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martes, 26 de octubre del 2021

Historias prohibidas de Roque Dalton

Roque Dalton siempre fue conocido por su carácter juguetón y burlesco. La sátira de su poesí­a tiene base en su propia vida. Estas son algunas historias de sus amigos y familiares.

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La vida y la obra de Roque Dalton están í­ntimamente relacionadas, llenas de historias. Historias cargadas de un intenso humor y de un tremendo desenfado. Es un caro sueño, un anhelo codiciado por muchos, trabajar en la recopilación de datos, de pasajes para ordenar la biografí­a de un hombre que constituye una sólida base de referencia acerca de la identidad de los salvadoreños en el presente siglo.

Los familiares y amigos de Roque estamos comprometidos en recopilar los datos dispersos; deseamos también incentivar a otras muchas personas que conocieron a Roque para que hagan públicos sus recuerdos, alegres unos, tristes otros, para ir dándole a lo que en un futuro será, seguramente, una obra biográfica más acabada de la personalidad de nuestro poeta. Y estos son retazos de ese collage…

Las locuras juveniles

“Era un dí­a antes del Dí­a de la Madre. Estábamos estudiando en el Externado, si mal no recuerdo, creo que era un sábado. Nos aburrimos de estudiar y me dice Roque: “Mirá vamos a echarnos una cerveza a La Praviana”. Nosotros no tomábamos mucho, pero bueno, nos fuimos a La Praviana… Comenzamos a tomar y tomar y nos fuimos poniendo medio bolos.

Entonces me dijo Roque: “Mirá, mañana es el Dí­a de las Madres y yo tengo un chero en la YSR” — que quedaba por la Avenida Independencia y era una estación pequeñita y daba espacios para el público–. “Vamos a recitar unos poemas, mi chero nos deja”, insistí­a el Roque.

Yo me sabí­a algunos poemas y Roque, por supuesto, también. Ya bolos, me convenció. Le habló al chero de la radio, que era el mismo dueño de la emisora. Al regresar a la mesa me dijo todo estaba arreglado y que nos fuéramos dentro de una media hora. Tení­amos el espacio reservado… Nosotros seguimos tomando y se nos olvidó la media hora, pero de todos modos nos fuimos…

Cuando llegamos, el jefe de la radio ya le habí­a dado el espacio a un trí­o de ciegos.

“Llegaron tarde, pero si quieren, se esperan”, nos dijo aquel hombre que no me acuerdo cómo se llamaba. Nosotros aceptamos, pero con la espera se nos fueron bajando los tragos y a mí­ ya me faltó el valor y le  digo al Roque:   –Púchica Roque, fijate que yo ya no voy a poder recitar. –No hombre, no te preocupés. ““

“Es que se me van a olvidar las poesí­as”. –No te preocupés, yo te las solpo. –Vaya, pues…

Entonces  el Roque le habló por teléfono al cura del Externado que nos daba clases de literatura, el Padre Landareche, y le dice que í­bamos a estar recitando en la radio.

Ya cuando llegó la hora de recitar, como a  mí­ me tocaba primero, recité una poesí­a de Amado Nervo, El Beso, y comienzo… El beso, ¿qué es el beso?… y a medio camino se me olvida… y el Roque me sopló lo que vení­a; yo sigo, pero se me vuelve a  olvidar y el baboso soplándeme suavecisto para que no se oyera en la radio, y al fin terminé…, sudando la gota gorda.

A Roque le tocó después y recitó como tres poesí­as. Al terminar yo decí­a: Vaya, gracias a Dios que al fin salimos de esto.

El  lunes siguiente cuando llegamos al Colegio, el Padre Landareche dijo: “Roque, muy bien con los poemas que se recitó y tú Currlin, las pausas que hací­as eran demasiado largas, cuando sabe que la poesí­a es fluida, la poesí­a es fluida…”

Las fiestas colegiales

“Nosotros  hací­amos reuniones y grandes fiestas en una casa de la familia de Roberto Matheis Regalado en el Lago Coatepeque. Las fiestas eran terribles. Nos embolábamos y hací­amos cosas casi sádicas, como amarrar a  la gente y apagarles cigarros en el cuerpo a los que se les pasaba el trago.

