Por Alonso Rosales
La tensión en Medio Oriente se ha intensificado luego de un ataque atribuido a Israel contra el yacimiento de gas de South Pars, considerado el más grande del mundo y compartido con Catar. La ofensiva ha generado una ola de indignación entre varios gobiernos árabes, que ven con preocupación el riesgo de una escalada regional con consecuencias económicas y energéticas graves.
El campo de South Pars, ubicado en territorio de Irán, sufrió daños tras bombardeos que obligaron a suspender operaciones en algunas secciones para contener incendios y evitar su propagación. Aunque las autoridades iraníes aseguraron posteriormente que la situación estaba bajo control, el impacto del ataque ha sido significativo.
Como respuesta, Irán lanzó misiles contra instalaciones energéticas en la región. Entre los objetivos se encuentra la ciudad industrial de Ras Laffan, uno de los centros más importantes de gas natural licuado en Catar, donde se reportaron incendios y daños considerables, aunque sin víctimas humanas. Asimismo, se registraron ataques en Riad, lo que elevó aún más la preocupación en Arabia Saudita.
El Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica advirtió que infraestructuras energéticas en países del Golfo, incluyendo Emiratos Árabes Unidos, podrían convertirse en “objetivos legítimos”, lo que ha llevado a operadores energéticos a evacuar instalaciones de forma preventiva.
Fuentes diplomáticas señalan que gobiernos árabes han expresado frustración con Donald Trump por no lograr frenar la escalada, pese a los esfuerzos previos por contener ataques contra instalaciones energéticas iraníes.
El conflicto ha tenido repercusiones inmediatas en el mercado global. El cierre de facto del estrecho de Ormuz, clave para el tránsito de petróleo, ha reducido significativamente la oferta mundial de crudo y disparado los precios internacionales, generando temores de una crisis energética prolongada.
Analistas advierten que la dinámica de represalias podría derivar en una cadena de ataques “ojo por ojo” contra instalaciones de petróleo y gas en toda la región, poniendo en riesgo no solo la estabilidad de Medio Oriente, sino también la economía global.
La situación continúa en desarrollo, mientras la comunidad internacional observa con creciente preocupación la posibilidad de una escalada mayor en una de las regiones más estratégicas para el suministro energético mundial.


