Por Julio Enrique Ávila (*)
A José Martí se le ha llamado Apóstol y aún Santo. Si consideramos su vida con el criterio católico, que concibe la santidad no sólo como pureza y desprendimiento sino que también como ascetismo y exención de toda culpa, no podríamos aplicarle tal calificativo; pero lo aceptamos con un concepto más humano, considerando la elevación de un espíritu que se otorgó entero para el bienestar de los otros, sin egoísmos, hasta el grado de olvidarse de sí propio; que aceptó el deber como una ley sagrada y que amando con frenesí el arte y lo bello, para lo que estaba dotado de condiciones excepcionales, no se detuvo a saborear sus goces cuando recibió el llamado de un pueblo que había que redimir.
Sus padres, como casi todos los padres de los santos, vivieron vida de extrema humildad. Humildad que en ciertos momentos eternos descendió hasta los abismos de la miseria. Desde niño se vio obligado a trabajar, para contribuir al puchero de la casa, y vio y se conmovió con las angustias del hogar denudo.

La criatura pensativa, creció flaca y enfermiza por las privaciones; pero en su rostro prematuramente reflexivo, sus ojos inmensos y profundos hablaban de una irresistible vitalidad interior. Su sensibilidad, agudizada por las penas que lo rodeaban, se acrecentó enormemente, y el soñador de embrión se preparó para recibir al místico; más al mismo tiempo enraizó en su espíritu el concepto del deber, el que llevó sobre sus espaldas como una cruz, hasta el instante de su muerte.
Había un contraste manifiesto ente su carne débil y achacosa y su voluntad omnipotente, parecía que su cuerpo, se inclinara bajo la carga de tamaño espíritu.
Era esencialmente místico, lindando sus sentimientos con lo absoluto; pero al mismo tiempo la fiebre de la inquietud lo consumía y lo tornaba infatigable, y así unía, en raro consorcio, la meditación y la acción. Era romántico, pero no en el sentido optimista de considerar la vida buena y justa, sino en el de aceptarla como creación deformada por la culpa y el error del hombre y por lo tanto capaz de ser superada por la voluntad y la fe, llevadas si fuera necesario hasta el sacrificio.
Y eso fue su vida, una dedicación sin tregua para lograr esa superación. Disciplina sin condescendencias personales, trabajo sin ahorro, entrega en cuerpo y alma a su obra, que en este místico activo era nada más que el ideal en vías de realizarse. De allí que el soñador que siempre vivió en él, fue arrastrado a la acción por el hombre práctico, que trató en todo instante de construir y dar forma material al ensueño. Por algo dijo, sin pretender expresarse a sí mismo: “el único hombre práctico es aquel cuyo sueño de hoy será ley de mañana”.
Como se ve tuvo rasgos esenciales de los genios y de los santos, y él fue ambas cosas a la vez.
Todo lo sacrificó al deber. Él, que amó tanto, y para quien el amor era trascendental, algo como una fuerza cósmica engendrada en lo humano, no vaciló en sacrificarlo todo para que todas sus energías convergieran en un solo fin: el cumplimiento del deber. Y su deber inmediato fue la libertad de su Patria.
Nosotros no podemos menos, en esta breve exaltación, que seguir su ejemplo. Dejaremos de lado la parte suave y amable de su vida, aquella que fue dorada por la ilusión. No hablaremos de aquel romance primaveral que terminó en tragedia de la preciosa niña de Guatemala, la que murió de amor, y de quien el poeta dijo:

“era su frente la frente
que más he amado en mi vida!”
“Eran de lirio los ramos,
y las orlas de reseda
y de jazmín; la enterramos
en una caja de seda…”
“Ella dio al desmemoriado
una almohadilla de olor;
él volvió, y volvió casado;
ella se murió de amor.”
Nada diremos de su poesía vehemente y tierna, candente de sinceridad, ni de su ardor por todo lo que significara cultura y dignificación popular. Mencionaremos solamente al hombre de acción, al que dejó la vida entre las maniguas de su tierra, cunado forjaba su poema de libertad.
Uno de sus libros, en el que se han reunido prosas brillantes de combate, con juicios literarios y desahogos del corazón, que ha sido bautizado maravillosamente con el nombre de “Flor y Lava”, contiene los dos aspectos de Martí. En la poquedad de nuestra charla, con verdadera pena, habremos de privarnos de aspirar la flor, para quemar nuestro espíritu en el fuego purificados de la lava.
*

