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martes, 27 de julio del 2021

La especulación y la impunidad Caso Roque Dalton

Los asesinos del poeta ocultaron sus restos en 1975 y nunca dieron razón sobre ello

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Se me acusa de especular acerca de la autorí­a del asesinato de Roque Dalton. Se me acusa de que no tengo pruebas para señalar a sus posibles autores. Y yo me pregunto si alguien posee tales pruebas (el arma del crimen, el cadáver de la ví­ctima, testimonios recogidos con criterio judicial, etcétera). Si no tenemos el arma ni los restos y si las palabras de los testigos del crimen son casi materia periodí­stica y literaria es porque nunca se ha tenido la voluntad institucional de juzgar este caso

El asesinato polí­tico de Roque Dalton ordenado por la dirigencia del ERP yace en el mismo limbo especulativo al que han ido a dar en nuestro paí­s tantos crí­menes notorios cuyas tramas y pruebas han sido erosionadas por el tiempo y la ausencia de justicia. Los asesinos del poeta ocultaron sus restos en 1975 y lo más probable es que se hayan perdido. Así­ que quizás nunca sepamos lo que sus huesos podrí­an habernos dicho sobre su asesinato.

A quienes gustan de exigir pruebas y testimonios fiables en estos asuntos, conviene recordarles, si no desean ser un ejemplo involuntario de humor negro, que la cultura de la impunidad en un paí­s como el nuestro tiene también como propósito erosionar las evidencias de los crí­menes: así­, de muy diversas maneras, se tuercen los procesos judiciales; así­ se ocultan o queman documentos; así­ se destruyen pruebas fí­sicas; así­ se elimina a los testigos y se dispersan los huesos de las ví­ctimas, etcétera, etcétera. En nuestro mundo, los asesinos con poder se las arreglan para ser presuntamente inocentes toda la vida. En los términos de esta legalidad vulnerada, el Mayor Roberto D´Aubuisson murió inocente.

Esa voluntad que diluye el espesor de las evidencias y les tapa la boca a los testigos, al final nos condena al reino del rumor y de la especulación. La especulación sobre los asesinatos más infames de nuestra historia reciente (el de Monseñor, el de los Jesuitas, el de Mélida, el de Roque, etcétera) no se debe tan solo que nos guste razonar sin evidencias, se debe también a que muchas evidencias han sido destruidas y a que muy pocas han alcanzado el estatus de prueba judicial.

Al permanecer los crí­menes lejos del alcance de los tribunales y al ser borrados sus rastros subjetivos y objetivos, los hechos de sangre quedan a merced de las palabras, como objeto de controversia ideológica. Es en este sentido que podemos ver la especulación como un elemento más de la cultura de la impunidad. No tendrí­amos por qué discutir acerca de la condición de criminales de guerra que se han ganado ciertos personajes de nuestra historia, las pruebas fí­sicas que no pudieron borrar (más allá de cómo las interpretemos) los delatan. Sin embargo, al no ser alcanzados nunca por los tribunales y al conservar su prestigio a través del miedo y el ocultamiento de las pruebas, todo lo que se diga sobre ellos se considerará un mero asunto de opinión

Se me acusa de especular acerca de la autorí­a del asesinato de Roque Dalton. Se me acusa de que no tengo pruebas para señalar a sus posibles autores. Y yo me pregunto si alguien posee tales pruebas (el arma del crimen, el cadáver de la ví­ctima, testimonios recogidos con criterio judicial, etcétera). Si no tenemos el arma ni los restos y si las palabras de los testigos del crimen son casi materia periodí­stica y literaria es porque nunca se ha tenido la voluntad institucional de juzgar este caso.

El asesinato polí­tico de Roque Dalton ordenado por la dirigencia del ERP yace en el mismo limbo especulativo al que han ido a dar en nuestro paí­s tantos crí­menes notorios cuyas tramas y pruebas han sido erosionadas por el tiempo y la ausencia de justicia. Los asesinos del poeta ocultaron sus restos en 1975 y lo más probable es que se hayan perdido. Así­ que quizás nunca sepamos lo que sus huesos podrí­an habernos dicho sobre su asesinato.

A quienes gustan de exigir pruebas y testimonios fiables en estos asuntos, conviene recordarles, si no desean ser un ejemplo involuntario de humor negro, que la cultura de la impunidad en un paí­s como el nuestro tiene también como propósito erosionar las evidencias de los crí­menes: así­, de muy diversas maneras, se tuercen los procesos judiciales; así­ se ocultan o queman documentos; así­ se destruyen pruebas fí­sicas; así­ se elimina a los testigos y se dispersan los huesos de las ví­ctimas, etcétera, etcétera. En nuestro mundo, los asesinos con poder se las arreglan para ser presuntamente inocentes toda la vida. En los términos de esta legalidad vulnerada, el Mayor Roberto D´Aubuisson murió inocente.

Esa voluntad que diluye el espesor de las evidencias y les tapa la boca a los testigos, al final nos condena al reino del rumor y de la especulación. La especulación sobre los asesinatos más infames de nuestra historia reciente (el de Monseñor, el de los Jesuitas, el de Mélida, el de Roque, etcétera) no se debe tan solo que nos guste razonar sin evidencias, se debe también a que muchas evidencias han sido destruidas y a que muy pocas han alcanzado el estatus de prueba judicial.

Al permanecer los crí­menes lejos del alcance de los tribunales y al ser borrados sus rastros subjetivos y objetivos, los hechos de sangre quedan a merced de las palabras, como objeto de controversia ideológica. Es en este sentido que podemos ver la especulación como un elemento más de la cultura de la impunidad. No tendrí­amos por qué discutir acerca de la condición de criminales de guerra que se han ganado ciertos personajes de nuestra historia, las pruebas fí­sicas que no pudieron borrar (más allá de cómo las interpretemos) los delatan. Sin embargo, al no ser alcanzados nunca por los tribunales y al conservar su prestigio a través del miedo y el ocultamiento de las pruebas, todo lo que se diga sobre ellos se considerará un mero asunto de opinión.

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Álvaro Rivera Larios
Escritor, crítico literario y académico salvadoreño residente en Madrid. Columnista y analista de ContraPunto
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