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miércoles, 04 de agosto del 2021

Estalinismo: aberración polí­tico-ideológica de la izquierda marxista

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A modo de introducción: En mis dos artí­culos anteriores (“La izquierda parlamentaria: ¿Un analgésico polí­tico?” y “Debatir del presente; echar un vistazo al pasado”) centré mi atención en tres aspectos importantes del papel jugado por las “izquierdas” a nivel mundial y nacional en el marco de la  lucha de clases de los pueblos:  a) los vectores polí­ticos organizados en torno a una estrategia y táctica polí­tico-ideológica determinada, b) evolución, revolución e involución de la lucha de clases  y c) la lucha ideológica dentro de la izquierda.

En la tercera y última parte de esta trilogí­a, abordaré el tema de la derrota del proyecto revolucionario salvadoreño, partiendo de una experiencia foránea de connotación e incidencia universal en el movimiento revolucionario mundial y en especial, en el salvadoreño.

Las derrotas nunca tienen solo una causa; el origen de estas siempre es multifactorial. Sin embargo, soy de la opinión que, al menos en el derrumbe y derrota de la Unión Soviética, el estalinismo jugó un papel determinante. Sin pretender extrapolar a El Salvador fenómenos, sucesos y situaciones ocurridas en la antigua Unión Soviética en circunstancias y contextos históricos muy particulares, pienso, que el estalinismo también tiene los mismos sí­ntomas en todas partes, así­ como el cólera, la peste o la rabia se manifiesta clí­nicamente de la misma forma en cualquier parte del mundo.

Cuentan los libros ““ no oficiales y no necesariamente antisoviéticos”“ que Nikolai Iwanowitsch Bucharin, el preferido de Lenin y muy querido dentro del partido comunista bolchevique, antes de ser ejecutado el 13 de marzo de 1938, escribió en un papel: “¿Koba, para qué necesitaste mi muerte?”.  

Para criticar a Iossif Wissarionowitsch Dschugaschwili, Stalin, también conocido como “Koba”, “Soselo” o “Soso” no es necesario profesar las teorí­as polí­tico-ideológicas de Lev Davidovich Bronstein, conocido como Trotsky, ni ser un recalcitrante anticomunista ni un experto en marxismo-leninismo. Basta con un pelí­n de humanismo.

Mucho se ha escrito acerca de la vida de Stalin, de los años del terror (1934-1938) y de los procesos sumarios de Moscú, pero muy poco acerca del fenómeno polí­tico-ideológico del estalinismo. El partido comunista soviético, después de la muerte de Stalin en 1953, simplificó el problema a su mí­nima expresión, enfatizando que el culto a la personalidad de Stalin y sus métodos dictatoriales habí­an sido la causa principal de todo lo ocurrido.

En tiempos de guerra declarada o subversiva, la probabilidad de que el estalinismo se consolide crece exponencialmente. Por eso no es casual, que la mayorí­a de los asesinatos en las propias filas ocurran en tiempos en los que el tam tam de los tambores de guerra opacan las voces reflexivas, analí­ticas y ecuánimes. Por esa razón, es que Lenin le daba suma importancia al papel conductor del partido (no confundir con el aparato) tanto en tiempos de guerra como en tiempo de paz. Sin embargo, cuando el APARATO del partido, sustituye al partido y su membresí­a, entonces se está abonando el terreno para que germine el estalinismo. Lamentablemente, esto le tocó vivir a Lenin en los últimos años de su vida y ni siquiera él pudo evitarlo. Detrás de cada asesinato o muerte dudosa en los partidos de izquierdas, se esconde siempre una lucha por el poder del aparato del partido.

Según los historiadores de la sociedad soviética, el asesinato del lí­der revolucionario Sergei Mironowitsch Kostrikov, conocido como Kí­rov, el 1 de diciembre de 1934, marcó el punto de inflexión polí­tico-ideológico al interior del partido comunista soviético bolchevique. Aunque no se ha demostrado la participación directa de Stalin  en la conjuración del crimen, es irrefutable el hecho, que a raí­z de la muerte de Kirov, se desató una campaña de persecución y acoso al interior del partido bolchevique. En el ojo del huracán estalinista se encontraban los lí­deres de la vieja guardia bolchevique, tanto Trotsky, Sinoviev y Kamenev, así­ como sus seguidores y simpatizantes. Los tres dirigentes polí­ticos habí­an sido expulsados en 1927 del partido comunista  por su oposición a Stalin. Después de la muerte de Lenin, en enero de 1924, la revolución de octubre de 1917 entró en un proceso lento de descomposición ideológica que culminó con la disolución de la Unión Soviética en 1991. Stalin y el estalinismo, jugaron un papel preponderante en este proceso involutivo de la revolución soviética. Stalin convirtió la dialéctica y el marxismo en un catequismo polí­tico-ideológico, obtuso y rí­gido, transformándola en la doctrina estalinista, conocida como marxismo-leninismo. Con su quehacer polí­tico, Stalin negó la esencia del marxismo revolucionario, que es la justicia social, el desarrollo integral de individuo, la libertad plena y su vocación humanista e internacionalista.

