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martes, 19 de octubre del 2021

Extrañando a nuestro padre Dalton

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Por Álvaro Rivera Larios

Ahora extraño la ironía del poeta,

esa forma suya de colocar la burla

en plena llaga. Y no por nostalgia,

sino porque hace falta en estas horas

tan grandes, pero tan enanas

en que nuestra vida ya levantó

un nuevo circo donde siguen

dominando serios los payasos.

Seguimos acumulando materiales

desde hace cuarenta años

para una segunda parte

de Las historias prohibidas del pulgarcito,

pero ¿Quién podría reducir

a sus debidas proporciones tantos hechos,

si su gravedad sepulta nuestra risa?

La burla en la diana, la risa bien dicha,

nos liberan de ese mármol

que impide ver el tamaño

de ciertas gestas y ciertos gestos.

Para ver, quizás, hace falta la carcajada

¿Acaso no es el carnaval

una subversión de las jerarquías del mundo?

Si me preguntan de qué manera concibo

la ironía del Roque, les diré que la veo

como una llama excepcional

que no dejó descendencia entre nosotros.

¿Qué hacía un poeta así, en un país

donde los versos suelen caminar

de una manera tan solemne?

Reírse de manera brillante

en el templo de la lírica, tiene su mérito.

Reírse de manera brillante

ahí donde los mármoles

someten nuestra mirada, tiene su mérito.

Arma era la poesía, asombro

era la poesía, pero también

una gran necesidad de despertar

con la sonrisa mezclada con el alba.

Hablaba del renacimiento del corazón,

como quien busca fundar otra ciudad.

Su herencia tenía que habernos prevenido

contra las viejas y las nuevas estafas,

pero lamentablemente no es así.

De su palabra nunca hicimos un espíritu,

ni la convertimos en uña de nuestra mente.

A los hacelo todo, a los véndelo todo

nos continúan estafando los astutos

vendedores de quimeras que saben

cómo robarnos la cartera del corazón.

Así es cómo nos atrapan unos charlatanes

y otros charlatanes vienen a liberarnos.

Nuestra épica historia es una sucesión de estafas.

Los tristes más tristes del mundo

seguimos siendo también los más bobos.

¿No fue él quien dijo que la estupidez

entre nosotros tenía el tamaño de una gran raíz?

No quiero pensar que sus libros fueron inútiles.

No quiero pensar que sus actos son semillas sin tierra.

No quiero pensar que lo celebramos para olvidarlo.

No quiero pensar que su sangre jamás tuvo bosque.

No quiero pensar que ni su voz puede salvarnos.

Quisiera reírme a su manera entre palabras ácidas.

Querría que tal acidez fuese patrimonio común,

pero quizá sea cierto que nunca fue nuestro padre.

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Álvaro Rivera Larios
Escritor, crítico literario y académico salvadoreño residente en Madrid. Columnista y analista de ContraPunto
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