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domingo, 09 de mayo del 2021

La izquierda parlamentaria: ¿Un analgésico polí­tico?


Chile y El Salvador fueron en un momento determinado de su historia polí­tica, dos paradigmas revolucionarios marxistas en la lucha por el socialismo en América Latina. La revolución democrática de la Unidad Popular a comienzos de la década de los setenta y la guerra revolucionaria del Frente Farabundo Martí­ para la Liberación Nacional en la década de los ochenta del siglo pasado. El equilibrio relativo de las fuerzas polí­tico-militares en contienda se rompió de manera violenta en Chile con el golpe militar del 11 de septiembre de 1973 que derrocó a Salvador Allende, y, en El Salvador, el 10 de enero de 1981 con el inicio de la primera gran ofensiva guerrillera.

Después de trece años de dictadura militar en Chile, el gobierno de los Estados Unidos, presidido por Ronald Reagan, llegó a la conclusión en 1986 que el régimen militar del general Augusto Pinochet, una vez cumplida a cabalidad la misión de aniquilamiento de las fuerzas polí­ticas democráticas y revolucionarias aglutinadas en la Unidad Popular, se habí­a transformado en un factor negativo y polarizador en la coyuntura polí­tico-económica chilena. Más allá de lo acertada o errada que pudiera haber sido o parecido la estrategia militar del movimiento revolucionario chileno en esos años, el hecho real fue que la dictadura pinochetista habí­a llegado a sus lí­mites polí­ticos. A pesar de la dureza y brutalidad con que las fuerzas armadas golpearon a la sociedad civil chilena, la transición a la democracia parlamentaria no se vislumbraba en esos años ni fácil ni exenta de riesgos. Por una parte, el general Pinochet no estaba dispuesto a abandonar el poder y, por otra parte, el incremento de la lucha armada revolucionaria a partir de 1983, “preocupaba mucho” al Departamento de Estado norteamericano. Dicho proceso polí­tico-militar culminó con el atentado guerrillero (Operación siglo XX) ejecutado por un comando del Frente Patriótico Manuel Rodrí­guez (FPMR) el 7 de septiembre de 1986 contra Pinochet.  Esa fue la señal inequí­voca que las fuerzas polí­tico-militares de la resistencia chilena estaban dispuestas y preparadas para incrementar y profundizar la guerra de guerrillas contra la dictadura militar.

En Centroamérica la coyuntura geopolí­tica a mediados de los ochenta del siglo pasado no presagiaba buenos augurios. Era evidente que la guerra civil salvadoreña se habí­a transformado en el elemento desestabilizador clave en la sociedad salvadoreña y que además, ninguno de los bandos militares estaba en capacidad de alzarse con la victoria. La ofensiva guerrillera salvadoreña “Hasta el tope” del 11 de noviembre de 1989, puso en evidencia la situación de impasse militar en el teatro de operaciones. Este empate militar solamente podí­a romperse con la intervención directa del Departamento de Estado norteamericano. Así­ como en Chile, la opción del presidente Ronald Reagan en El Salvador ““ por muy contradictorio que pudiera parecer ““ fue la de apoyar y fortalecer la salida polí­tica.

No se trata aquí­ de comparar uno a uno ambos procesos, puesto que son fenómenos históricos muy distintos. Sin embargo, sendos conflictos polí­tico-militares tienen un denominador común: La lucha de clases y la solución polí­tica final de los mismos. En los dos paí­ses se aplicó exitosamente la fórmula del diálogo y la negociación. En definitiva, dejando los matices y particularidades especí­ficas de cada proceso, la administración norteamericana combatió la “misma enfermedad” con la misma medicina.

El proceso de diálogo y negociación

La “negociación” final en ambos paí­ses estuvo precedida por una serie de diálogos y reuniones formales, informales, oficiales y extraoficiales a lo largo de los años entre los contendientes.  Así­ pues, negociando llegó supuestamente la “alegrí­a” a Chile y a El Salvador la paloma de la paz.

Las fuerzas polí­ticas de izquierda y centroizquierda, tanto las de Chile ““ con la excepción del partido comunista chileno y el movimiento de izquierda revolucionario (MIR) ““ en 1989 como las de El Salvador en 1992, se comprometieron a cohesionarse en torno a un programa de transición especí­fico aceptable para los militares, los insurgentes, los polí­ticos, las oligarquí­as y por supuesto, para el gobierno de los Estados Unidos.

