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jueves, 23 de septiembre del 2021

Exclusión y lucha

¿Será su mejor poema? Habrá quienes digan que sí, habrá quienes que no… Por eso, aseguran, en gustos se rompen géneros. Pero sí se pueden plantear, sin temor al error, dos aseveraciones. Una: que si no es el más conocido y famoso, es uno de estos; otra: que cuando lo estaba escribiendo, consciente o inconscientemente ‒seguramente lo primero‒ Roque moldeaba una fenomenal denuncia de la exclusión histórica prevaleciente en el país. “Los que ampliaron el canal de Panamá” y “los que repararon la flota del Pacífico en las bases de California”, se tuvieron que ir por esa situación; los que salieron solo a “podrirse en las cárceles de Guatemala, México, Honduras, Nicaragua por ladrones, por contrabandistas, por estafadores” quizás no tuvieron de otra.

Se fueron “hambrientos” a sembrar “maíz en plena selva extrajera”, siendo “los mejores artesanos del mundo” y sabiendo que podían “ser cosidos a balazos al cruzar la frontera” o morir “de paludismo, o de las picadas del escorpión o la barba amarilla en el infierno de las bananeras”. Se fueron a llorar “borrachos por el himno nacional bajo el ciclón del Pacifico o la nieve del norte”; a estar  “arrimados”, a volverse “marihuaneros”… ¡Ay, “guanacos hijos de la gran puta”! Esos que “apenitas pudieron regresar”, cuando “tuvieron un poco más de suerte”. Se fueron a ser los “eternos indocumentados, los hacelotodo, los vendelotodo, los comelotodo”; a ser “los primeros en sacar el cuchillo, los tristes más tristes del mundo”.

Han pasado cinco décadas desde que el poeta escribió este primer poema de amor hoy parafraseado y, a estas alturas, quién sabe cuántos más habría escrito en el mismo tono: ese que genera el costo de la exclusión y el dolor de la desesperanza, cultivadas en el suelo patrio después de tantas y tan frustradas ilusiones producto de las prometidas transformaciones que traerían a las mayorías populares oportunidades, certezas y seguridades.

Ahora, probablemente, su privilegiada e inigualable pluma comprimiría en un par versos la historia de Camila Díaz Córdova, mujer transgénero que sintiéndose amenazada por la discriminación, la intolerancia y la violencia sufrida por la población LGBTI migraba de y regresaba al país hasta que la deportaron de Estados Unidos; un país ‒el mío, el tuyo, el nuestro‒ donde solo entre octubre del 2019 y abril del 2020 asesinaron, al menos, a otras siete mujeres trans y dos hombres gais.

A Camila la mataron el 31 de enero del 2019 tres policías, que condenaron el 28 de julio del 2020. Es la primera sentencia de culpabilidad por crímenes de odio, que siempre han abundado desde que en el 2015 se aprobó la reforma penal para incluirlos como homicidios agravados. Lo que no ha abundado son los juicios de sus responsables.

¿Incluiría Roque en un nuevo poema de amor la historia de una niña de diez años que, con su padre y madre invidentes, huyó del país para dejar atrás las extorsiones pandilleras y la segura muerte violenta por no pagarlas? Solo tenían veinte dólares que habían pedido prestados, cuentan los progenitores de esa criatura que los guió en Guatemala. Así atravesaron el país vecino durmiendo en la calle y sin tener para comer. Un solidario conductor de camión las acercó al sur de la frontera mexicana, que cruzaron para ingresar a un albergue adonde cobijan personas migrantes. Meses después les reconocieron su condición de refugiadas.

¿Cabrían en su lírica, además, los cientos de miles de víctimas de violaciones de sus derechos humanos que sobrevivieron y las también víctimas por ser familiares de las ejecutadas y desaparecidas forzadamente cuyas demandas de verdad, justicia, reparación integral y garantías de no repetición no han sido escuchadas durante una posguerra aún prevaleciente debido a que ‒durante los anteriores y este Gobierno‒ ni se han enfrentado ni mucho menos superado las causas estructurales que originaron la confrontación armada?

Entre la gente salvadoreña que sale del país, hay enormes diferencias. Las y los “hacelotodo”, “vendelotodo” y “comelotodo” emigraron y continúan emigrando a montones de su terruño, sin importar los terribles peligros que enfrentarán en el trayecto. La cosa es escapar de la muerte lenta y de la muerte violenta. Pero también están quienes viajan al extranjero a estudiar en costosas universidades, a vacacionar en lujosos sitios paradisíacos, a comprar en exclusivos y espectaculares centros comerciales e ‒incluso‒ a abortar. He ahí el reflejo de la abismal desigualdad salvadoreña, derivada de la exclusión económica y social que siempre se ha paseado campante entre las mayorías populares.

¿Serán estas las condenadas por siempre a sufrir y sufrir? ¡No! ¿Es posible transformar esa injusta realidad? Pues deberíamos imaginar que sí. Nuestra historia, esa que ahora un atrevido quiere trastocar o hasta borrar, nos lo enseña. En enero de 1833, Anastasio Aquino se insurreccionó contra el poder y logró hacerlo trastabillar; en enero de 1932, un levantamiento indígena campesino mal armado o solo armado de hambre y dolor, es ejemplo de lucha popular como también lo es la apoteósica manifestación del 22 de enero de 1980. Se puede, pues, volver a luchar organizadamente. Eso sí, sin permitir que lo conquistado se lo vuelvan a robar.

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