Criatura aún- a los 15 años- Martí inicia una conspiración de niños. Carlos Manuel de Céspedes, precursor de la independencia y del martirio, había dado la primera campanada de una homérica lucha de 10 años. Los imberbes adolecentes no encuentran la manera de escapar para unirse a los que luchan por la patria y se desquitan escribiendo panfletos y poemas libertarios. Cae en manos de la autoridad una carta firmada por Martí y por un compañero de estudios, y los dos van a a la cárcel.
Aquí el futuro luchador tiene un gesto magnífico, tan grande solo como su muerte. Estos dos momentos, tan distantes en el tiempo, bastarían para glorificarlo. El primero es el anuncio de su calvario patriótico, de su hidalgo concepto del deber, el segundo es su consumación gloriosa.
Después de un año interminable de presidio, se les hace comparecer ante el consejo de guerra. Nada se ha podido comprobar. Los peritos no aciertan a decidir a quién de los dos corresponde la paternidad de la carta acusadora. Ambos, educados en el mismo colegio, tienen letra semejante, y ambos, obstinadamente insisten en ser los autores de la hoja. Se les carea al fin. El compañero se adelanta para declararse único culpable, pero ante el asombro de testigos y de jueces y del mismo amigo, Martí le interrumpe, y con elocuencia irrebatible se condena a sí mismo. La decisión del Consejo fue inmediata: Seis años de prisión para José Julián Martí.
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Y comenzó la primera prueba. Cuando aún sus huesos no habían endurecido; cuando sus manos, a pesar del trabajo temprano eran suaves como para escribir madrigales o prodigar caricias, fue llevado a partir piedras a las canteras, bajo el látigo ignominioso. Allí, dice uno de sus biógrafos (Luis Rodríguez Embil): “Había de conocer Martí, día a día, hora por hora, la miseria del hombre y su dolor, y a lo que reduce un régimen de oprobio y represión, la dignidad humana. Pelado al rape, provisto de un petate y numerado como una cosa- con el número 113- con grillos al pie que impedían el paso normal, conoció el horror todo de la sentina colonial del presidio”..
De aquí salió Martí preparado para decir más tarde: “En la cruz murió el hombre en un día; pero se ha de aprender a morir en la cruz todos los días”.
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Después del presidio, una nueva prueba empieza para él: el destierro. Durante el resto de su vida hasta la víspera de su muerte, sólo le fue dable ver su tierra cálida, tan amada, en dos breves estancias; llegando en una de ellas encubierto bajo un nombre supuesto y dueño de un pasaporte falso. Anduvo errante por distintos países, sin olvidar un momento el dolor de su Cuba esclavizada.
Primero España, donde luchó con éxito por el indulto de los estudiantes cubanos presos por sus actividades políticas. Cuando llegó la primera república española, su corazón se llenó de esperanza. Se hablaba tanto de libertades, que él soñó con obtener la libertad de Cuba; pero sus palabras encendidas no conmovieron ni convencieron a los tribunos del Gobierno.
Abatido pero no acobardado escribió su folleto “La República Española ante la Revolución Cubana”, como una desesperada protesta.
Luego parte a México, Veracruz, con su vegetación tropical y sus palmeras recrudecen en su corazón el mal de la Patria. La ausencia se le volvió más áspera y, por un momento, lo dominó la tristeza. Pero ya se había trazado su destino, y en el fondo de su alma cantaron sus propias palabras: “Sólo está completo el que se da”.
Vivió en seguida en Guatemala, en Venezuela- donde se hincó ante la estatua del Libertador- en los Estados Unidos y nuevamente en España.
Su planta de peregrino no desfallecía aunque sangrara, y su espíritu, siempre alerta, luchaba donde estuviera por la cruzada santa.
De regreso en los Estados Unidos, se pone otra vez en contacto con los emigrados. Y hace esta sublime y para aquella época valiente declaración: “Tengo fe en los cubanos negros y mulatos”. Con lo cual borraba de un golpe los prejuicios sobre una raza humanan, sufrida y necesitada de justicia y comprensión.
El fervor estaba vivo, pero la espera debía ser larga todavía. Martí organizaba, escribía, peroraba, agotándose así mismo en aquella tarea sin descanso.
Tuvo que luchar todavía con la incomprensión de sus mismos hermanos que lo ofendieron en sus fibras más íntimas; mas Martí era sabio en el perdón y su actitud frente a la injuria, humilde y altiva a la par, lo hizo más grande y más admirado. Para su santidad, era necesario apurar este nuevo sorbo de amargura.
Por eso, cuando los que nada valemos seamos calumniados y ofendidos, recordando al Apóstol, debemos aprender a perdonar.

