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miércoles, 08 de diciembre del 2021

Hacerse mayor con música

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Por Roberto Herrera

Sí para Friedrich Nietzsche, el filósofo nihilista alemán,  la vida sin música es un error, para Arthur Schopenhauer, también filósofo  y coterráneo  del autor de  Así habló Zaratustra,  la música es  el verdadero lenguaje universal  y la expresión excelsa de las bellas artes.  Mientras que para Ludwig van Beethoven,  otro alemán para variar, la música es la revelación más alta que la sabiduría y la filosofía.

Por mi parte, entiendo la música como el alimento diario de la psiquis. Pienso que vivir sin música es como degustar viandas insípidas o bien,  beber atol chilate (bebida muy popular en El Salvador hecha de harina de maíz  sin azúcar y desabrido)  sin los típicos acompañantes dulces, como los nuégados (buñuelos) de huevo, plátanos fritos,  torrejas en almíbar y otros platos dulces. Mi dieta musical diaria es muy variada desde Tomaso Albinoni, pasando por Sebastian Bach o Benny Moré hasta llegar a Joaquín Sabina o Wilson Pickett.

La percepción de los sonidos es una cualidad somato sensorial filogenética en el ser humano y por lo tanto, la  captación y apreciación de la  música  es natural en él, puesto que la música no es más que el arte de combinar diferentes sonidos en una secuencia temporal  determinada de acuerdo a las leyes de la armonía, la melodía y el ritmo, utilizando para ello  instrumentos musicales e incluso la propia voz. Tanto así, que  Schopenhauer la considera como el arte más abstracto de todos, pero no por esto difícil de comprenderlo y entenderlo.  Por el contrario, para la música no hay fronteras  de ninguna clase.  Tal es así, que en mi familia tres generaciones  cantamos  a todo gaznate el Yelow Submarine  de los Beatles, cada vez que se nos brinda la ocasión.

En el universo de la música confluyen la razón, los sentimientos, las emociones y el estado de ánimo del  creador y del oyente. Es decir, que la música estimula los dos sistemas cerebrales, el límbico y el cortical,  de manera más intensa y profunda  que la literatura, la pintura, la escultura, la arquitectura, el teatro  y la cinematografía. Esto debido a que los efectos de  la música, por razones neurofisiológicas,  se anidan finalmente en las amígdalas cerebrales, precisamente ahí, en el lugar en el cual  los seres humanos tenemos la  memoria emocional y sentimental.  Por esta razón, nunca olvidamos aquellas canciones que tuvieron un contenido emocional   particular, y lo que es más emocionante, es que nos  hacen viajar sentimentalmente al pasado.  

Estoy convencido que todo ser humano vive constantemente esta experiencia neuronal. En mi caso particular, hay infinidad de canciones que me recuerdan lugares, situaciones y sobre todo, seres queridos y amados.

Escuchar a Mama, look at boo-boo, interpretada por Harry Belafonte en el Carnegie Hall, me traslada mágicamente a los años sesenta del siglo pasado. Entonces me contemplo largo y  tendido  en  el sillón de la sala de la casa de Napoleón,  amigo y compañero de colegio de secundaria,  hermano de la vida, mientras mamá Carmen prepara en la cocina un sabroso bistec encebollado para  el almuerzo.

With a Little Help from my Friends, en la versión de Joe Cocker en el Festival de Woodstock 1969, me trae el recuerdo de Antonio, otro  amigo  y hermano de la vida, compartiendo y gozando conmigo el documental homónimo en la sala del cine Cinelandia en las cercanías de parque Centenario, en cuya cancha de básquetbol mi amigo acostumbraba practicar con maestría ese deporte.

La orquesta Billos Caracas Boys tiene el sonido de los bailes en la colonia Atlacatl cuando todavía era un mocoso buscando novia. José Jiménez, alias Joselito, El Ruiseñor de España, perfuma los días en que mi hermana mayor cantaba a capela lavando su ropa en nuestra casa en La Rábida, y las rancheras de José Alfredo Jiménez sonaban  mejor cuando las cantaba  Mauricio Sandoval Centeno (R.I.P). En fin, son muchas las canciones que me recuerdan cosas especiales, muchas personas  y muchas situaciones, que bien podría seguir llenando cuartillas. Sin embargo, hay una canción en la que yo soy el único viajero en ese magical mystery tour: American Pie de Don Maclean

Hay música para todos los gustos y situaciones en la vida, por eso pienso yo, que hacerse  mayor con música y bien acompañado, es  envejecer de a poquito, con gracia, salero y con mucho arte.

!I’ve  got a feeling, a feeling deep inside….oh yeah….!

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Roberto Herrera
Columnista y analista de ContraPunto. Salvadoreño residente en Alemania. Ingeniero graduado en electrotecnia, terapeuta ocupacional independiente con especialidad en pediatría y neurología. Narrador y ensayista.
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