jueves, 18 julio 2024
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Escrito en una servilleta: No pronuncio tu nombre (I)

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"No pronuncien mi nombre porque no me queda bien ninguno, no tengo uno que me distinga de las cosas que rodean mi existencia inexistente": René Martínez.

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Por: René Martínez Pineda.

Cuando sepan que he muerto sin la desnudez apropiada, no pronuncien mi nombre ni señalen la constelación del Unicornio Azul; no pronuncien mi nombre porque –como a los locos de las esquinas- no me queda bien ninguno, no tengo uno que me distinga de las cosas que rodean mi existencia inexistente: pobreza, soledad, abeja, claustro, pies, sándalo, traidor, hijo de la gran puta, mayo, vino, suicidio. Quizá por eso la conciencia del ridículo me molesta más que la conciencia del pecado de dejar que los mismos ladrones de siempre me roben: el pan y el nombre; la libertad y el apellido; la dignidad y el rostro; el futuro y las manos; la biografía y el álbum familiar.

No tengo un nombre para colgármelo con rancio orgullo, sólo tengo como sospechosa identificación la sangre de mis nuevos tedios y mis viejas súplicas y, acaso, hasta ellas resultan ser apócrifas como la teoría crítica en los atajos del atrio de la utopía traicionada por treinta monedas rojas y por pobrecitos poetas que confunden enamorarse con coger… pero no hay nadie a quien golpear en la estrecha ferocidad de su ofensa.

Cuando sepan que he muerto, cuando la Tierra dé otra vuelta sin mí, no pronuncien mi nombre, porque me causaría una angustia inenarrable que mis hijos sepan que lloro por las noches para fingir que vivo; que mis hijos descubran que, como predijo Neruda, mi nombre se hizo número (que pase el número 1833-32-44-89-92-69-19); que mi apellido se convirtió en fatuas inconcreciones y en breves erecciones que son prolijas en su etimología sin párpados: sospechoso, loco, bolo, esquinero, comelotodo, ciudadano, pueblo, arrimado, indignado, ofendido. 

Cuando me vean desnudo y con la sombra fija en la ribera de la risa, no pronuncien mi nombre, es muy peligroso para los que vivían de la conspiración del peligro. Sshhh, aquí, entre nos, en la era de la gran delincuencia mi nombre era la portada de los tísicos periódicos amarillos que bebían mi sangre en el santuario de la estafa de una democracia que prometía acabar con la pobreza y con los malos resultados de la selección de fútbol… y esas eran las más grandes e ignominiosas estafas de la historia bicentenaria, lo que nos convertía a todos en pendejos que, de tanto olvidar, nos asfixiábamos en las primeras páginas de Hamlet.

Cuando me vean pasear con mi madre, la María Pintura, no griten mi nombre, no lo recordaré, no sabré que ese nombre me distingue como persona de carne y hueso y metáforas. No griten mi nombre, soy anónimo, no existo, no estoy en las páginas amarillas ni en el centro nacional de registro de propiedades robadas; soy una ventana sin rostro; soy la víctima que los victimarios quieren silenciar, ese es mi verdadero nombre cuando habito en la vecindad de la historia; soy el tragalotodo que sobrevivía en el laberinto de la soledad del escrutinio final del fraude bipartidista. 

Cuando me encuentren desnudo en mi habitación sorbiendo la tarde, agitando mi mano frenéticamente… no digan mi nombre, ¡no lo digan!, no tengo uno que sea repetible frente al espejo de los escupitajos. Desde que usurparon mi nombre y se robaron, una a una, mis palabras más sigilosas; desde que vulneraron mi apellido, con traiciones de máscara roja, me volví incapaz de conjurar el futuro de la traición más grande; incapaz de impedir que el infame augurio de mi anonimato forzado se volviera -con la puntualidad del paisaje celeste de los días de febrero- historia secreteada a gritos en las entrañas del dolor.

Cuando sepan que he muerto de espaldas a la noche -anónimo y nimio; pueril y confeso- porque no acepté la traición al pueblo como una rosa descolorida, ni como un beso mejillal del hijo malo… no pronuncien mi nombre, porque me refugié en otros nombres que me definen tal cual soy… y así empecé a llamarme con patriótico orgullo: chepe loco, vasueleche, lengua de vaca, sangre de ostra, licuado de papa, chulada, uyuyuy, pupusa, compadracho, cincuechicle, librehueso, bolsepús, mieyda, chepechumpa, cara de aplauso, chuchavaga, trece pelos, cuerpuechucho, mico de oro, pacocrema, rabadilla, calzoneta de ostrero, matarañas, bacinica.

Cuando sepan que he muerto hastiado de cenar con cretinos maravillosamente vestidos que lloran a mares por no haber sido incluidos en la nueva antología de jóvenes escritores y analistas del alpiste, no pronuncien mi nombre, soy una botella a la deriva sin su mar, un psicópata espectro del melodrama, una bala sin fusil, un fantasma de la ópera sin máscara, un muerto sin novenario, un pseudónimo sin misterio desde el preciso instante en que opté por suicidarme con la soga de la utopía que sueña con gestos de júbilo. Cuando sepan que he muerto, recuerden mi regodeo matinal desde que, en la urna electoral, hice mío el turno del ofendido; recuerden mi rojo blasón sin derecho a ser arreado por el conformismo en la hora de estudio con algo de tedio sin remedio; recuerden la concreta verdad que (tutelada por la monja irreal que me adoptó –sólo porque soy un hombre malo que no deja de ser bueno-) repartí desde el fuego martirial del Romero que, sin guardaespaldas serios, le ordenó a la jauría cesar la represión; recuerden el puño que hice unánime con el clamor de piedra que develó la certeza de saber que pensar a solas duele, casi tanto como que nunca sepa nadie de dónde putas soy, ni dónde está enterrada mi sonrisa.

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René Martínez Pineda
René Martínez Pineda
Sociólogo y escritor salvadoreño. Máster en Educación Universitaria

El contenido de este artículo no refleja necesariamente la postura de ContraPunto. Es la opinión exclusiva de su autor.

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