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jueves, 4 junio 2026
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Escrito en una servilleta: Las correntadas (2)

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René Martínez Pineda (@ReneMartinezPi1)

A las ocho y treinta de la mañana, se oyó un fuerte estruendo en la calle, un galope tan endemoniado como indescifrable, un bullicio de cosas y personas envueltos en un mismo grito. Todos salieron a ver cómo ese trueno pedestre barría cielo y tierra en un zzaass. Los ríos, Arenal y Acelhuate, enloquecieron hasta desbordarse, y sus correntadas hambrientas arrasaban con todo lo que hallaban a su paso. En tan sólo minutos, los barrios La Vega, San Jacinto y Candelaria, fueron cubiertos por el agua, dejando un rastro de luto inmediato en su camino.

Como pudieron –ella, rogándole al marido que no se olvidara de su hijo recién nacido; él, pensando en la pachita de, “Muñeco”, que olvidó bajo la almohada- se subieron al techo, huyendo de las correntadas fatídicas y fétidas que iban cargadas de camastrones, sillas, mesas, máquinas de coser, piedras de moler, roperos y ramas. En un santiamén, los barrios se convirtieron en una laguna café en la que, a la deriva, flotaban cuerpos, cuerpecitos, animales, cosas y desechos, mientras el cielo seguía frío, gris e impávido. Y, así como vinieron, así se fueron, para dejar a Isabel, y su belleza inmune al tiempo, extraviadas en el laberinto de la memoria, no obstante que su casa, siendo la más sencilla, fue la única que no sucumbió a las correntadas, extraño y bendito maleficio que ella, años más tarde, conectaría con su longevidad extrema y fuera de este mundo, llegando a creer, incluso, que le era imposible morirse como todos los demás, y que estaba condenada a ver pasar todas las desgracias futuras en las correntadas implacables de los años. Permanecieron ahí, durante tres horas, temerosos de que, al bajar, se toparan con uno de los más de cien cadáveres que, como pedazos de papel en un remolino, daban vueltas y vueltas y vueltas alrededor de su casa. Por fin tronó, en el cielo, a petición de doña Altagracia, la madre de él, quien se había tomado por asalto el nuevo hogar desde el primer día de casados.

Bajaron del techo, apartando el ruido con cuidado –para no perturbar la calma del cielo- e iniciaron un recorrido por las calles de los barrios -otrora copetudos y finos- en busca de conocidos y familiares, en busca de las pocas cosas que, al azar, la correntada dejó olvidadas. Abajo, todo era desolación y lodo. Las fábricas y oficinas fueron barridas. En la acera de enfrente, una mujer gritaba: ¡mis hijos! ¡dónde están mis hijos! e Isabel se apretó, para siempre y por instinto, contra el pecho de su marido. En la plazuela Candelaria, a unas cuadras de donde vivían, se toparon con el tranvía, el número diecisiete, volcado y sus dos mulas ahogadas. La oficina del doctor, Victorino Ayala, quien los casó en cómodas cuotas bimensuales, estaba patas arriba, al igual que el taller de don Pilar Landaverde, y la casa de los Cabrolier, inmigrantes de pocas palabras y menos favores, como el turco Abraham, que no paraba de reclamarle al cielo.

Los sobrevivientes, haciendo a un lado el dolor, se metían en la mugre gelatinosa dejada por los ríos, en un lance desesperado por rescatar la vida o, al menos, la cristiana resignación. En medio del caos, se podía ver gente de mejor vivir llegada de otros lugares, como doña Tula Mazzini de Meléndez, y la señorita Zaldívar, su profesora de música y manualidades.

Por la tarde, los damnificados fueron llevados al Gimnasio Municipal y a los teatros Colón, Principal y Variedades, propiedad de los señores Alfredo Mirón, Antonio Lara y Alfredo Trigueros Mena. La lluvia fue desplazada por un fuerte y gélido viento que hacía que las palabras regresaran a estrellarse en la cara, lo que hacía más difícil lidiar con la emergencia y el luto. Sólo se oían las ideas. Isabel, contemplando la calle con estupor -y con la absurda vergüenza del ileso- no supo cómo explicar el hecho de que sólo su casa no hubiera sido tocada por las correntadas. No tenía a mano una explicación que fuese más allá del milagro de los rezos.

Doña,Isabel Beatriz Esperanza de la Torre y Cortez, siendo ya una anciana centenaria, lucía cansada y friolenta, y sus ojos almendrados, que aún guardaban el misterio de lo dulce e incorruptible, habían recobrado el brillo con el que siempre supo amar, en silencio, a su marido. La encerrona del temporal parecía haber calado hondo en su memoria y, después de arreglar sus cosas, se pintó de rojo las uñas de los pies, para que lucieran presentables en el que sería ser su último recorrido. De esta noche no paso, le dijo a su marido, y no hubo respuesta. De esta noche no paso, repitió, en tono de terapia, mientras era estremecida por el trueno que le ponía fin al temporal. No te olvides del niño -le rogó, al marido- mientras salía a la puerta a contemplar la lluvia. No te olvides del niño, porque hoy si nos van a llevar las correntadas, dijo, suspirando de resignación y alivio. Había olvidado que su hijo dejó la casa cincuenta años atrás, como parte del primer contingente que huyó del país en busca de fortuna, y que su marido sólo pudo soportar esa encerrona con la soledad durante quince años.

René Martínez Pineda
René Martínez Pineda
Sociólogo y escritor salvadoreño. Máster en Educación Universitaria

El contenido de este artículo no refleja necesariamente la postura de ContraPunto. Es la opinión exclusiva de su autor.

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