Por Gabriel Impaglione
Es tarde para preguntarse cómo hemos llegado hasta aquí. Si alguien se horroriza por el coro guerrerista en plena función y lanza su “basta” indignado y doliente, sepa lo inútil e inoportuno de su lamento y la gran carga de hipocresía e indiferencia que ha acumulado durante los últimos años.
Gota a gota, sobre todo Occidente, ha bebido placebos que lo convirtieron en inmortal – eficaz- correcto- sabio y puro, la implacable hipnosis mediática aseguró la pertenencia al bando justo de la historia y la pertinencia del discurso prepotente.
Este tiempo de la humanidad, dedicado casi exclusivamente a la economía, ha creado monstruos.
Y los monstruos ocuparon las cátedras, atizados por la ausencia de masa crítica.
Es apenas el inicio de un proceso que dificilmente conducirá al esplendor de la civilización humana.
Disuelta la empatía, la barbarie ocupa el vacío y de la barbarie solo se obtiene más barbarie.
Los personajes públicos que llaman a la guerra, a la reedición del apocalipsis de los años 40 del siglo pasado, son hijos predilectos de la bestialidad. Huelen a masacre. Transpiran servilismo e hipocresía. No son otra cosa que títeres hechos de residuos de ignorancia amasada en babas corporativas.
Pobre cosa que repta sin voluntad propia.
La especie los recordará por todos sus muertos, por los pueblos destruidos, por el planeta en llamas.
Sus casitas de la playa las pagan los huérfanos de Ucrania y Rusia.
Con poco es muy simple darse cuenta de cómo están las cosas, realmente, en el mundo. Y qué grado de perversión se invierte en la manipulación cotidiana desde los ámbitos de la politiquería y el perio-odiarismo.
Mark Rutte, el servidor de la OTAN, declaró: “Debemos estar preparados para la magnitud de guerra que soportaron nuestros abuelos y bisabuelos”.
Lo dijo sonriente, orgulloso, pleno de coraje. Mark no saltará a la trinchera, por supuesto. Los hijos de sus amigos y sostenedores implacables, sus lamebotas y aplaudidores, sí. Por supuesto. Él solo hace su trabajo y también hace caja. Es un buen muchacho (dicen los empresarios del polo militar industrial).
Como este impresentable hay otros. Macroleones que sueñan vengar las cruzadas occidentales en los Urales, usurpadores de pata de palo que han vivido de lo ajeno y del esclavismo, megalómanos de cruces gamadas, idiotas útiles que repiten la palabra libertad mientras baten sus cadenas por los pasillos de las casas de gobierno.
No existirían si los pueblos no se hubieran rociado con gaseosas de la felicidad. Pocos se salvan de estas fumigaciones.
El plan avanza. Cada día alguien lanza amenazas, flotas, misiles discursivos en los medios. Para un mundo dislocado en escenarios de guerra, una buena guerra decisiva puede servir de antídoto – repiten los especialistas-, un directo al mentón apacigua a cualquiera. La platea aplaude. Hurras y vivas. Papel picado. Los pobres acomplejados por el exitismo reinante se sienten de pronto machos alfa. Somos fuertes. Somos dueños del derecho y de la historia. Dios es nuestro. También la verdad.
Y si el gancho al mentón hace el camino contrariio? Llega del otro lado? Apacigua también? Parece que no. De esto no se habla.
Y si caen otras víctimas en medio de esos fragores? De esto no se habla, es perjudicial para la población, urticante para la sensbilidad social. Cuidado, puede haber niños delante de la TV.
La barbarie solo conduce a más barbarie.



