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sábado, 15 de mayo del 2021

La influencia de Roque Dalton como enfermedad imaginaria

Esa presunta gran influencia de Roque Dalton juzgada negativamente ha sido una especie de enfermedad imaginaria

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A mediados de los años noventa del siglo pasado, en la posguerra literaria, un poeta podí­a angustiarse si alguien le decí­a que estaba bajo la influencia de Roque Dalton. Hace pocos años, ya en este siglo, un modesto poeta que anda por ahí­ me confesó que le habí­a costado superar la influencia de Roque. 

A principios del siglo actual, cualquier bichito con un par de poemas en los bolsillos sacaba pecho y miraba por encima a Roque y a todos los roqueanos. Y es que los roqueanos (que por cierto nadie sabe a ciencia cierta quiénes eran ni dónde se reuní­an ni qué cosas publicaban) se habí­an puesto de acuerdo para frenar el cambio literario en nuestro paí­s. 

Ciertos jóvenes, haciendo gala de ponderación crí­tica, concedí­an que la lí­rica amorosa del poeta era salvable, etcétera, etcétera. Hasta los crí­ticos doctos y maduros lamentaban la decepcionante sencillez panfletaria de Poemas Clandestinos. 

En fin, qué les voy a contar, que ustedes no sepan. Lo chistoso de todo este asunto es que casi nadie se habí­a puesto a investigar el alcance y la naturaleza de aquella influencia con textos en la mano y con un lenguaje crí­tico depurado y bien organizado. La gran influencia de Dalton, no demostrada con rigor, formaba parte de un mito que pusieron en circulación quienes paradójicamente pretendí­an desmitificar al poeta. 

De ahí­ que esa presunta gran influencia juzgada negativamente haya sido una especie de enfermedad imaginaria. Al contrario, lo que hay que lamentar es que los planteamientos literarios más complejos de Dalton apenas hayan tenido lectores inteligentes entre los poetas salvadoreños de los últimos treinta años. 

Y si esas lecturas eran las únicas que podí­an capitalizar lo mejor del legado que dejó el poeta, al ser estas tan pocas, solo cabe decir que nuestra lí­rica todaví­a no ha hecho una recepción profunda y fértil de la poesí­a daltoniana. Hemos hablado mucho sobre él en el territorio de la leyenda, pero, en el plano crí­tico que atañe más a la creación literaria, las posibilidades iluminadoras de su mejor palabra son todaví­a un asunto pendiente. 

Y no hablo de imitarlo sino que de leerlo con madurez, sin las anteojeras y prejuicios de la posguerra. Su ironí­a, su desparpajo, su falta de solemnidad, la amplitud de su mirada y sus atrevimientos formales no son algo que ahora sobre en nuestra poesí­a.

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