El momento propicio se acercaba. Ya el pueblo cubano ardía todo en el brasero de la inquietud patriótica. En las ciudades del sur, en la Florida, desde donde se sentía el sabor de las brisas que pasaron por Cuba, los desterrados organizaron los primeros grandes mítines, y Martí, abrumado por las ardientes ovaciones, supo de la confianza y el amor que su pueblo le profesaba.
Pero la enfermedad lo iba agotando. Su corazón no marchaba bien y sus pulmones se sabían heridos. Sin embargo, ni en el lecho descansaba, y su único temor era que se le acabaran las energías antes de terminar la obra. La tarea tan abrumadora no le arredra, “la muerte no me mata” escribe a su madre; pero presiente su próximo fin cuando escribe, refiriéndose a él: “Todo el deber; luego vendrán otros a la gloria”.
Una noche dijo: “No escribo porque el pulmón me quema y no me deja”; mas al día siguiente emprendía de nuevo la titánica lucha.
Al fin se autorizó solemnemente el comienzo de la revolución. Al día siguiente partió Martí para Santo Domingo a reunirse con los jefes militares de la revuelta.
Enfermo y destrozado físicamente, pero con una exaltación que no le daba reposo, recorre los campos y las aldeas del país dominicano, uniendo y animando a los cubanos emigrados y recogiendo fondos para la empresa. Y nuevamente descubre el secreto de su próxima muerte cuando escribe:
“Me entran como temporales
de silencio – precursor
de aquel silencio mayor
donde todos son iguales”.
Después de algunas tentativas de embarque fracasadas, Martí y sus compañeros distinguen, borrosas por la sombra y la distancia, las montañas de su Patria. Y el hombre valeroso, preparado para el sufrimiento desde la infancia, que no le arredraban ni los fracasos ni los desengaños, deja escapar sus lágrimas en silencio…
*
Tras las duras pruebas de la preparación y de la lucha, llegó el instante del sacrificio y a él se entregó Martí, sin vacilaciones, como un predestinado.
Como Cristo, él supo que había de morir, que su muerte era necesaria y subió su calvario con estoicismo, sin desfallecimiento.
Desde hacía largos años él ya se había ofrendado, así la muerte no fue más que la entrega póstuma de su cuerpo, el último destello de la larga agonía. Se inmoló voluntariamente, para legar un ejemplo a los patriotas, para que su cruz fuera recogida y cargada por un pueblo, sabedor de que no hay victoria sin sacrificio y que tras la muerte está la resurrección.
La lucha desata en las almas de los hombres corceles apocalípticos, y por la tierra pasea la destrucción acicateada por la venganza. Pero más tarde, ya con las almas puras, redimidas desde sus raíces por el sufrimiento, vendrá la paz, que es la resurrección.
Después de la tempestad, los árboles se yerguen más limpios y lozanos, más seguros de sí, aunque algunos hayan sido derribados por el vendaval.

El día 19 de mayo, hoy hace medio siglo, llegó al campamento el General Máximo Gómez; y allí, momentos antes del combate, Martí dio a los patriotas rebeldes su último mensaje. Oración conmovedora y profética, con atisbos del más allá.
Oigámosle: …”Es preferible la muerte silenciosa, lenta y cruel en medio de la soledad del bosque, a la vida ostentosa de los honores adquiridos por el infame precio de la apostasía…”.
Y más adelante, transfigurado, con una aureola sobrenatural en su semblante, anticipadamente en éxtasis: “…quiero que conste que por la causa de Cuba me dejo clavar en la cruz!…”
No es posible merecer la paz sin antes haber conquistado la libertad. Una paz sin justicia no es más que una engañosa tregua. Un pueblo esclavizado no puede conocerla, porque en la servidumbre puede existir aparentemente una paz externas, pero existe una lucha interior alimentada por el rencor y el odio. Para gozar la grandeza de la paz, que es amor, hay que ganar la libertad que es comprensión y respeto.
Por eso Martí, a quien repugnaba la violencia no vaciló en lanzarse a la lid. Su ejemplo fue una antorcha que iluminó los caminos de la selva artera; y su sangre fecunda logró, tras años de heroísmo, que una nueva estrella fulgurara en el zodiaco de los países que se han ganado su destino, la estrella solitaria de la bandera de Cuba.
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Maestro en el amor, en el ensueño, en la acción, en el deber y en el sacrificio, Martí perteneció a Cuba; pero su memoria pertenece a la humanidad, porque su ejemplo de abnegación y de justicia ha de ensanchar las esperanzas y acendrar la fe de todos los pueblos oprimidos de la tierra!
Y ardiendo en esa fe, quien la pregona esta noche, sin poses patrioteras, ha rendido culto a la libertad y ha sabido luchar por ella cuando otros descansaban muellemente, porque es un devoto del magno sueño de Bolívar, y cree y espera, en el advenimiento de una América grande, unida y libre.
San Salvador, mayo 19 de 1945
(*) Autor de El Salvador, Pulgarcito de América
(*) Fotos de Cortesía de varios archivos históricos



