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domingo, 24 de octubre del 2021

La doctrina Trump: ¿El fin de la hegemonía mundial de EEUU?

“Pero mientras instaba a los africanos a domesticar presidentes y ejecutivos deshonestos, Estados Unidos estaba incubando a su propio dictador en casa”.

Patrick Gathara This is not an “African” election. The Continent, 31 de octubre 2020.

Ya van varios días que Estados Unidos celebró las elecciones presidenciales, quizá más importantes de su historia. Dos contendientes de la política de la vieja guardia –bien vieja, si se me permite la expresión–. Joe Biden, de 77 años, quien fuera vicepresidente, en el periodo de la presidencia de Barak Obama y Donald Trump, de 74 años, que busca la reelección. Pero hasta hoy, todavía no hay ganador oficial y parece que no lo habrá en varios días más. Dado el engorroso sistema eleccionario de Estados Unidos, el ganador de las mayorías, no necesariamente, es el que toma la silla presidencial.

No sería una novedad –ha ocurrido por cuatro años, durante más de dos siglos–, de no ser porque Estados Unidos, como poder hegemónico, está en la encrucijada. Estos cuatro años de presidencia de Mr. Trump han sido muy peculiares. Su ideología política, por indefinida, solo queda claro que es anti partido demócrata, rabiosamente anti Obama y todo su legado. En lo que respecta a su administración, ha sido de un estilo personalista. Su doctrina social, claramente racista, supremacista, elitista; su política exterior ha revivido la guerra fría en sus mejores momentos y su diplomacia, la del “big stick” (gran garrote) de la época de Teddy Roosevelt.

Esto ha generado grandes conflictos, tanto en lo interno, dando rienda suelta a los supremacistas y otras layas, que ha provocado grandes conmociones sociales, como en lo externo, donde el sector guerrerista, conocido como “los halcones”, esperaba que desatara guerras por todo el mundo, tal como hizo Obama. Y no ocurrió. Siendo él mismo un comerciante, sabe que la guerra es una mala inversión, excepto para los fabricantes de armas. Así, ha preferido jugar al chantaje, las amenazas y el pillaje internacional, como en el caso de Venezuela, a la que ha robado sus reservas de oro, sus inversiones petroleras internacionales y, últimamente, el cargamento de petróleo que Irán envió en septiembre, al puro y duro estilo de los corsarios de los siglos XVIII – XIX.

Biden, el candidato demócrata, por su lado, ha sido señalado con una larga cola de corruptelas, señaladas por Trump, lo que no tiene mucho crédito. Los cuatro años de su antecesor demócrata en la silla, Barak Obama, junto con su primera ministra Hillary Clinton, deportaron millones de inmigrantes indocumentados, a la vez que dejaron una estela de muertos y ciudades destruidas, emplazamiento por todo el mundo, de algunos millones de soldados estadounidenses, la mayoría en las filas de los ejércitos privados de los llamados “contratistas de la guerra”, como la fatídica “Black Water”, perpetradora de masacres en el Medio Oriente, en específico, Irak.

Si algo bueno se puede abonar a Trump es que no inició ninguna guerra; antes bien, trató de terminarlas. El punto prioritario de su política, al grado de obsesión, es la inmigración irregular. Subyacente a esto, hay algo más grande, que tocaremos más adelante.

Mucho se ha hablado de la incongruencia de los “Latinos for Trump”, aunque es muy fácil equivocarse cuando se hacen observaciones rápidas y superficiales. Es paradójico, sí, sobre todo cuando se piensa que la ideología social de Trump y sus seguidores es excluyente por color y estatus social y los latinos no tienen posibilidad de convivencia en esa sociedad. La doctrina supremacista, llamada MAGA –Make America Great Again–, es claramente racista y elitista. Sin embargo, Estados Unidos, llamado “America”, sin tilde, es su mundo, donde tienen su vida, sus aspiraciones y proyectos de su futuro. Ahí se ha reinventado. Los intereses cambian, en la medida que son absorbidos por otra cultura. Y eso es un proceso natural.