Es precisamente en esta coyuntura histórica donde la izquierda moderada responde a las exigencias concretas del momento, con el planteamiento de una polí­tica paliativa que se expresó, en el caso chileno, en la alianza polí­tica conocida como la Concertación de partidos polí­ticos por la democracia en 1989, constituida por el Partido Socialista, el Partido por la Democracia, el Partido Radical Socialdemócrata y el Partido Demócrata Cristiano. En el caso salvadoreño, la fundación notarial del FMLN en partido polí­tico el 1 de septiembre de 1992, significó dos cosas: Primero, la puesta en marcha de un proyecto polí­tico que estaba en consonancia con los acuerdos de paz firmados en Chapultepec en enero del mismo año, con los que se puso fin a doce años de guerra y segundo, la muerte simbólica del FMLN histórico, integrado por las Fuerzas Populares de Liberación Farabundo Martí­, el Partido Comunista, el Ejército Revolucionario del Pueblo, el Partido Revolucionario de los Trabajadores y la Resistencia Nacional. Transformada la alianza estratégica guerrillera en partido polí­tico, según lo establecido por la Constitución Polí­tica, el nuevo FMLN se comprometió a impulsar la unidad nacional, la reconciliación de las clases sociales antagónicas y a fortalecer el diálogo y la concertación para resolver las diferencias sociales, económicas y polí­ticas. Es decir, el nuevo FMLN se convirtió en una estructura partidaria electoral en busca de cuotas de poder burgués.

Mientras la Concertación chilena gobernó durante veinte años (1989-2009), la Concertación efemelenista entró en una profunda crisis polí­tico-ideológica a partir de 1994, en la que las divisiones, expulsiones, marginaciones y descalificaciones eran la tónica que se impuso en las estructuras orgánicas. En la actualidad, la columna vertebral dirigente del partido polí­tico FMLN está integrada en su mayorí­a ““ salvo excepciones contables con la mano izquierda y/o la derecha ““ por ex cuadros de dirección de las antiguas Fuerzas Populares de Liberación Farabundo Martí­ (FPL-FM) y miembros del antiguo Partido Comunista Salvadoreño (PCS). De manera metafórica podrí­a decirse que el hijo prodigo volvió al lecho materno, puesto que las FPL-FM históricas nacieron en el vientre del partido comunista salvadoreño.

La polí­tica paliativa marxista, entendida ésta como una válvula de alivio de presión y temperatura polí­tica, impulsada en su momento por la Concertación chilena y el FMLN fue la única alternativa viable para resolver el entuerto de la dictadura pinochetista y de la guerra civil salvadoreña.

¿En qué momento se convierte la polí­tica paliativa marxista en un analgésico polí­tico?

En el momento en que la izquierda marxista parlamentaria se dedica a tiempo completo a planificar y a impulsar únicamente las “batallas por los votos” y cuando se sustituye el contenido clasista de la lucha polí­tica por las cuotas de poder en el Estado burgués.

Un conocido comunista salvadoreño de los años sesenta y setenta del siglo pasado dijo:

“¦Y es que el dolor de cabeza de los comunistas se supone histórico, es decir que no cede ante las tabletas analgésicas sino sólo ante la realización del Paraí­so en la tierra”¦Así­ es la cosa”¦

Así­ filosofaba, Roque Dalton, el escritor y poeta salvadoreño en “El dolor de cabeza de los comunistas”(1), poema en el cual, “el comunismo será, entre otras cosas, una aspirina del tamaño del sol”.

Cientí­ficos de diversos paí­ses del mundo desarrollado aseguran que el consumo excesivo de analgésicos o antiinflamatorios durante varios años, conlleva un aumento del riesgo de padecer un infarto de miocardio o un derrame cerebral. En polí­tica ocurre algo parecido. Precisamente en el abuso y mal uso de la polí­tica paliativa marxista radica su mayor riesgo.

En el 2009 el pueblo chileno “le pasó la cuenta” a la Concertación de partidos polí­ticos por la democracia cuando eligió al candidato de la derecha como presidente de la república.

Schafik Handal, comunista salvadoreño contemporáneo de Dalton, expresó durante la campaña electoral para la presidencia en septiembre del 2004 un pensamiento que bien pudo interpretarse en su momento como propagandí­stico, pero que al final resultó cierto lo que el carismático lí­der comunista tanto temí­a: “”¦abandonamos las armas, entramos en el sistema, para cambiar el sistema, no para que el sistema nos cambie a nosotros.”(2)

Y vaya que son muchos los antiguos guerrilleros en América Latina que han sufrido una metamorfosis polí­tico-ideológica en los últimos años escuchando alelados los cantos de sirena del Gran Capital.

El FMLN guerrillero entró en la retorta del sistema capitalista sintiéndose sólido como un diamante y salió tan molido que más parece ARENA que otra cosa.


FUENTE: Por un mundo nuevo, mejor y más justo

(1)  Hay que suponer con justa razón que Roque Dalton no se refiere con este término solamente a los miembros del partido comunista, sino que a los marxistas revolucionarios en general.
(2)  El-FMLN-y-la-vigencia-del-pensamiento-revolucionario-en-El-Salvador

Roberto Herrera
Roberto Herrera
Columnista Contrapunto

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