jueves, 12 de mayo del 2022
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La casa beige

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"La importancia de llamarse Ernesto", el "Diablo con vestido azul" y "Sonia" son los temas de discute el columnista de ContraPunto, Gabriel Otero, en su texto titulado "La casa beige".

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Por Gabriel Otero


La importancia de llamarse Ernesto

La casa ocupaba una franja en línea recta desde la antigua salida de Pollos Ideal hasta el Pasaje San Ernesto sobre la 25 Avenida Norte, su estilo era extraño, un híbrido entre neocolonial y moderno, estaba construida en forma de herradura y contaba con cuatro recámaras, una amplia estancia para sala y comedor y un garaje adonde mi madre Lucy instaló su negocio de pasteles.

En la parte central había un patio ahí Scarlet y Capitán se correteaban, en la familia los gatos siempre han vivido en el exilio como animales de compañía, pero hemos tenido canarios, pericos, iguanas, tortugas, peces, conejos y hasta un venado. Con los canes se han cimentado amistades tutelares.

La fachada de la casa era color beige y en el exterior había un jardín montado sobre un muro cuyo remate era una reja garigoleada. A la mitad estaba la entrada y tres escalones de cemento que desembocaban en la puerta.

En ese jardín la niñera me sacaba a asolear y a escuchar radio sobre un coche metálico mientras me alimentaba de papillas, tendría yo dos o tres años y empezaba a devorar la vida con las sensaciones.

En la calle las observé, entre cientos de estudiantes, en una manifestación silenciosa, en protesta por la perenne historia de la antidemocracia en el país, sostenían una pancarta, eran mis hermanas Diana y Julieta que me saludaban desde lejos.

Estaban jóvenes y desde que tengo memoria siempre fueron revoltosas y combativas, a alguna de ellas se le ocurrió sugerirle a mi madre mi segundo nombre, el de Ernesto, no tanto por Oscar Wilde y su famosa obra, sino por el Che Guevara.

No obstante, la musicalidad de mis dos nombres, cuya mezcla suena a galán de telenovela sesentera, al segundo lo detesto, aunque sea importante llamarse así, como la comedia del célebre escritor dublinés o como el matador de canallas con su cañón de futuro (1).

Hay Ernestos que sobran con todo y ornamentos, el mío es uno de ellos.


(1) Canción del Elegido de Silvio Rodríguez

DIABLO CON VESTIDO AZUL

El mejor regalo que me pudieron dar fue un tocadiscos rojo portátil, me lo trajeron de un viaje lejano. Mi padre ciertamente se había fastidiado de comprar agujas de diamante. Ya era suficiente, yo se las quitaba al tornamesa Fisher profesional y nunca logré entender cómo podían transmitirse sonidos con algo tan minúsculo.

El tocadiscos rojo parecía de juguete, pero sonaba tan potente como el primer disco de 45 RPM que me obsequiaron “Diablo con vestido azul” de los Yaki, y “el pi pi pa pa po po po miren a la puerta ya llegó” Taladraba tímpanos desde las cinco de la mañana. A los tres días ya no me soportaban.

De tanto sustraer las agujas del tornamesa Fisher creía haberme convertido en experto y estaba seguro de que podía hacer lo mismo con mi tocadiscos rojo y colocarla de nuevo. Fue en vano.

Como castigo se tardaron una eternidad en mandarlo a componer y en regresarlo a mis manos. La sensación de desasosiego fue mi verdadero correctivo, la tortura de la travesura cometida que tuvo consecuencias reales.

Con el tiempo llegué a coleccionar cientos de viniles y tuve otros tocadiscos, pero sin duda esa fue mi primera lección de vida.

A los dos meses del suceso cumplí cuatro años.

SONIA

Cuando la vi cerré los ojos. Encendió la luz para verificar que estaba bien. Me hice el dormido. Tenía la cara redonda como la luna y era muy bella.

Corrió el mosquitero que estaba sobre mi cuna y me tocó la frente, yo ardía en fiebre, su mano fue el bálsamo para sosegar mis delirios.

Abrí los ojos, se había ido, yo no sé si fue real o solo una alucinación angelical de las que he tenido centenares, la llamé Sonia.

Aún la recuerdo.

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Gabriel Otero
Escritor, editor y gestor cultural salvadoreño-mexicano, columnista y analista de ContraPunto, con amplia experiencia en administración cultural.

El contenido de este artículo no refleja necesariamente la postura de ContraPunto. Es la opinión exclusiva de su autor.

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