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martes, 11 de mayo del 2021

“La guerra nos robó sueños”

Son las palabras de una mujer que perdió a su esposo en la masacre conocida como Las Canoas, ocurrida en 1982

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A las 10 de la noche del 24 de noviembre de 1982 unos hombres llegaron por José Vásquez, junto a él se llevaron a otros cuatro hombres, los torturaron, querí­an saber de qué grupo guerrillero eran, pero no pertenecí­an a ninguno. Eran trabajadores en una cooperativa, no manejaban armas, tampoco ideas revolucionarias.

José tení­a esposa y cuatro hijos, el menor tení­a tres meses. Más o menos una hora pasó desde que lo sacaron de su casa y sus verdugos regresaron con él. No hablaba, estaba lleno de sangre, solo hizo gestos a Dionisia Landaverde de Vásquez, su esposa, para que le buscara los zapatos, no querí­a caminar descalzo en la calle empedrada. Fue la última vez que ella lo vio con vida.

  • José ya no  habló, le habí­an cortado la lengua, estaba todo herido y ensangrentado. A mi esposo lo torturaron por gusto, el no pertenecí­a a nada, trabajaba por nosotros– dice Dionisia.

Recuerda cómo la madrugada del 25 de noviembre pasó escuchando los golpes de una pequeña hacha, los gemidos de dolor de su esposo y de los otros hombres, escuchaba las risas y gritos de los verdugos.

  • A ellos no los mataron a balazos, los mataron lento, a pura tortura.
Esta historia la cuenta Dionisia envuelta en llanto, con sentimiento, con rabia, con impotencia. 32 años después ella no ha olvidado ese dí­a, está grabado en su memoria sin perder ningún detalle. No olvida cuando su hijo mayor le pidió que no le mintiera, que no le dijera su padre regresarí­a porque él  sabí­a que lo habí­an matado. Dionisia asegura que esas heridas nunca van a sanar.

La mujer que ahora tiene 64 años es una de las familiares de  las ví­ctimas de las masacres ocurridas en el caserí­o Las Canoas (1980) donde fueron asesinas 23 personas mientras departí­an un almuerzo;  Metapán (1982), murieron siete personas, incluido José;  y en Texistepeque (1986), donde fueron ultimadas dos. Los tres lugares son de Santa Ana.

Dionisia llegó a finales de agosto a la morgue del cementerio de Santa Ana junto a decenas de familiares de otros asesinados a recoger las osamentas de las ví­ctimas para que más de 30 años después fueran velados y enterrados en una fosa común. Los restos fueron entregados por la Fiscalí­a General de la república (FGR) aún sin reconocer, pese a que fueron exhumados en 2007.

Las autoridades de la fiscalí­a santaneca autorizaron la exhumación en 2007, a petición de los parientes de las ví­ctimas, para realizarle pruebas de ADN, compararlas con los familiares  e identificarlos. Luego los restos serí­an devueltos a los familiares para que se les diera digna sepultura. Se suponí­a que para febrero de 2010 la Fiscalí­a devolverí­a los restos óseos a sus familiares, pero no fue así­. 

Fue el 26 de agosto de este año que recibieron las osamentas.  Los delegados de la  FGR fueron sacando uno a uno  los huesos de las ví­ctimas y las ropas que llevaban el dí­a que fueron asesinados. Hací­an el reconocimiento de cada contenido que habí­a dentro de las cajas de cartón en las que fueron metidos cuando fueron exhumados. Anotaban cada detalle de lo que entregarí­an a los familiares  porque  las osamentas siguen siendo parte de una investigación y fueron entregadas en “calidad de depósito”.

Muchos de los que llegaron conversaban y se cuestionaban entre sí­ por qué después de casi diez años la FGR no actuó e investigó para entregarles de una vez por todas las osamentas identificadas y así­ cada familia podrí­a enterrar a su ser querido y poner una  cruz con su nombre.

Ante esto el fiscal Daniel Domí­nguez   dijo que se debe a que el Instituto de Medicina Legal (IML) no posee los reactivos para hacer la identificación cientí­fica; además porque los restos son muy viejos y se están pulverizando.

Frente a la mirada de todos los familiares, Domí­nguez  explicó que las osamentas que habí­an sido puestas en pequeños ataúdes no pueden ser violentados, ni retirados del cementerio en el que fueron enterrados, porque si no tomarí­an acciones legales en contra de la representante de las ví­ctimas, la abogada Claudia Interiano, pues ella es la responsable de cada una de las osamentas.

Interiano aseguró que si la FGR hubiese realizado las investigaciones correspondientes después de la exhumación hace nueve años cada familia hubiese tenido la oportunidad de da el último adiós y no pasar “por una revictimización” en la que no saben a quién llorarle o ponerle flores porque no lo dice el ataúd, ni la plancha de cemento que se puso en las fosas comunes.  Los restos fueron entregados sin identificar por orden de la nueva jefatura de la FGR.

El dí­a del entierro de las osamentas, Dionisia tení­a la mirada perdida, lloraba sin consuelo y despidió a su esposo, asegurándole que él siempre fue el amor de su vida.

  • Cuando lo mataron a penas tení­amos siete años de casados, nos hizo falta mucho por vivir. La guerra nos robó sueños, nos marcó. Pensé que este momento no me dolerí­a tanto por los años que han pasado, pero me duele. Que me digan ¿cómo sanar mis heridas y la de mis hijos?- Reclama Dionisia.

La masacre de Las Canoas fue una de las centenares que fueron ejecutadas, según la Asociación Madelaine Lagadec,  en operativos contrainsurgentes del ejército salvadoreños, basadas en tácticas de “tierra arrasada” con la finalidad de restarle apoyo a la guerrilla de parte de la población, especialmente en las zonas rurales.

Esta masacre tiene el tinte de muchas otras que se cometieron en el perí­odo de la guerra: injustificadas, dejaron a decenas de familias en la incertidumbre de querer saber dónde están sus seres queridos, siguen sin respuesta satisfactoria de parte del Estado y por lo tanto, reina la impunidad después de tantos años.

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