Ahora, analicemos el concepto de la doctrina trumpiana. MAGA, siglas de “Make America Great Again”. Hacer grande a América otra vez. America (sin tilde), entendido como la nación: los Estados Unidos de América y no como el continente. Desde su independencia de Inglaterra y su fundación, la esencia de Estados Unidos ha sido la aspiración imperialista. En ese sentido es que queda claro que, para ellos, no hay diferencia entre el país y el continente, sobre todo por su famosa política Monroe, “América para los americanos”, que se resume en el pensamiento de Thomas Jefferson: “América tiene un hemisferio para sí misma”, donde amalgama ambos conceptos. Con este credo, se han arrogado el derecho de invadir países, derrocar gobiernos, robar sus riquezas, etc. Creen que tienen la misión de imponer su sistema político. Entonces, la doctrina Monroe entiende América (con tilde) el continente, para los “americanos”, el gentilicio que ellos se han adjudicado, en especial para los anglosajones.

De esta manera, cuando Trump dice que America (sin tilde) será grande de nuevo, se refiere a que pretende revivir a Estados Unidos en su grandeza. Pero desglosemos un poco ese concepto. Estados Unidos ha sido fundada por inmigrantes; en su seno, han nacido grandes luchas sociales. Pero tampoco perdamos de vista que los blancos anglosajones son mayoría, porque exterminaron a los pueblos originarios. Por su lado, la población extraída de África, en calidad de esclavos, a lo largo de su existencia logró reivindicar su derecho pleno en lo político y en lo social, a través de grandes batallas sociales. El tercer elemento, la inmigración latinoamericana, a partir de la Segunda Guerra Mundial ha convertido esa población en la segunda minoría en importancia y en franco crecimiento. La America de Trump, sin tilde, definitivamente no incluye a las minorías. Es claro que se refiere a los blancos anglosajones, rodeados de esclavos. Y que el hemisferio no sea más que su patio trasero –lo que siempre han dicho–, de donde extraer la riqueza para su grandeza.

Esa aspiración no solo es de Trump. Ha sido la política de dominio mundial de Estados Unidos, desde su fundación. Junto con la doctrina Monroe, encontramos otra, tan peligrosa como aquella, la del “destino manifiesto”, esbozada desde los primeros colonos, una religión laica, cubierta por un pseudo cristianismo, similar a la doctrina sionista de la tierra prometida y toda esa parafernalia.

Pero Trump ha incluido un elemento que redondea esas doctrinas políticas, la Monroe y la del “destino manifiesto. Ha revivido la histeria de la guerra fría, con la verborrea confrontativa de la época de McCArthy. Hemos vuelto a escuchar los calenturientos argumentos anticomunistas de épocas que pensábamos habían sido enterradas por la historia.

Pero, a medida que avanzaba el periodo de campaña electoral –una campaña que duró cuatro años–, con mítines multitudinarios, donde Donald Trump acicateaba los más elementales sentimientos chauvinistas y de odio, las cosas se pintaron más tenebrosas. Ya no solo fue la parafernalia de la guerra fría, sino que entraron en juego las teorías conspiranoicas. Y la población más pobre de instrucción, que tiende a la emoción antes que a la razón, se lo creyó. La campaña de Trump movió el miedo de la gente. De pronto, encontramos cientos de “influencers” que, en YouTube, promovían la reelección a través de ridículas historias conspiranoicas. Incluso algunas “youtubers” que antes se dedicaban a promover maquillaje, como “Bellísima”, se volcaron a la campaña con cuentos como el de el “estado profundo”, “Deep State”, como le llama Trump, la vida secreta de los demócratas, el 666 llamado Soros, la invasión de los arcontes y los reptilianos y un largo etcétera, incluyendo la leyenda de John Kennedy, viviendo en la sombra. ¡Y la gente se lo tragó!

Trump, a través del miedo, desbalanceó totalmente el eje político. La derecha es él, y todo lo demás es la ultraizquierda, incluido el partido demócrata. Y se echó a la bolsa a muchos inmigrantes latinoamericanos, buscando tal vez, una protección migratoria que nunca tendrán de él. Se han visto declaraciones de gente, a todas luces con poca escolaridad, que gritan ante las cámaras: “Vengo de Nicaragua y no quiero que el socialismo llegue a America”. Sin tilde.

