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miércoles, 3 junio 2026
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Escrito en una servilleta: Ahí, donde nacen los bostezos

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René Martínez Pineda (@ReneMartinezPi1)

Eso que los sociólogos funcionalistas, con disfunción civil, llaman “verdad objetiva”, es una temporalidad que, por dolorosa, es tangible en el imaginario de quienes la construyen, pero no lo es para ellos, que se ocultan tras libros ajenos para no tomar una posición personal. Eso que los sociólogos mortinatos llaman “realidad” -a la que visten con números impersonales y perfuman con citas bibliográficas anacrónicas, para tapar su subjetividad reaccionaria que reza porque el pasado, vuelva a pasar- es la “Ciguanaba”, que nos asusta, con sus tetas exprimidas, desde el primer paso que damos en su purgatorio social, ese lugar en el que nosotros somos los espectros.

A las 4:32 de la madrugada, la “Ciguanaba” pregona la condena de los que, siendo muchos, todavía inciden poco en la fijación del salario mínimo; a esa hora, el hambre es una hiena rabiosa que resguarda los archivos “X” de la corrupción; a esa hora, el amor es más útil que la política, y más nutritivo que el pan recién horneado en las manos de una madre sin fines de lucro. A las 4:32, mientras absorbía la silueta de la mujer que venció el frío, con el recuerdo de sus hijos, recordé los días de las excursiones en tren, a Esquipulas, esos días en que la pobreza nacional era una acuarela de niños chuñas y chorreados, a quienes les decía “adiós” “adiós” desde la ventanilla.

A las 4:32, la noche aún no había arriado su bandera, y la ciudad no había guardado sus ronquidos cacofónicos en el almario del centro histórico rescatado. Y entonces, me topé con los espectros que fueron gobernados por ladrones, y, sin embargo, se mantuvieron honestos; esos espectros que, elevando un rumor de ruegos, suben la cuesta enlodada por la tormenta de la pobreza… y salen limpios de ella.

A las 4:32, los espectros tiritan de frío en la parada del bus que los llevará al trabajo, a la maquila, al puesto del mercado, o al carrito de panes “mata-niños” que se planta frente al edificio de la constructora que, con el dinero estafado, sueña con tener filiales en Washington, Roma, New York y Madrid.

Los espectros de trabajadores, íntimos de la “Ciguanaba”, caminan orgullosos con sus zapatos viejos bien lustrados, color negro, para que combinen con todo, o para recordar el luto dejado por la delincuencia. Y desde aquí, los veo luciendo sus cinchos viejos, torcidos de tanto uso; veo sus caras desveladas, sus labios ocres, sus ojos atrincherados en las ojeras, sus manos entumecidas, su pelo untado con vaselina de lavanda o con saliva, su ropa bien planchada por el colchón. Unos, lucen corbatas estrafalarias que portan como si fueran de marca; otros, esconden las manos en la apatía de los bolsillos; las cuatro que están allá, por la Pizza Boom, ocultan su tedio con una capa hermética de maquillaje barato que dibuja sonrisas y mejillas tersas que suavizan la cicatriz del tiempo; las seis que están allí, en la Ceiba de Guadalupe, protegen, como si fuera un tesoro, la bolsa de panes con margarina vencida y huevo picado que serán su desayuno-almuerzo en el almacén.

A las 4:32, los espectros lucen felices de trabajar para don fulano, quien, a la hora de salida, manda a registrarles hasta el culo, para que no se roben nada, mientras él amaña los estados financieros para no pagar impuestos cabales, ni reportar las cuotas del seguro social. Todos con reloj, para contar los minutos… uno, dos, tres, cien, mil, que dura ese martirio que es incapaz de hacerles olvidar las cuentas de luz y teléfono; para contar los minutos que los separan del capítulo de la telenovela que, ayer, se quedó bien emocionante; o del partido de fútbol, que les hará olvidar su pesar en cada grito de ¡Goool del Barcelona, hijos de puta! A buena mañana, pensando en las cervezas que, por la tarde, les harán olvidar que son los olvidados, los malditos, los malos… los feos, cuya única esperanza es que el presidente se reelija, para que puedan reelegir seguir construyendo un mundo distinto al que sufrieron.

A las 4:32, van haciendo números para llegar a fin de mes, sin endeudarse mucho con el señor jubilado que puso una tiendita, para no sentirse un paria; haciendo números, para calcular los años de cuotas difíciles del televisor, blanco y negro, que sólo transmite comerciales y promesas de los presuntos candidatos que parecen tacuazines tratando de regresar a su madriguera; haciendo números con el premio gordo de la lotería, que nunca llega, porque no pueden comprar un vigésimo; haciendo números con las horas extras que no les pagarán, debido a que los ha maldecido la bendita flexibilidad laboral, aunque Adam Smith haya jurado, de rodillas, que “la economía capitalista tiene como fin liberar al individuo y darle libertad al trabajador de adquirir los productos que necesite y desee”; haciendo más números con los suspiros que se les escapan, como chiltotas, cuando ven las ofertas de las cosas maravillosas que no podrán comprar; haciendo números, para hallar la fórmula secreta que permita restarle dos dígitos a la leche, para sumárselos al ponche brujo de Izalco. Tronándose los dedos, comiéndose las uñas, halándose el pelo, sacándose los mocos, para ahuyentar el hambre que mal disimulan con el celular que nunca sueltan. Haciendo números y más números, porque las boletas de empeño aúllan en la madrugada, como perros encadenados, desde el día en que privatizaron las pensiones.

René Martínez Pineda
René Martínez Pineda
Sociólogo y escritor salvadoreño. Máster en Educación Universitaria

El contenido de este artículo no refleja necesariamente la postura de ContraPunto. Es la opinión exclusiva de su autor.

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