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sábado, 31 de julio del 2021

Falseando la realidad

Vivíamos en la mejor de las concordias políticas, no existía la violencia verbal ni la violencia física en el intercambio de pareceres en el seno de la opinión pública ni en el trato entre los partidos políticos, hasta que aparecieron Nayib Bukele y sus fanáticos seguidores. Antes, en ese pasado mítico y fraterno que tanto gusta a quienes denuncian las desgracias del presente, Caín era una figura desterrada de nuestra cultura ciudadana. Hasta que apareció Bukele el maligno, claro.
Da igual que uno diga: señores, ese pasado político tranquilo que ustedes venden es falso. Da igual. Las emociones enconadas son hechos sociales objetivos capaces de arrebatarle su peso a las piedras, a las evidencias, capaces de hacerlas desaparecer.
En el año 2006, Mario Belloso (simpatizante del FMLN) asesinó a dos policías. Aunque admitamos que Belloso era un radical descerebrado que actuaba por su propia cuenta, no dejaba de ser una figura extrema de la vieja polarización política asentada en nuestro país. Polarización que, por cierto, fue señalada por un informe de la ONU del año 2004.
Pero no pasemos de la idealización interesada del pasado a decir que en el 2006 nuestra convivencia política era un infierno, porque no era así. Aunque figuras radicales como Belloso fuesen amparadas por el FMLN en aquel entonces, la violencia que predominaba en nuestro escenario político, aunque fuese asfixiante, era retórica.
Traslademos al presente este matiz que hago respecto al pasado. Me gustaría preguntarles, en un mal momento, si creen que la violencia partidista y letal arroja en nuestro país unas estadísticas que permitan afirmar que posee un carácter dominante. Se los digo, y sé que va a molestarles, porque los dos militantes del FMLN asesinados son una excepción y no tanto un hecho que permita sostener que en este momento nos domina el aspecto más letal y terrible de la violencia partidista. Lo que sí cabe afirmar, ante este trágico hecho excepcional, es que nos asfixia la violencia retórica. Exagera y miente quien afirma que vivimos ya en el infierno de una violencia política descontrolada, porque no es así.
FACTUM, en un titular interesado y a la vez polarizado, acusó a Bukele de utilizar electoralmente la tragedia y tenía razón, pero FACTUM se limitaba a contar media verdad (lo que es una forma sutil de mentir). La otra mitad, la que el periódico digital silenciaba, es que el Frente también empezó a utilizar la tragedia para sacarle beneficio electoral desde el primer momento.
Y el uso electoral de la tragedia por parte del Frente consiste, por un lado, en presentar como único culpable de la polarización a Bukele y, por otro, servirse de un caso aislado de violencia letal para vendernos la imagen, la representación, de que en El Salvador se vive un infierno de violencia política. Esta última imagen, en mi opinión, es un falseamiento propagandístico de la realidad que difunde feliz una oposición tan polarizada y subjetiva como ese personaje al cual odia: Nayib Bukele.

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