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jueves, 4 junio 2026
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Escrito en una servilleta: La mujer más inteligente (1)

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René Martínez Pineda (@ReneMartinezPi1)

La mujer más inteligente y justa que he conocido es mi abuela. Estudió hasta tercer grado, nunca recibió clases de música o pintura, jamás leyó la declaración universal de los derechos humanos -aunque era una humanista empedernida-, descubrió que las papas a la francesa fueron inventadas en Perú, y patentó la idea de que “la historia es la vida en busca de personaje”.

A las cuatro de la madrugada, cuando la promesa del sol iba pasando por la caseta migratoria de Cuba, encendía la radio y, temblando de ira, oía las noticias de los asesinados del día, y los dedos de las manos no daban abasto; luego, para olvidar esa macabra realidad, se ponía a degustar, con los ojos cerrados, la música de tríos que la hacía suspirar por mi abuelo, y después salía al patio con la música pintada en los labios. Mi abuela se llamaba, María Lidia Valle, le encantaba leer a Verne y Shakespeare, resolver casos de factoreo, y beber un vaso de chicha, el día de los reyes magos, mientras describía la acuarela misteriosa del “burdel filosófico de la Calle Avinyó”, de Picasso, que, quien sabe cómo, apareció en la pared del cuarto en el que vivió sus últimos treinta años.

En diciembre, en esos años en los que el frío nocturno hacía visible la respiración, envolvía sus recuerdos más vulnerables y, con sumo cuidado, los acostaba en la cama para que entraran en calor y, así, salvarlos de una muerte segura. Tenía un carácter recio, las palabras agudamente directas y la mirada fulminante, pero se derretía de ternura, sin falsedad retórica, cuando veía a un niño en ayunas y, sin que nadie se lo ordenara, aprendió a compartir la comida, a decir sólo las palabras precisas, y a sentir sólo las pasiones hermosas. Yo me convertí, por antonomasia, en el asistente vitalicio de la crianza de los recuerdos de mi abuela, desenterré muchas veces los que le quedaron pendientes, y busqué leña para las fogatas de enero en las que, tiritando, invocábamos al Cura sin Cabeza y a La Ciguanaba, para olvidarnos, un rato, de la fealdad del imperio de los genocidas.

Otras veces, en las noches calientes de marzo y abril, después de oír en la radio el recital de poemas, en la YSKL, mi abuela me decía: hoy nos vamos a quedar toda la noche en el patio viendo las estrellas, para que compruebes que brillan más cuando la noche es más oscura. Y le tomé la palabra, y me introduje en esa fantasía dialéctica de la nostalgia cóncava, palabras eruditas que, hasta mucho después, me fueron presentadas en la universidad. Viendo las estrellas, el sueño entraba de puntillas, y la noche titilaba con los hechos y relatos alucinantes que, con amor inenarrable, ella desmenuzaba: fábulas de insurrecciones triunfantes que fueron empeñadas por quienes tomaron el camino incorrecto; cuentos de fornicación pública de la injusticia social, sin tabús hipócritas ni jueces comprados, a granel, por la infamia del ver, oír y callar; apariciones vocingleras de los héroes indispensables de la utopía que pregona amores inmunes a la chequera; asombros feroces de pueblos felices, y sin hambre, que no se pueden sobornar con la impaciencia como argumento político; peripecias de deidades hídricas y duendes furtivos que siembran la inspiración cotidiana, de Monseñor Romero, en el pecho de los indigentes de la palabra; muertes antiguas que nunca mueren, porque son la razón de ser de nuestra vida; metáforas de antepasados labrando la identidad cultural desde una mecedora de mimbre, más categórica que la prueba del puro; un perseverante murmullo de recuerdos y olvidos que me mantenía en vigilia, al mismo tiempo que, suavemente, me arrullaba hasta que perdía la batalla contra los párpados.

Nunca supe si ella amarraba las palabras al ver que me había dormido en el regazo de su relato, o si seguía en su labor de enculturación, para no perder el hilo ni malograr las pausas de suspenso. ¿Y qué pasó después, abuela?, preguntaba, aunque fuese una historia ya contada, y ella la enriquecía con nuevos incidentes, y entonces comprendí que el pasado es una historia en permanente construcción, cuyo arquitecto es la quinta pata de la nostalgia. Teniendo apenas quince años, en aquel tiempo en el que todos vivimos en peligro, sólo por ser jóvenes, ustedes supondrán que yo estaba totalmente seguro de que mi abuela, Lidia, era la dueña de todo el saber del mundo y la sacerdotisa de los embrujos que eran capaces de detener las balas, o hacerme invisible a los ojos de los escuadrones de la muerte, o mantener en el aire el avión en el que viajaría hacia lugares remotos.

Ella se levantaba antes que todo el mundo, porque era la única persona capaz de oír los primeros gorjeos del cenzontle y el frenético alarido del gallo sin traiciones, y algunas veces, cubriéndome con la mirada, me dejaba durmiendo unos minutos más. Al rato me levantaba y, bostezando ilusiones, repasaba, una a una, las hendiduras del techo, para inventar formas y buscar números cabalísticos que guiaran mis pasos. Mi abuela, al ver que me quitaba, de los ojos, el residuo de los sueños, ponía al alcance de mi mano una taza de café de olla y, por instinto maternal, preguntaba si no había tenido pesadillas genocidas. Si yo, con la voz entrecortada, le decía que había tenido un mal sueño de fantasmas o de muertos uniformados que me fusilaban de oficio, ella, poniendo su mano en mi cabeza, me tranquilizaba diciéndome que “hay que tenerles miedo a los vivos, no a los muertos”. Pensé, entonces, que mi abuela, a pesar de ser la mujer más inteligente que he conocido, no podía decodificar la perversión asesina de la dictadura militar que, con otro nombre y otro código postal, puso sus garras en nuestras vidas muchas décadas después, no obstante que, cuando se acostaba junto a mí, a contemplar el cielo sin más preocupación que ser detallista, era capaz de echar a andar el universo por el rumbo adecuado, usando apenas dos verbos, seis palabras, dos gerundios y siete adjetivos calificativos.

René Martínez Pineda
René Martínez Pineda
Sociólogo y escritor salvadoreño. Máster en Educación Universitaria

El contenido de este artículo no refleja necesariamente la postura de ContraPunto. Es la opinión exclusiva de su autor.

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