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miércoles, 10 junio 2026
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Escrito en una servilleta: La gotera (2)

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"Porque para mí, y mi gotera, el día de la madre es el día en que usted se refugió en las nubes y, desde entonces, las gotas de lluvia son lágrimas furtivas": René Martínez Pineda.

Por René Martínez Pineda.
X: @ReneMartinezPi1

Justo en este momento, en que la lluvia redobla sus pasos, una gota amenaza con caer sobre el comedor. A ésta no la conozco, me agarró desprevenido; se queda temblando y viéndome, de reojo, desde el borde de la grieta, y, con un movimiento sensual de animal en brama, sube y baja y se estira, pero sin romperse; sube y baja y se estira, como hilo de aloe, pero no cae, no se suicida, sólo se balancea sobre mi cabeza. Va aumentando su peso, su diámetro, su amenaza, su materia, su furia, y se contonea de derecha a izquierda, y de izquierda a derecha, le dijo, moviendo los ojos como un péndulo.

Ya va a caer… y no cae, todavía no cae, de seguro quiere darme tiempo de poner la bacinica que le dé un tono, levemente metálico, al suplicio de la gotera, o para darme tiempo de sacar la lengua y capturarla, en todo su sabor a almizcle, antes de que explote en el suelo. Lástima que usted no está aquí para ahuyentarla. Está aferrada, con uñas y dientes, al borde de la grieta; no quiere caer, no quiere lastimarme, ni afligirme, ni ahogarme, y veo que -como una trapecista curtida en caídas mortales, sin red salvadora- se cuelga y se mece con maestría, mientras se le hincha la panza como si padeciera una rígida cirrosis climática. Aún recuerdo cuando usted me llevó al circo del payaso “Chocolate”, y juntos disfrutamos de un algodón de azúcar que tenía sabor a ternura. ¿Se acuerda?

Después de unos segundos colgando e hinchándose, le puedo decir, sin exagerar, que más que una gota de lluvia, es una ola de mar guindada con garbo diluviano, y puedo jurarle que no me ha enviado ni un telegrama de advertencia, desde el edificio del Telégrafo, que diga: aquí te voy. Plaasshhh, cae y se revienta sobre el comedor, -¿la escuchó?-, y luego corre y se desparrama para inundar el piso. Las siguientes gotas de lluvia -que, sin saberlo ellas, tienen como misión hacerme naufragar en tierra firme, ya con la ruta trazada por la pionera- se lanzan sin pensarlo. Antes de saltar, asoman la carita por el agujero del tejado, miden la distancia con los ojos, y, después de persignarse, se tiran de cabeza en caída libre. Las veo caer y despedazarse, y hasta puedo oír cómo se va formando un auténtico mar tenebroso dentro de mi casa, llevándole la contraria al tipo de la televisión que, viendo una pantalla verde, dice que no está lloviendo en ninguna parte del mundo, le dijo, sin pausas, para no malograr la charla, que más bien era un soliloquio.

El delirio invernal que me invade, me hace creer que veo las piruetas del salto mortal, sus brazos en forma de lanza, para abrirse paso entre las gotas desechas allá abajo, sus esquirlas salpicando los muebles, y el bramido de dolor que atestigua su suicidio. Goteras crueles, goteras portadoras de tristeza -la mía, por supuesto, no la de usted-, goteras ovaladas, gotas impías, gotas gordas, gotas frías, gotas bipartidas, gotas, gotas, gotas.  

En la calle, bajo el portal La Dalia, que ha sido maquillado y medicado contra el olvido -lástima que usted no puede ver cómo está- una mujer, levemente indigente, se sacude frente a los que juegan billar mientras esperan, pacientes, que la lluvia pase al terminarse el último cigarro y la penúltima cerveza- para librarse del agua acumulada, y se da cuenta de que su teléfono prepago, sin funciones extravagantes que se puedan presumir, ha dejado de funcionar, y que tiene la pantalla tan negra como el cielo que se cae sobre todos, gota a gota a gota. No hay nadie tan geométricamente diseñado para que pueda caber en un mundo al que no pertenece, o a lo mejor es un espectro provocado por las gotas cuando son atravesadas por la luz. El número que ha marcado no existe, o no existe la persona, por favor, intente de nuevo dentro de dos diluvios, en horas hábiles. Catedral a las tres y quince de ella, y yo, naufragado objeto gris y empapado, la veo desde las seis en punto, mientras trato de salir de la inundación de mi casa, que le pertenece al Banco, hasta que un finiquito diga lo contrario, usted sabe de esas cosas. Ya es de noche, y tanto la mujer que se sacude, como los transeúntes y los billaristas, saben que es hora de ir a casa.

Ella, llegará y se acostará con frío, y en el frío, porque su casa estará tan inundada como la mía, debido a que mis goteras son las suyas también, o al menos son idénticas. Y entonces, al igual que yo, antes de esconderse en la cama, ella meterá un pedazo de pan dulce en el café caliente de sus lágrimas, y retorcerá con demencia la ropa mojada. Al día siguiente, saldrá a vender nubes en labor de parto y, de seguro, se sacudirá de nuevo en el portal La Dalia, para sentirse más tibia y seca que los demás, que no saben el significado de una buena gotera.

Se lo digo en serio: el invierno está senil, y ya olvidó que el día que tiene asignado para enarbolar su tormenta más furiosa es el 14 de mayo, día de la madre, porque para mí, y mi gotera, el día de la madre es el día en que usted se refugió en las nubes y, desde entonces, las gotas de lluvia son lágrimas furtivas. Siguen cayendo gotas y más gotas en mi casa, parece que la lluvia ha decidido meterse, completita, en ella.

René Martínez Pineda
René Martínez Pineda
Sociólogo y escritor salvadoreño. Máster en Educación Universitaria

El contenido de este artículo no refleja necesariamente la postura de ContraPunto. Es la opinión exclusiva de su autor.

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