Stalin utilizó toda su fuerza, astucia y voluntad para llegar al poder y lo logró. Sintió la fuerza seductora del poder y se creyó omnipotente, capaz de decidir sobre la vida o la muerte de seres humanos, lo cual representa el poder absoluto de un hombre sobre sus semejantes. Ascendió al poder, pisoteando los escalones de la pirámide partidaria, manchados con la sangre de pensadores comunistas, quienes estaban más y mejor preparados que él.  Atrapado en las redes del poder y sintiéndose teórica e intelectualmente inferior a muchos bolcheviques de la vieja guardia, desconfiaba y temí­a de cualquiera que pudiera hacerle sombra.  Utilizó la mentira y la coerción como método de trabajo y torpedeó los órganos de control colegiado del partido.

En la lucha por el poder sobre el partido, después de la muerte de Lenin, Stalin aprovechó tácticamente las circunstancias objetivas y subjetivas contrarrevolucionarias reales de la década de los treinta para sus fines personales. Todo aquel que criticaba sus tesis polí­ticas era considerado de facto un contrarrevolucionario y traidor a la causa. Stalin sabí­a que a pesar de la represión, los destierros y los ajusticiamientos al interior del partido habí­a miembros del partido que se oponí­an a su lí­nea. Un ejemplo tácito fue su proceder en las elecciones secretas de 1934 en las que se elegí­a a los miembros del Comité Central en el XVII Congreso del Partido Comunista Bolchevique, en la cual  292 delegados votaron en contra de Stalin.   Éste ordenó manipular los votos, haciendo desaparecer 289 papeletas, de manera tal, que al final, quedaron solamente tres votos protocolados en su contra. Por esta razón, veí­a enemigos potenciales en todos los rincones y en cada hombre o cuadro del partido. Kirov bien pudo haber sido uno de ellos.

Cualesquiera que sean las respuestas, las del pasado y las del presente, ninguna puede por sí­ sola, justificar y explicar tanto crimen y persecución polí­tica ocurrida en el seno del movimiento revolucionario mundial. La justificación de Kaganowitsch, más que cí­nica, fue vergonzosa, cuando expresó lo siguiente: “somos culpables de haber cometido excesos y ciertamente muchos errores, pero al mismo tiempo ganamos la segunda guerra mundial”. En El Salvador, Joaquí­n Villalobos, “Atilio” y Jorge Meléndez, “Jonás”, dos de los implicados directos en la muerte del poeta revolucionario Roque Dalton el 10 de mayo de 1975, asumieron públicamente haber participado, de una u otra forma, en aquellos sucesos.  Los dos ex comandantes del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) se excusaron públicamente   con el artilugio de “error de juventud” (Atilio) y que la muerte de Roque Dalton y Armando Arteaga habí­a sido producto de un proceso polí­tico interno del ERP (Jonás). Por otra parte, los crí­menes de Mayo Sibrián cometidos en el frente paracentral de las Fuerzas Populares de Liberación Farabundo Martí­ (FPL-FM) recuerdan la persecución y exterminio masivo de comunistas bajo las órdenes de Beria en la Unión Soviética. Beria fue fusilado en diciembre de 1953 unos meses más tarde de la muerte de Stalin. El Buró Polí­tico lo encontró culpable de los crí­menes cometidos durante el estalinismo. Mayo Sibrián también fue fusilado en 1991, meses antes de la firma de los acuerdos de paz en Chapultepec en 1992. Dado que se trató en ambos casos, de juicios sumarios a puertas cerradas, tanto Beria como Sibrián se llevaron a sus respectivas tumbas mucha información partidaria interna y muchos secretos.

Probablemente, los crí­menes de Kí­rov, Roque Dalton, Rafael Aguiñada Carranza, Armando Arteaga y de muchos otros compañeros no sean esclarecidos nunca, pero es evidente que detrás de estos crueles sucesos se extiende la tenebrosa sombra del estalinismo.

Fuente: Por un mundo nuevo, mejor y más justo

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Roberto Herrera
Columnista y analista de ContraPunto. Salvadoreño residente en Alemania. Ingeniero graduado en electrotecnia, terapeuta ocupacional independiente con especialidad en pediatría y neurología. Narrador y ensayista.
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