentro que no mostraban remordimiento sino odio y rencor, me explicó el peso de lo que se había contenido para que el resto pudiera florecer.

La Ley de Excepción es un debate que vive cómodo en los foros internacionales de derechos humanos. Pero hay algo que esos foros no siempre pueden capturar: lo que significa para una persona normal poder caminar por una calle que antes era territorio prohibido. Lo que significa para un joven surfista poder soñar en voz alta sin que ese sueño sea una condena.

Primero vi las olas. Luego entendí el silencio que las había hecho posibles. Esa es la historia de El Salvador hoy — y es desde ahí que quiero hablar de su cultura.

II. La tinta y la jaula

Toda cultura nace de algo. La salvadoreña nació, en gran medida, del dolor. Eso no es una crítica, es un hecho que hay que sostener con honestidad antes de poder hablar de lo que viene después.

Durante décadas, El Salvador vivió bajo el peso de dos narrativas que se alimentaban mutuamente: la guerra civil que dejó cicatrices generacionales, y la violencia de pandillas que heredó ese miedo y lo convirtió en sistema. Treinta años de corrupción institucional completaron el cuadro. La vida era difícil y la imaginación colectiva también estaba sitiada.

El arte que nació de ese contexto fue, en muchos casos, genuinamente poderoso. El dolor es tinta, y los artistas salvadoreños supieron usarla. Voces Inocentes puso en pantalla la guerra civil desde los ojos de un niño con una delicadeza que atravesaba fronteras. La Vida Loca, el documental de Christian Poveda, asesinado por quienes filmaba, capturó la cotidianidad de las pandillas con una cercanía que ningún periodismo convencional hubiera podido lograr.

Pero hay un momento en que la tinta se convierte en jaula. Cuando el dolor es lo único que el mundo espera de ti, y lo único que tú mismo sabes ofrecerle, la narrativa deja de ser una elección y se vuelve una identidad obligatoria. El Salvador, durante mucho tiempo, fue eso: un país que solo sabía contarse desde la herida.

Que eso esté cambiando lo demuestra algo concreto. Luciérnagas del Mozote es una obra salvadoreña que hoy mismo circula en festivales y pantallas alrededor del mundo. Toma uno de los capítulos más oscuros de la guerra civil y lo cuenta con una madurez y un alcance internacional que antes hubiera sido impensable. No es nostalgia del dolor. Es un país que por fin puede mirar su historia desde una posición de suficiente estabilidad como para compartirla en sus propios términos.

La pregunta que nadie podía responder todavía era qué pasaba cuando la herida empezaba a cerrar. Qué cultura emerge cuando un país ya puede definirse por algo más que lo que sobrevivió. El Salvador está comenzando a responder esa pregunta, y la respuesta, todavía incompleta, todavía acelerada, todavía buscando su forma, es lo más interesante que está pasando en el país hoy.

El Salvador está comenzando a responder esa pregunta. Y la respuesta, todavía incompleta, todavía acelerada, todavía buscando su forma — es lo más interesante que está pasando en el país hoy.

III. Lo que la cámara encontró

Cuando llegué a filmar Olas y Raíces, llegué con el apoyo del Ministerio de Turismo. Lo que aprendí de esa experiencia dice más sobre el estado cultural del país que cualquier análisis desde afuera.

La intención del gobierno era genuina. En un país que lleva apenas unos años reconstruyendo sus bases desde cero, es entendible que los procesos institucionales todavía estén encontrando su forma. Los presupuestos, los tiempos, la comunicación entre visión y ejecución, todo eso forma parte de un aparato que está aprendiendo a apoyar la cultura al mismo tiempo que aprende a apoyar todo lo demás. Es el retrato honesto de un país en construcción acelerada.

Dentro de esas limitaciones, hay una energía que las supera. Cuando el equipo se movió de manera independiente, directo con los lugares y las personas, todo fluyó con una organicidad que ningún presupuesto puede comprar. Fue ahí donde apareció algo que no esperaba con esa intensidad: la gente quería ser filmada.

No por curiosidad ni por vanidad. Por una necesidad genuina de que alguien llegara con una cámara y dijera que su historia importa. Durante décadas, el único espejo que el mundo le puso a El Salvador reflejaba violencia. Ahora había comunidades enteras que querían verse en algo diferente, y te abrían sus puertas con una generosidad que te desarmaba.

Lo otro que se me quedó grabado fue el talento. El ecosistema creativo salvadoreño existe con una vitalidad que sorprende cuando lo ves de cerca. El problema no es la ausencia de talento. Es que ese talento todavía está buscando el andamiaje para crecer a la velocidad que el país crece en todo lo demás.

