Por: René Martínez Pineda (@ReneMartinezPi1)
Era la democracia perfecta para los que mataban a diestra y siniestra; era la antidemocracia perfecta para quienes ponían los muertos. Cuerpos-sentimientos a los que se les robó su verdad pragmática, para instalar la verdad del victimario; El Salvador, un país que no salvaba a nadie; el debido proceso en favor de las personas indebidas; ciudadanía sin territorio ni derechos constitucionales. Vagábamos en la Era de la Gran Delincuencia, esa etapa que fue normalizada por los sofistas y traidores con fines de lucro y ansias de estupro; vivíamos encerrados en un país-muerte custodiado por los cínicos del aplauso, y por los mentirositos de papel que terminaron creyéndose su propia mentira de rigor científico. En esas décadas-sangre, podíamos vivir sólo si fingíamos estar medio muertos, o medio vivos. En esos años inventamos nuestro oscurantismo y coronamos nuestros propios inquisidores: los sofistas como Frankenstein posmodernos.
Moríamos y sufríamos; sufríamos y moríamos, el orden de los factores no alteraba el producto, ni el usufructo del Fagin de los leguleyos. Los derechos humanos que se defendían eran los de los victimarios y sus pregoneros; la democracia era perfecta sólo para los primeros en sacar el cuchillo; el Estado de Derecho era un torcido laberinto de la maldad en el que, a cada paso, se contaban historias que llegaban al mismo centro: la verdad del victimario, y en el que, en cada esquina, nos decían lo mismo cuando pedíamos un cuartillo de aceite de justicia: “en la otra esquina”.
Moríamos y sufríamos, contábamos muertos en lugar de contar graduados. La historia patria era la historia del sepulturero, quien llevaba una bitácora detallada de los muertos sin nombre y de las tumbas sin GPS. Pero, como cada Era es tan sólo una pieza del rompecabezas inconcluso que llamamos país, al cabo de tres décadas intuimos que no debíamos ser lo que éramos: las víctimas adscritas y adquiridas de un país-crimen que no tenía nada que envidiarle al oscurantismo que, con dolo, los sofistas de eyaculación precoz (llegaban a ese punto sin retorno al oír su propia voz) describían como Estado de Derecho (que nos mandaba derechito a la tumba o al norte) protegido por una Constitución con el himen intacto y sin el constituyente originario: el pueblo. En ese entonces, la coyuntura se resumía en una encrucijada en busca de autor.
En el marco de un tumultuoso desencanto, al margen de los libros, provocado por la traición más grande de la historia, 2019 puede catalogarse como el hijo putativo de una encrucijada política que fue resuelta con la verdad pragmática del pueblo asentada en el paso de lo viejo a lo nuevo, en la línea de lo que llamo “moral transicional” como efecto del pluralismo moral, de Ross. El pueblo fue el actor estelar de una rebelión electoral que rompió la papeleta del sofista escatológico que, con su doctrina espuria, pretendía que la sociedad de miedo y sangre que éramos fuera eterna, para bien de sus litigios, o para recibir una ovación, de pie, que ensalzara su mente tan precaria como rústica.
Esa rebelión, en la realidad y en la sociología (aunque lo ignoren o lo nieguen los sociólogos pétreos), no puso como argumento político a la impaciencia, sino que surgió de la certeza de que estábamos en una encrucijada de rumbos claros, para bien o para mal: ¿el de la sangre y el miedo pastoreado por los victimarios y sus testaferros, o el de la seguridad desde el territorio? ¿El del pensamiento crítico que transforma, o el del pensamiento colonizado con ínfulas de colonizador? ¿El compromiso social con los derechos humanos de las víctimas, o la complicidad con los del victimario?
Tanto ayer como hoy, la decisión del rumbo a tomar puede ser oscura e implicar un retorno epistémico-político si no convertimos los datos en información. Para la sociología crítica, la encrucijada es una pugna entre las preguntas y las respuestas; entre los sofismas y la verdad pragmática, o sea entre el papel del sociólogo y el sociólogo de papel (publiqué tres artículos sobre esos dos tipos de papel, en 2012), como simbolismo de la pugna entre el cuerpo y la palabra; entre la ciencia pura y el quehacer mundano impuro; entre la frontera inerte y la utopía en movimiento; entre la sociología del victimario (ausencias) o la sociología de la víctima (presencias); entre el academicista inocuo y la verdad originaria.
Como paréntesis, acordemos que el sofisma es la manipulación que pretende inducir, con dolo, al error de apreciación. Esa manipulación es tan recurrente que, por la tosquedad cognitiva y socioemocional del hechor, el sofista termina creyéndose su propia mentira (como la de que es un científico social tan bueno, pero tan bueno, que nadie quiere debatir con él, lo cual es penoso y patético). Al creerse su propia mentira (su posverdad particular) convierte los paradigmas sociológicos en un para-dogma, o sea en fetiche teológico. En el país, el dogma del para-dogma es el negacionismo, tanto del daño causado, como de todo lo que transforme positivamente el país y, en ese sentido, el negacionismo es un ideario retrógrado que busca que el pasado, vuelva a pasar.
En lo que concierne a los sociólogos, la encrucijada es inexorable y las preguntas agudas, y éstas tienen que ver con las decisiones políticas y opción ideológica tomadas, o sea con la identidad social que es la que, al final, define cuál de los rumbos seguir al llegar a la bifurcación: el de las respuestas que caminan descalzas y transforman sin esperar la venia de la teoría, o el de la evasión que deforma, tergiversa y frena la realidad para que quepa en conceptos anacrónicos o superfluos.



