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jueves, 29 de julio del 2021

La politización de la Democracia

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El primer debate presidencial de la UES, que se esperaba fuese de mayor relevancia polí­tica, al parecer no fue más que una absurda demostración del desgaste socio-polí­tico en el que nos encontramos y la gran influencia que de los medios de comunicación – en los que todos los candidatos han depositado sus esperanzas por conseguir una porción de los votantes -poseen gracias al alcance masivo que les permite y la facilidad con la que se pueden implementar planes para politizar rasgos de la vida social y civil del paí­s.

Hoy en dí­a toda acción pública tiene un trasfondo polí­tico, y cualquier gesto dedicado aún a las buenas causas viene con tintes partidarios. El fenómeno de la politización se ha esparcido en todo el espectro social, y gracias a las telecomunicaciones y los medios digitales han alcanzado una relevancia estremecedora. Todo el acontecer nacional en estos tiempos de campaña ha sido objeto de crí­ticas y de especulaciones para que los candidatos tomen partida, desde el escándalo religioso con Bukele hasta la trifulca en Santa Tecla con D’aubuisson, el pueblo no puede más que encontrarse desconcertado ante tal actuación del cí­rculo polí­tico, y es incapaz de descifrar las verdaderas intenciones que se ocultan tras los bondadosas y repetitivos discursos de los gobernantes. La exposición polí­tica, ha llegado incluso hasta los más pequeños, con una harta propaganda que se ha liberalizado en internet, no es más que risible cómo las estrategias polí­ticas pueden basarse en este tiempo en los más insignificantes trucos que los jóvenes usan para su ocio, con memes y páginas en redes sociales como Facebook con videos montados por simpatizantes a los partidos y toda la publicidad pagada que se muestra, meramente para desacreditar, ha convertido en una burda el acto más simbólico de nuestra democracia, la elección presidencial, que ahora pasa a formar parte de un rally por difamar a cada contendiente de la campaña. Hemos llegado a un punto donde ya ni siquiera los mismos afiliados de los partidos y de cada candidato son claros acerca de las decisiones que toman sus dirigentes, ya que todo es un disfraz rentado a los titiriteros tras el telón. El resultado, un grave deterioro sobre la conciencia social de la población y la imagen en general de nuestro paí­s y nuestro aparato estatal. La esperanza está agotada, y el dí­a de las elecciones se espera que en las urnas no sea reflejada más que la desesperación y confusión de la población por no tener ningún candidato competente y ningún prospecto de presidente para escoger. El final es lo más desesperanzador, ya que alguno tendrá que tomar el poder, y eso es indiscutible, por lo que el llanto del paí­s seguirá independientemente de la bandera que conquiste la colina.

Nos encontramos al borde del colapso, el aparato estatal se encuentra en la cuerda floja y por ello emplea desesperadamente todos sus recursos en esta campaña que será un todo o nada; los candidatos por su parte se nutren de la indiferencia y el desacierto de los salvadoreños, adormeciéndolos en su mayorí­a gracias a sus sucios trucos polí­ticos; sin embargo, no consideran el riesgo en el que han colocado a la estructura gubernamental y el tejido social de la nación. Ellos están conscientes que el poder para cambiarlos reside en el pueblo, y que poco a poco despierta de su letargo, están asustados y al fin El Salvador puede ver un pequeño rayo de luz al final del túnel, todo dependerá de su misma población, si desea o no hacer el cambio por su propia cuenta sin depender más de la que representación partidaria tanto la ha dañado ya.

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