René Martínez Pineda (@ReneMartinezPi1)
Mi abuela -espantando, con un soplido, el vaho de la taza de chocolate de tablilla que, como caracol en fuga, amenizaba las veladas de candil- contaba que vio en el Circo de los Gitanos -teatro de los pobres donde se formó, bajo su carpa, el payaso “Chocolate”- un animal de dos cabezas (una de cerdo, y otra de perro, vociferando cada una en su respectivo dialecto); un gallo con una chorcha azul, de dos metros de largo; y un hombre sin culo que tenía la cara del lado de la espalda. Desde entonces, enero fue el mes más esperado por ella, porque el jolgorio escolar que me invadía, con su olor a cuadernos nuevos, se juntaba con la magia de los circos populares y el misterio de los gitanos, decía, suspirando de nostalgia.
Las rarezas que, para ella, fueron una novedad del más allá, para mí -que también conocí muchas, bajo la forma de “eso” que no comprendía- fueron un vaticinio del mundo al que me enfrentaría al doblar la esquina de los trece años; fueron un presagio de la paradoja de la razón que conocería, cara a cara, al estudiar en la universidad, lugar en el que decodifiqué las atrocidades del mundo y los sueños de la vida. Ese relato tenebroso –sobre todo el del hombre sin culo con la cara volteada- fue suficiente para que yo tomara la decisión de estudiar sociología, con el objetivo de comprender lo inexplicable, tanto para mi abuela como para mí.
Fue la vida, tan llena de carencias y querencias, la que me llevó a ser marxista y fanático del fútbol, porque, sin saber cómo o por qué, llegué a la conclusión de que “eso” que no tenía explicación, era la conciencia social, una conciencia social que anida en el pecho, no en una teoría. Debo agregar que siempre comprendí el marxismo como una forma de interpretar el mundo que no tiene nada que ver, como muchos iletrados creen, con una posición partidaria o ideológica, porque aquel es sólo una teoría social que es útil cuando se sabe qué tomar de ella y qué actualizar o readecuar. Y “eso”, que entonces era inexplicable para mi abuela, muchos años después lo definí como los matices de la realidad que surgen de la concientización, precisión conceptual a la que pude llegar porque fui parte, en los años 80, de los debates sobre la utopía social que, sin parapetos ni caretas, nos enfrentaba a los revolucionarios con los traidores y reaccionarios. Siempre fueron más los dos últimos, y siempre supieron cómo caer parados, hasta el punto en que, muchos años después, fueron ellos los que urdieron la traición más grande de la historia, y, también muchos después, comprendí que la utopía no está hecha de palabras, sino de acciones, ese tipo de acciones humanistas que empecé a ver a partir de 2019.
Y es que, en esos relatos fascinantes con los que mi abuela codificaba la realidad de su tiempo -usando las quinientas palabras que conocía- ya se vaticinaba lo que, producto de una metamorfosis kafkiana, la realidad llegaría a ser en un bipartidismo dominado por la doble cara y triple moral de los políticos que, luego de una cirugía plástica pagada con fondos públicos, tenían la cara volteada y carecían de culo, y cuya rareza era justificada por los historiadores tozudos que no pasan la frontera del siglo XIX, y que confunden las pupusas con las hipotenusas.
Ese delirio de seres tenebrosos, y de cosas que eran otra cosa, y que fueron una novedad permanente en los tiempos de mi abuela, siguen siendo una novedad paradójica, pues sólo eso puede explicar que un partido de izquierda se convierta, voluntaria y mansamente, en el ala izquierda de la derecha; que se vanaglorie una revolución sin cambios revolucionarios, y que se quiera medir el trabajo intelectual con un reloj biométrico que sólo sabe de horas-nalgas y de culos que bostezan desde las tres de la tarde.
Claro que, por ser un país de paradojas surrealistas, ya nada nos sorprende, a tal punto que, durante muchos años, nos hicieron creer que un pandillero era más importante que un estudiante, y que un capirucho tiene más tecnología que una computadora. Hace un siglo, el general Martínez -el teósofo que masacró a 30 mil campesinos, sin aturrar la cara, pero que, de buena gente que era, dejó vivos a un par de millones- inventó un péndulo para averiguar si su comida estaba envenenada, e hizo cubrir el alumbrado público, con papel rojo, para combatir una epidemia de escarlatina y salvar a quienes sus balas dejaban vivos. Ese maravilloso péndulo lo siguen usando los opositores para averiguar si las encuestas que los entierran, una tras otras, están envenenadas de dignidad, y siguen tapando sus delitos con discursos rojos para combatir la epidemia de dignidad y utopía social que infecta al pueblo.
Esos relatos fantásticos de hombres sin culo y de animales con dos cabezas, que mi abuela convertía en reales en el brillo de sus ojos, seguían vigentes y vigorosos en las tétricas noticias de la violencia social que no tenía quien la resolviera. A pesar de esa barbarie, El Salvador siguió siendo esa patria chiquita de hombres gigantes, locos y soñadores, y de mujeres históricas cuyo coraje, sin límites humanos, pasó de ser un mito a ser historia, pues fueron capaces de lograr que los niños no olvidaran cómo sonreír mientras pasaba el aguacero de sangre.
Ese es el laberinto de la solitaria soledad al que sobrevivió mi abuela con el fin de heredármelo, esa soledad silenciosa en la que aún subsiste, borrosa, la memoria de la sangre, ese lugar sin cartografía, ni culo, donde pasamos el aguacero que los perversos invocan.



