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miércoles, 3 junio 2026
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Escrito en una servilleta: La larga fila de la burocracia (1)

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"La maldición oprimido-opresor, en su tosca versión digital, nos tiene metidos en el infierno de la burocracia": René Martínez Pineda.

Por René Martínez Pineda.
X: @ReneMartinezPi1

La maldición oprimido-opresor, en su tosca versión digital, nos tiene metidos en el infierno de la burocracia, pero el fuego de la indignación aún es algo abstracto e ignoto. La universidad, imitando a la sociedad de control, resucita la esclavitud con los grilletes del reloj biométrico, y su purulencia se irradia como epidemia con efectos devastadores para la educación, porque -cualquiera sabe o debería saber- que la burocracia es enemiga de la creatividad que rompe los paradigmas científicos y educativos.

Quien, en silencio, agacha la cabeza bajo el hacha del verdugo sin rostro, se consuela pensando en que: sólo es una efímera y mala jugada del destino con código de barras; un castigo del dios de los burócratas, que pronto dejará de doler en la muela del juicio final; un asedio temporal y despiadado a la educación sociohistórica desde la trinchera del descuento salarial; un maleficio del triste ladino que se creía español y, sintiéndose tal, jugaba al capataz, con sus iguales, al nomás tener una risible cuota de poder, aprovechando la complicidad de quien tiene amputada el alma y le faltan… ¡los huevos han aumentado de precio y disminuido de tamaño!, denuncia, la niña Putasia, cada vez que va al mercado. Y, como último consuelo del condenado, cree que no hay vigilancia que dure cien años, ni espíritu que la resista.

Qué deprimente es comprobar la validez de que: “al que madruga, se lo lleva la corriente del reloj de los corrientes”. Realmente, es toda una hazaña del alma soportar los absurdos de los ordinarios capataces, fuertemente odiosos, sin quedar con las neuronas almidonadas, y es una hazaña, aún mayor, no mal-adaptarse a la mediocridad que, mientras leo el libro: “cómo amaestrar a los empleados sin que protesten”, acecha mi rostro para que el biométrico no tenga problemas en reconocerlo, a primera vista.

Es lamentable comprobar que, en la universidad pública, la educación significativa es una broma de mal gusto, o un bien que se ha contabilizado en las cuentas incobrables, y los sospechosos de tal crimen, de lesa dignidad, son aquellos que, después de la guerra: se afiliaron en la izquierda de cristal líquido; se autoproclaman académicos de rancia alcurnia, mientras un cargo no demuestre lo contrario; tienen membresía vitalicia del Engaño Country Club; carros casi nuevos que soportan pedos viejos; tarjeta dorada de viajeros frecuentes con fondos públicos; un pasivo laboral asegurado e inmediato; descuentos en el almacén donde venden lo último de la tecnología para controlar empleados específicos; y, para terminar de joder, tienen chofer las veinticinco horas del día.

Está bien, capataces fúnebres y tecnológicos, de gestos impersonales y caites con campanitas binarias, ustedes ganan, porque tienen el poder de la firma en la planilla mensual; porque no les incomoda ni les perjudica el deterioro de la educación, debido a que matricularon a sus hijos en otra universidad, para que no tuviera profesores igualitos a ustedes.

No hay forma de nadar, contracorriente, en el mar turbulento de la ignominia administrativa que impera porque no hay, a la vista, rebeldes con causa; no hay forma de flotar con el salvavidas de la apatía por conveniencia o cobardía; no hay forma de llegar a tierra firme, si el faro del pensamiento crítico está en manos de quien, mientras habla sobre él, construye muros custodiados por un reloj biométrico implacable para castigar, no para premiar; no hay forma de descubrir el nuevo continente del conocimiento propio, si el editor del saber es un burócrata que cree que un examen oral es algo venéreo, y cree que pasar encuestas es hacer ciencia.

Acepto que, esta especie de desahogo mudo, es como querer detener las olas del mar con las nalgas peladas; es esperar que los renglones torcidos de mi cuaderno de sociología de la educación, tuerzan la página para emparejar las historias triunfantes de la dignidad, ese sentimiento -no apto para perfectos imbéciles, diría Vargas Llosa- que se sazona en la biblioteca pública que, con amor cierto, guarda el eco de los maestros impresionantes que comprendieron el antagonismo entre dar clases y educar. Hace frío en el infierno de la burocracia, y el reloj se empecina en rumiar a los profesores, para recordarme que debo caminar, derechito y a la hora impuesta, en la dirección que indican las flechas blancas, de la larga fila de la burocracia, que fueron pintadas por la amnesia que cobija a los campus ciegos y a las pedagogías tuertas de los lobos; para que me resigne a hacer lo que está permitido hacer, y nada más; para recordarme que siempre debo entrar por la entrada y salir por la salida –después de pasar por el biométrico o pedir permiso, claro está- pues, esa es la condición para que ocupe el lugar que me toca en esa larga fila; esa es la condición para no ser excomulgado por los zapatos nuevos, los escapularios viejos, los perros pastores y los pastores perros; esa es la condición para cumplir con todos los pre-requisitos de la mediocridad académica posmoderna de una universidad pública líquida.

Está bien, depredadores de la mística laboral, promotores de la sed unánime, propietarios de la protesta docente en condición de encierro, doctores de derecha con birrete rojo, licenciadas anónimas… ustedes ganan, porque son los depositarios, ad honoren, de la agudísima voz de la conciencia burocrática, esa voz que maldice a los cuadernos universitarios cuando piensan por sí mismos, y maldicen las “malas palabras” por las verdades buenas que dicen… muchachito, ya te dije que “puta” es una mala palabra; y que “sumisión” es una palabra buena; esa voz que me zumba y retumba en los oídos, como neblina de traidores sucesivos que atrofian la conciencia crítica como álgebra esotérica.

René Martínez Pineda
René Martínez Pineda
Sociólogo y escritor salvadoreño. Máster en Educación Universitaria

El contenido de este artículo no refleja necesariamente la postura de ContraPunto. Es la opinión exclusiva de su autor.

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