Esa es la tensión central del cine salvadoreño hoy. El ritmo del cambio ha sido tan acelerado que la cultura corre detrás, buscando su lugar en un tren que ya va muy rápido. Solo hay que apoyarlo. Esa frase, dicha así de simple, es también la más urgente.

Solo hay que apoyarlo. Esa frase, dicha así de simple, es también la más urgente.

IV. El jardín que todavía no se construye

El gobierno salvadoreño no es indiferente a la cultura. Eso importa decirlo con claridad porque la indiferencia sería un problema diferente, y más difícil de resolver. Las señales de querer crecer están ahí. El problema es otro: querer hacer algo sin entenderlo del todo produce resultados a medias, y los resultados a medias en cultura son especialmente costosos porque el talento, a diferencia del capital, se va si no encuentra condiciones para quedarse.

Lo que falta no es voluntad política. Es criterio sectorial. El cine, la música, las artes visuales tienen lógicas propias, tiempos propios, necesidades específicas que no se resuelven con el mismo manual que resuelve la infraestructura o el turismo de playa. Cuando las instituciones culturales no están lideradas por personas que entiendan esos sectores en profundidad, la brecha entre intención y ejecución se vuelve inevitable.

Lo que está en juego es enorme. La industria del cine mueve millones de dólares a nivel global, y El Salvador tiene algo que muy pocos países de la región pueden ofrecer: paisajes únicos, costos competitivos, una historia que el mundo está comenzando a conocer, y una estabilidad nueva que hace posible lo que antes era impensable. Atraer producciones internacionales, comerciales, películas y series de Estados Unidos, Canadá, España o México, no es una fantasía. Es una estrategia que otros países ya ejecutaron con éxito, y que convertiría al país en un hub cultural en el corazón de Centroamérica.

La prueba de que es posible ya existe. Lo que está pasando con el surf y con el Bitcoin en El Salvador no es casualidad. Es el resultado de apostar por sectores específicos con visión clara y las personas correctas ejecutándola. El surf salvadoreño está en el mapa mundial. El Bitcoin convirtió al país en referencia internacional. La cultura puede ser el siguiente capítulo de esa historia, si alguien decide escribirlo con la misma seriedad.

No se trata de elegir entre seguridad y cultura, entre economía y arte. Se trata de entender que la cultura, bien apoyada, es también economía — y que El Salvador ya tiene el ejemplo de cómo se hace.

V. El árbol y el jardín

El Salvador va a tener cultura. Eso no está en duda. La pregunta es qué forma va a tomar, y esa forma depende de las decisiones que se tomen ahora.

Si el apoyo no llega, la cultura salvadoreña va a crecer igual. Como crece un árbol en medio del concreto: a la fuerza, rompiendo el asfalto, desordenada y poderosa al mismo tiempo. Nadie la va a detener. Pero va a costar más, va a perder talento en el camino, y muchas voces que deberían escucharse van a quedarse sin el espacio para desarrollarse.

Si el apoyo llega con criterio, con las personas correctas, con una visión que entienda que la cultura es también industria e identidad nacional, entonces ese mismo árbol puede crecer en un jardín. Libre. Con espacio para extender las ramas. Con una presencia que no solo impacta sino que invita, que dura.

Ambos árboles son reales. Ambos crecen. La diferencia está en lo que el país decide ser.

Pero hay algo que no depende del gobierno ni de ningún presupuesto. Depende de cada persona con una historia que contar, una cámara, una canción, un pincel, una idea. No tengas miedo a hacer las cosas. Sácalo ya. El tiempo dictará la voz y la forma.

El Salvador lleva décadas demostrando que sabe sobrevivir. Ahora está aprendiendo algo más difícil y más hermoso: que sabe florecer. Y eso, cuando se cuenta bien, cuando se filma, cuando se pone en una pantalla o en una canción o en una galería, no es solo cultura salvadoreña.

El privilegio no es haberse ido. El privilegio es poder volver y ver con claridad lo que crece después del dolor — desordenado, poderoso, inevitable — como un árbol que nadie plantó pero que nadie va a detener.”

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Alejandro Ulloa
Alejandro Ulloa
Cineasta, fotógrafo y productor salvadoreño ha realizado documental, ficción, comercial y música desde Ciudad de México. Fundador de Mercenario y director creativo de Astradanza, su obra navega entre el mito y la realidad con sensibilidad oscura.

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