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miércoles, 20 de octubre del 2021

La pelea del siglo: WhatsApp y Facebook versus el sentido común

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“La pregunta es lo que nos impulsa” (Trinity, en Matrix)

Según el evangelio de San Juan (20:24-29), el apóstol Tomás, en un momento aciago, dudó de las palabras de los otros apóstoles, cuando éstos le contaron que habí­an visto a Jesús redivivo. No creeré hasta que no meta mis dedos en el lugar de los clavos, respondió categórico el incrédulo Tomás.

Desde aquellos dí­as del imperio romano hasta nuestra época del capitalismo globalizado, el dicho popular de “Ver para creer” expresa desconfianza y recelo a todo aquello que no percibimos con nuestro propio sentido de la vista. Aunque en la actualidad está cientí­ficamente comprobado que la realidad no es todo lo que vemos, todaví­a hay mucho ingenuo que solo se fí­a en lo que ve.

El miedo, la fantasí­a, el afán de lograr fama y lucro son, por lo general, el material básico con que se elaboran las historias más inverosí­miles en todas las culturas. Así­ han surgido las leyendas de Big Foot, Yeti, Ameranthropoides loysi, Loch Ness y otras más.

Un caso curioso que mantuvo ocupada por un tiempo a la ciencia y a la psicologí­a a principios del siglo XX fue el famoso caballo alemán “Juan, el inteligente” (Hans der Kluge) el que, según su dueño, sabí­a aritmética y poseí­a otras facultades intelectuales, como decir la hora o el dí­a de la semana, por supuesto no con relinchos ni con lenguaje humano, sino con coces. Y efectivamente, el cuadrúpedo Juan, “sabí­a” sumar, restar, multiplicar, etc.etc.  Tanto fue el alboroto en torno al corcel que se formó una comisión de expertos, entre ellos el psicólogo experimental Oskar Pfungst, para observar el fenómeno y poner a prueba las aptitudes matemáticas de Juan, el caballo inteligente.

Finalmente, Oskar Pfungst develó el misterio de la bestia inteligente. Detrás de todo estaban las consecuencias directas de un fenómeno, hasta ese momento desconocido por la psicologí­a experimental, al que Pfungst bautizó como el efecto “Clever Hans”, que consiste en la posibilidad de contaminación involuntaria por parte del experimentador de los resultados en un experimento cualquiera mediante gestos, tonos de voz y lenguaje corporal. 

A pesar de haberse demostrado cientí­ficamente que Juan no sabí­a nada de aritmética, su dueño, Wilhelm von Osten, un profesor de matemáticas y entrenador de caballos siguió mostrándolo a grandes y chicos. Ahora bien, aunque Juan no dominaba ninguna de las técnicas culturales de los humanos que se le atribuí­an, tan burro no era, pues habí­a que tener algo de “inteligencia” para interpretar correctamente el estado aní­mico de su dueño y su comunicación verbal y no verbal. Entre Wilhelm von Osten y su caballo, el más inteligente era obviamente von Osten, quien continuó cautivando a incautos con su potro superdotado y por supuesto, ganando mucho dinero con el espectáculo circense. 

Estos ejemplos mencionados son solo una pequeña muestra de cómo la mente del ser humano se ha visto expuesta, desde tiempos remotos, a ser manipulada de manera directa o subliminal, análoga o digitalmente por individuos, grupos de personas, agencias de mercadotecnia, partidos polí­ticos o servicios de inteligencia estatales, ya sea para alcanzar un fin religioso, cultural, comercial, polí­tico, ideológico o para hacer reí­r, o simplemente para tomarle el pelo a la gente.

La posibilidad de “ser tomado por tonto” es proporcional a la cantidad y calidad de la información recibida. Entre más refinado sea el engaño y entre más gente propague el bulo, mayor será la probabilidad de proliferación.  Nadie se escapa de caer en algún momento en las trampas digitales que abundan en la red. Así­ como en el mundo de las comunicaciones digitales modernas existe lo que se conoce como “filtro spam”, todos los seres humanos adultos poseemos un “filtro” natural basado en la experiencia individual y colectiva conocido como el sentido común.  Pero hay que tener siempre presente, que el sentido común, en primer lugar, no es un sentido sensorial estrictamente hablando y, en segundo lugar, no sustituye, en ningún caso, el análisis crí­tico e integral de los acontecimientos en la sociedad. Es decir, que el sentido común no es un vademécum para resolver todas las vicisitudes de la vida, pero si puede servir, cuando se utiliza de manera racional, como herramienta rudimentaria para juzgar las cosas que suceden en el entorno social y familiar.

Sin embargo, pareciera ser que a medida que la humanidad se adentra en la selva digital del siglo XXI, el “sentido común” se va convirtiendo en el menos común de los sentidos. Según el reporte 2017 de We are social y Hootsuite un 37 % de la población mundial (2.789 millones de usuarios) utilizó para la comunicación interpersonal ví­a internet las plataformas sociales Facebook, FB Messenger, WhatsApp, You Tube entre otras.  

¿Quién domina el mundo digital?

En la pelí­cula Matrix de los hermanos Wachoswki son las máquinas las que gobiernan el mundo y en Ready Player One de Steven Spielberg es la virtualidad de Oasis la que marca la pauta.

Ahora bien, hablando en sentido figurado, no es equivocado afirmar que, en la actualidad, gran parte de la población mundial está siendo dominada por las maquinas. No es extraño ver en el bus o en el tranví­a a un adulto mayor leyendo los mensajes de WhatsApp o en casa mirando la tele y al mismo tiempo el display del IPhone. Y, ¿qué decir de la juventud moderna con sus consolas de juegos cibernéticos?

No pongo en duda la importancia y necesidad del desarrollo de los sistemas digitales. La digitalización es necesaria para el desarrollo de la ciencia, la técnica y la tecnologí­a, aparte de ser una variable importante en la industria, el comercio y la educación. Es casi imposible imaginar el futuro del ser humano exento de la electrónica digital.  El problema no es la digitalización de la sociedad moderna en sí­. Más bien radica en el abuso y manipulación que hace el usuario de ella en el mainstream mediático.

Soy de la opinión que, si los usuarios de la red utilizáramos un poco más el sentido común y nos planteáramos tres preguntas esenciales: ¿Qué quiero saber? ¿Qué objetivos persigue el mensaje? ¿Qué hacer con la información?, evitarí­amos así­, la propagación viral de mensajes basura de carácter sexista, racista y xenófobo y la divulgación de información manipulada, es decir, los llamados fake news.

Pero todo parece indicar, según las estadí­sticas, que la pelea del siglo entre el sentido común versus WhatsApp y Facebook la está perdiendo por puntos, sin lugar a duda, el sentido común.

La derrota del sentido común es lenta, pero segura. Más no pierdo la esperanza que en un futuro cercano salgan al mercado nuevos dispositivos electrónicos con nuevos algoritmos que permitan configurar individualmente diferentes tipos de filtración de ripio digital. 

¿No piensa usted, estimado lector, que serí­a una buena solución?

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Roberto Herrera
Columnista y analista de ContraPunto. Salvadoreño residente en Alemania. Ingeniero graduado en electrotecnia, terapeuta ocupacional independiente con especialidad en pediatría y neurología. Narrador y ensayista.
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