Por Nelson López Rojas.
Como alguien que no participa de cuestiones eclesiales, asistir a conferencias teológicas parece contraproducente. Sin embargo, hace unos días, fui a un simposio teológico sobre la minería titulado “La dimensión profética de la fe” donde disertaban un teólogo, un obispo y un científico… no era necesariamente un ejercicio espiritual, mas una urgencia moral, una misión histórica de alzar la voz cuando el silencio se convierte en complicidad. El simposio hablaba sobre las Sagradas Escrituras, el Magisterio de la Iglesia, sobre el Concilio Vaticano II, sobre Laudato Si, en fin, sobre cómo el cuidado de la casa común es parte integral del anuncio del Evangelio.
“…y arrastrar la ignominia, es decir, si yo no ilumino la realidad sabiendo que se impone, más vale borrarme del libro de la parroquia y no llamarme cristiano, que ser cristiano e ir arrastrando la ignominia”. ¡Qué frase más fuerte, padre! ¡Qué escándalo! ¡Qué ganas de incomodar! Porque uno se llama cristiano como quien se llama Javier… es solo un nombre, padre. ¿Ahora resulta que también hay que ganárselo?
Y es que esa es, según algunos testigos del Concilio Vaticano II, la manera correcta de vivir la fe: encender la luz en medio de la oscuridad, denunciar lo injusto, abrazar al pobre, ser levadura en la masa. ¡Qué cansancio! Los salvadoreños quieren una versión light del cristianismo, algo más Instagram-friendly, a lo Toby, menos mártir y más motivacional.
Ahora vienen estos teólogos y nos dicen que Monseñor Romero no solo fue pastor de los signos de los tiempos, sino que es un signo en sí mismo, un testigo, un espejo. Y no hay nada más molesto que un espejo que no miente. O sea, no basta con admirarlo y ponerle nombre al aeropuerto, a las calles, a las autopistas, a las universidades, a todo; hay que imitarlo. ¿Quién les entiende? Ya ve, padre, por eso la gente se va de las iglesias.
En mi libro sobre inteligencia emocional, repito hasta la saciedad que, si vos querés un cambio tiene que venir de vos, que “es algo entre vos y el espejo”. Imagínese usted, querido lector devoto de misas de los miércoles y memes de “Diosito contigo”, que de pronto el espejo le muestre que su cristianismo está más cerca del “like” que del martirio. ¡Qué espejo más incómodo!
Y, por si fuera poco, nos lo lanzan como “la medida para todos los cristianos y los pastores de nuestra iglesia salvadoreña”. ¿Cómo así que medida? ¿Acaso no basta con ir a misa o al culto los domingos, repostear frases del Papa Francisco y decir “Primero Diosito”?
Aquí todos quieren un cristianismo que no moleste, que no nos saque de la zona de confort, que no cuestione la minería, el salario injusto ni los pactos con el poder. Un cristianismo de pancita llena y conciencia tibia. Queremos que nos digan las cosas bonitas del concilio.
Claro que el concilio dice cosas bonitas. Que la iglesia debe ser luz, sal, fermento. ¿Pero a quién se le ocurre ser fermento en estos tiempos? Y encima, ¿quién quiere cambiar las estructuras, denunciar la corrupción, solidarizarse con los que viven en la periferia geográfica y existencial del Centro Histórico? Eso es para gente como Romero. Uno está para cosas más serenas, como compartir memes y cadenas de oración por guasá, ponerle “Regalito de Dios” a mi carro mientras le saco el dedo a mi prójimo y colgarme ese crucifijo oficial que compré en Roma.
Este simposio no era un llamado para unirse al plan pastoral de tal iglesia, pero sí a plantar un árbol, a denunciar un abuso, a proteger a un vecino, a decir “esto no está bien”.
En un mundo que se cae a pedazos por la avaricia y el desprecio ambiental, quizás no necesitamos preguntarnos si la persona cree en el Dios de Abraham, en otro dios o en ninguno, sino si cree en algo, en la dignidad humana, por ejemplo, en el derecho a vivir, en la obligación de no callarse. Defender la tierra y defender al prójimo no es un ministerio exclusivo de los creyentes, es una urgencia universal. Hasta los gringos (y otros países) tienen una ley llamada “el buen samaritano” que no tiene nada que ver con la religión y mucho que ver con la humanidad. ¿Ves a un muchacho repartidor de comida que se le quedó la moto en medio del aguacero? ¡Ayudalo! ¿Ves que se le cayeron las monedas al del pan? ¡No le pongás la pata encima a las coras! Y a estas alturas, los ateos están haciendo cola para salvar lo que queda, mientras algunos cristianos siguen discutiendo si es pecado usar sandalias en misa.
Esta “dimensión profética” no es una novedad doctrinal. Seás un religioso o no, hay que entender que la tierra no es una simple decoración y no puede ser tratada como mercancía, como reserva de explotación o como desecho.
En mi artículo anterior, hablaba de la incoherencia de lo que se nos dice como población y lo que hacen los políticos en el poder. Hoy, nos enfrentamos a amenazas como la minería metálica, la contaminación del agua, la deforestación, la privatización de lo que debe ser bien común. Y ante eso, hermanos, no basta rezar, la gente de fe no debe quedarse en oraciones ni en neutralidades.
¿Gente de fe? Sí, pero este llamado no es exclusivo de los creyentes. Cualquier persona, más allá de su ateísmo o de sus creencias, puede y debe unirse en esta defensa porque no se necesita doctrina para sentir sed, para sentir hambre; no se necesita fe para entender que sin tierra fértil no hay futuro. “No farms, no food” señalan los británicos.
“Cristiano, la iglesia eres tú” decía aquel eslogan de los 90. Vos podés seguir llamándote cristiano, nadie te va a pedir el recibo. Solo te pido que te mirés en el espejo y si no te gusta lo que ves, cambialo. Pero cambialo en serio, entre vos y el espejo, porque el Evangelio no se predica con calcomanías ni con “amén” automáticos. Se predica con el ejemplo.