La gente está dispuesta a pasar por alto los desmanes trumpianos, los niños enjaulados en la frontera, los recortes a los beneficios sociales, la promesa firme de eliminar el seguro médico de Obama, el desastroso manejo de la pandemia, los fracasos en la política internacional y otro largo etcétera, no olvidando las eliminaciones de beneficios y alivios migratorios, las deportaciones masivas y las represiones brutales a las minorías y a las manifestaciones de protesta. Todo eso, con tal de que no llegue “el socialismo” de los demócratas. Cualquiera con un poco de conocimiento de la historia, se reiría de eso, de no ser tan patético y peligroso.

Y no es poca cosa. Trump ha logrado calar en las mentes menos claras, una doctrina ahistórica que reúne en torno a él, las multitudes que le aclaman, al mejor estilo de los fascismos del siglo XX. Son tres los puntales ideológicos de este credo sectario: El anticomunismo, que siempre ha levantado grandes pasiones. Quién podría imaginarse que, después de más de treinta años que desapareció el bloque socialista, el fosilizado “fantasma del comunismo” vuelve a recorrer la nación más poderosa del mundo.

Con la doctrina Trump, el fascismo está vivito y coleando. Su MAGA está basada en un nacionalismo trasnochado, con tradiciones desenterradas de los escombros del bando perdedor de la Guerra Civil de 1861, llamada Guerra de Secesión. Sus aliados son el ku kux klan, los supremacistas blancos y racistas; ha fomentado la brutalidad policial, desde el primer día de su mandato, cuando indultó al Sheriff Joe Arpaio, que había sido condenado por brutalidad contra las minorías. Alimenta el odio contra los inmigrantes, a quienes les ha hecho pasar crueldades que nunca nadie se pudo imaginar en un mundo civilizado. Ensalza su imagen hasta niveles de culto, exige fidelidad a su persona, no a las leyes ni a la Constitución; se ha rodeado de las iglesias y sectas “cristianas” fundamentalistas; ataca todo lo que sea razón y pensamiento científico; mueve a la multitud que lo sigue con cibermensajes cortos y contundentes, consignas directas a la acción.

Según los teóricos sociales, como Wilhelm Reich y Umberto Eco, la campaña de Trump se enmarca perfectamente en el perfil del fascismo: Les proporciona a las masas un líder de imagen fuerte, dos o tres lemas para corear, territorio para pertenecer, enemigos para odiar y basta. Aún no llega a ofrecer una meta o un futuro. Las promesas de empleos y economía boyante se fueron por el caño con la pandemia, pero es lo de menos. En las mentalidades elementales, es más importante lo que no quiero, que lo que quiero.

Este es un momento de resquebrajamiento moral, social y político de Estados Unidos. La división es tan profunda, que ni siquiera han podido ponerse de acuerdo para usar mascarilla en la pandemia. –Los reacios a usar la mascarilla corean a Trump, mientras enarbolan la Biblia–. Podría decirse que estas elecciones son un referéndum sobre el fascismo de ultraderecha que ha fomentado Trump y el estado de derecho e instituciones democráticas que, mal que bien, han funcionado en la nación. La brutalidad policiaca continúa desatada, la indignación popular ha tomado las calles y derribado los símbolos supremacistas; el gobierno está descabezado, el presidente se fue a jugar golf y el vicepresidente, a vacaciones a Miami. Las batallas legales por anular la elección prometen ser muy largas, mientras el mundo observa a un poder hegemónico que ya no tiene la fuerza de antes, mientras la pandemia alcanza números pavorosos.

Pero paradójicamente, Trump sigue manifestándose como el hombre fuerte. Aunque perdiera la elección, ya ganó el poder, en una de sus manifestaciones más tóxicas: Ha permeado la conciencia de los más débiles, los más manipulables, los que son más proclives a la violencia fascista, los que, en la época de la Segunda Guerra Mundial, fueron las camisas pardas de Hitler y las camisas negras de Mussolini. Tendremos trumpismo para rato y es muy peligroso.

Como dice el articulista Patrick Gathara, que cité al principio, “Estados Unidos estaba incubando a su propio dictador en casa”.

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