Recuerdo que a uno, de tanto que habí­a tomado, se fondió. Lo desnudaron, le dieron vuelta, boca abajo y la echaron clara de huevo en las nalgas… Cuando se despertó al dí­a siguiente, gritaba: “No, hijieputas, ahora si que los mato, los matos todos hijeputas…”

(Relatos  de William Currlin, compañero de Roque Dalton en el Externado “San José”, ambos se graduaron en la promoción de 1952, entre otros, junto a Roberto Matheis Regalado, Luis Domí­nguez Parada).

Vivencias de Praga

“Dicen  que una vez en Praga hubo una reunión de los partidos comunistas y a cada representante radicado en aquella ciudad europea, donde vivimos tres años, le tocaba ir a recibir a su delegación que viajaba para tal el evento. Muchos salí­an de sus paí­ses, como los salvadoreños, en la más  absoluta clandestinidad.

Durante varios dí­as mi padre fue, pese al crudo invierno, con otros de sus compañeros latinoamericanos a recibir a los invitados al aeropuerto. La mayorí­a llegó a tiempo y con la formalidad debida. El invitado de El Salvador no llegaba y mi padre se impacientaba y se impacientaba pero no se vencí­a.

“No te preocupés Roque, no sabemos que le habrá pasado al compañero de tu partido, quizás tuvo dificultades, pero vos podés integrarte a cualquiera de las delegaciones centroamericanas…”, le decí­a un anfitrión para consolarlo.

“No hombre, tiene que venir…”, decí­a con convicción de que el salvadoreño llegarí­a.

Unas  horas antes de que se inaugurara el evento aterrizó el que se suponí­a que era el último avión que iban a esperar. Los pasajeros fueron saliendo poco a poco y el último en salir fue un hombrecito con una toalla amarrada al cuello y sus manos frotándose el cuerpo…

“¡Ese es, ese baboso es el salvadoreño!”, gritaba mi padre con gran júbilo. Y efectivamente, era el salvadoreño…”

(Relato de Jorge Dalton, hijo menor de Roque)

El gran viajado

“En  La Habana habí­a una recepción. Se conmemoraba una fecha latinoamericana  o se inauguraba un evento cultural de gran envergadura.

Un funcionario cubano presentó a Roque Dalton con Gustavo Porras (ex guerrillero guatemalteco).

“Roque, te quiero presentar a “Jorge”, él es guatemalteco y te conoce por tu obra”, le dijo el cubano.

“Si,  compañero, he leí­do tus poesí­as… Además he estado en su paí­s, El Salvador”, le dijo Porras, quien entonces por el clandestinaje usaba el seudónimo de “Jorge”.

“Ah!, de veras conocés El Salvador?, entonces sos un gran viajado, muchá…”, le respondió Roque. Y todos alrededor dispararon grandes carcajadas.

(A “Jorge”, Roque Dalton dedicó su poemario Taberna y Otros Lugares, Premio Casa de las Américas, 1969).

La dedicatoria dice así­:

Querido  Jorge: Yo llegué a la revolución por la ví­a de la poesí­a. Tú podrás llegar (si lo deseas, si sientes que lo necesitas) a la poesí­a por la ví­a de la revolución. Tienes por tanto una ventaja. Pero recuerda, si es  que alguna vez hubiera un motivo especial para que te alegre mi compañí­a en la lucha, que en algo hay que agradecérselo también a la poesí­a.

Hermanos de leche

“Una  vez en un acto en memoria a Roque Dalton, en México, el poeta Eraclio Zepeda, quien fue amigo de Dalton, narró la siguiente pasada:

Les  voy a contar cómo era Roque. Un dí­a í­bamos caminado por La Habana y él se encontró a un amigo cubano y le dice: Te presento a mi hermano mexicano Eraclio Zepeda.

Ah? – dijo el amigo- son compañeros.

No, somos hermanos de leche, dijo Roque.

Chico, tú dirás hermanos de parte de madre, dijo el cubano.

No, el problema es que hemos mamado de la misma teta…”

(Relato que me contó Roberto Quezada, quién asistió al homenaje en México, a principios de 1980).

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Juan José Dalton
Director General y Fundador de Grupo Dalton: Diario Digital ContraPunto, Periódico AudioVisual ContraPuntoTV y Archivo Digital Roque Dalton
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