Nelson López Rojas
Cuando hablo sobre inteligencia emocional, la gente me pregunta cómo hacerse cargo del corazón de la otra persona. Les recuerdo lo que dicen en los aviones cuando hay turbulencias: ponete VOS primero tu mascarilla de oxígeno para DESPUÉS poder ayudar a los demás. O sea: amate vos primero para poder amar a los demás.
Al caer la noche y cuando la ciudad baja el volumen, el verdadero yo aparece: nadie quiere estar solo, ni física ni social ni emocionalmente, pero también casi nadie quiere quedarse. La gente mira su celular cuando no puede dormir en la madrugada con la esperanza de un like, de un mensaje, de una indicación que vive en la mente del otro. Y cuando el celular vibra sin nombre fijo corren para darse cuenta que no era la persona de quien querían oír.
Entre mis amistades tengo de todo: los solterones cuarentones que le exigen a sus citas lo que ellos no pueden dar; solteronas que en sus treinta largos sueñan con encontrarse un sugar; gente con pareja que no encuentra el sosiego, que reniega estar en una relación y busca otro cuerpo; gente que quiere una relación; gente que no rompe, pero tampoco se queda; gente que ama la seguridad, pero desea el vértigo; y gente que no se decide, como diría el futuro pastor Bad Bunny: “hoy tengo una, mañana a otra”. No se trata de promiscuidad ni de libertinaje, palabras viejas que ya no nos alcanzan. Se trata de una arquitectura emocional hecha de pedazos y de atajos.
Y no. No vivimos una época de exceso de sexo, como asegura la abuela, sino de déficit de sostén psíquico. Lo que prolifera no son los cuerpos, sino los vínculos inconclusos, las presencias a medias porque, como dice Marwan, “No hay nada más terrible que una puerta entreabierta que nunca abre del todo ni se atreve a cerrarla”. En esta coreografía, hay quienes tienen novios lejos, novios cerca, pareja con dinero o maridos invisibles. Hay quienes llegan los fines de semana, quienes solo llaman cuando el deseo aprieta y quienes llegan cuando la eterna soledad se vuelve insoportable. Nadie se presenta como infiel; todos se presentan como humanos. No es la infidelidad el síntoma de época, sino la fobia a la soledad sin anestesia y por eso se salta de vínculo en vínculo, es decir, no es para explorar, sino para no caer en el vacío que aparece cuando el deseo deja de funcionar como amortiguador emocional.
Por otro lado, hay gente muy intensa que asfixia las relaciones y se quejan de que las relaciones no son para ellos, que no se vuelven a enamorar. Calmate, JuanGa. La Joss Stone dice que le mostrés tu afecto con un besito, que no le mandés docenas de rosas, que no la sofoqués con tantos mensajes porque Less is more, o sea, menos es más. Calmate. Calmate porque hay gente que se cansa de ser controlados, de las etiquetas, de la pegajosidad, del engentamiento que empalaga, y busca una salida y no por eso deja de amar a su pioresnada. La Joss termina la canción con un ruego: “Ojalá me dieras la oportunidad de extrañarte”.
Y en medio de ese mapa aparece el hombre como figura recurrente, casi nunca analizada pues la mujer infiel es la juzgada —perdón, Sor Juana. Ese que está con todas, pero no es de ninguna, el que no promete, no reclama, no pregunta demasiado; el que funciona como accesorio, pausa, descarga o refugio. Ese que no es el villano ni el héroe; es el amortiguador, es un cuerpo donde el deseo puede existir sin pensar en el futuro. Y mientras para muchos eso es libertad, para el cerebro, es dopamina pura, es novedad, validación, estímulo constante.
Las mujeres no llegan buscando solo sexo, sino esa presencia sin exigencia que no encuentran en sus hábitats. No abandonan lo seguro, pero tampoco renuncian a Tinder ni a las fiestas locas, a sentirse vivas. Entonces es cuando ellas duplican, cuando sostienen una cosa y desean otra, pues eligen no elegir. Aquí ya el problema no es moral, hermanos, es neuropsicológico y cultural.
Hay que aprender a vivir con la eterna soledad, querido lector. Hay que entrenar nuestra mente a disfrutar estar consigo mismo sin depender de otros para ser felices, pues el cerebro humano no está hecho para la soledad prolongada ni para el deseo domesticado, y quiere apego y calma, pero a la vez busca fuego y aventura, oxitocina y dopamina. El conflicto empieza cuando no se sabe integrar ambas cosas en una misma relación y cuando se reparten los roles donde hay uno para amar y otro para escapar.
El hombre que acepta ese lugar también obtiene la confirmación de ser elegido y deseado sin tener que exponerse, algo que lo define como macho alfa. Sin embargo, ese beneficio tiene un costo silencioso y es cuando nadie llama. Ahí algo se apaga y volvemos a la eterna soledad de ver la pantalla apagada del celular.
Aunque hoy esté de moda mucha conexión y poca responsabilidad emocional, no hay que confundir abundancia con plenitud. Muchos cuerpos, muchos mensajes y muchas noches con poca conversación que sobreviva al desayuno no son sinónimo de una vida plena.
Tal vez el síntoma de nuestro tiempo no sea la infidelidad, sino la incapacidad de estar a solas con uno mismo sin sentirse en peligro. Por eso se salta de vínculo en vínculo, no para acostarse, sino para no caer o para no seguir cayendo. Tal vez el problema no sea que la gente se acueste con varias personas, sino que nadie quiere hacerse cargo del lugar emocional que ocupa en la vida del otro.
El hombre que está con todas no siempre es libre, pero sirve para que otros no rompan, no decidan, no se enfrenten a sus propios demonios ni a su propia soledad. Es el paréntesis donde todo se permite y nada se asume.
“La que es puta vuelve” —dijo Dalton. Y las personas que vuelven —casadas, emparejadas, seguras— no vuelven solo porque son putas, solo por deseo. Vuelven porque la estabilidad, sin deseo, se parece demasiado a una muerte lenta. Entonces necesitan a alguien que les recuerde que todavía sienten, aunque sea a escondidas.
Nadie quiere dañar a nadie, dicen, pero el daño no siempre viene de la intención; a veces viene de la evasión prolongada. La responsabilidad emocional se evita con la misma habilidad con la que se escribe “no busco nada serio” o “no te enamorés de mí” y no es que la gente no sepa o no quiera amar, es que no tolera el silencio que viene después de amar de verdad y no ser reciprocado. Y por eso se acumulan cuerpos, mensajes, noches y llamadas por WhatsApp hasta el amanecer. Por eso nadie se queda, pero todos vuelven porque el miedo más grande no es perder al otro, sino quedarse a solas sin deseo que amortigüe la caída.
El verdadero tabú ya no es acostarse con varios o con varias, pero pensá que el verdadero tabú está en quedarse, elegir y hacerse cargo del lugar que uno ocupa en la vida emocional del otro. El no comprometerse también es una forma de poder; y no elegir, aunque se disfrace de libertad, sigue siendo una elección a la eterna soledad.



