jueves, 20 junio 2024
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Escrito en una servilleta (3): La oposición política como voz del victimario (I)

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"La justicia para las víctimas de la delincuencia no será completa mientras no se esclarezca el asesinato de Roque Dalton y el de Monseñor Romero": René Martínez Pineda.

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Por René Martínez Pineda.

Verdad y mentira; justicia e impunidad; víctimas y victimarios; paz del criminal y guerra en las tumbas; ángeles y demonios; pizarras y ataúdes, esas son las dicotomías que surgen al combatir el crimen, y lo elemental en ellas es la verdad, porque sólo ella es revolucionaria. Como sociólogo comprometido con el pueblo, abordo la coyuntura desde los ojos y la voz de las víctimas sin voz, y para mí las anteriores no son paradojas o dilemas, porque la verdad, la justicia y las víctimas son los aspectos esenciales y únicos que le dan tinte moral a la definición de “derechos humanos”, y son las que posibilitan la sanación de las víctimas con los santos óleos de la no repetición. En la otra esquina está la oposición política que, siendo coherente con su previa complicidad, ha asumido el papel de ser la voz de los victimarios, pues, como dice el refrán, “no hay que morder la mano que te da de comer”.

Hay dos conceptos básicos para comprender la urgencia de combatir el crimen: víctimas y verdad. Pero ¿qué entendemos por víctimas? Para la sociología, las víctimas son la conciencia de la desigualdad, porque son la realidad del mundo de la impunidad y la explotación, y son, además, la realidad hiriente de las personas que, en tanto víctimas, son victimizadas a diario por los victimarios, disfrazados, muchos de ellos, de funcionarios públicos engolosinados con pactos de sangre. En esa lógica que sufrimos durante tres décadas, hay que ubicar a las víctimas tangibles, que son las que hay que conocer, defender y reivindicar aplicándole el castigo social a los criminales. En el caso de El Salvador, la justicia para las víctimas de la delincuencia no será completa -en tanto imaginario- mientras no se esclarezca el asesinato de Roque Dalton y el de Monseñor Romero; y los genocidios en El Mozote y el Sumpul, por citar víctimas simbólicas. Ahora bien, la lucha contra la delincuencia se ha convertido en una lucha transnacional por la forma en cómo el presidente Bukele la lidera, y, entonces, hay que trabajar con el ejemplo por llevar a los tribunales a los autores de crímenes de lesa humanidad en Suramérica; juzgar -del Juicio de Nuremberg al Juicio del Patio Trasero- el criminal bloqueo norteamericano a Cuba (por citar un caso entre mil); y resolver el problema de la delincuencia masiva en Centro América (en 2022, los costos económicos de la delincuencia en la región son del 12% del PIB), para que, como región, resolvamos sus causas como patria grande y deje de tratada como “bodega de delincuentes”.

En esa lógica, la verdad de las víctimas tiene, por acá, un tratamiento penal de los casos, y, por allá, la necesidad de ser “el” principio democrático en la esfera de la institucionalidad para construir, desde el territorio y con el Estado como sujeto social, la gobernabilidad democrática. Ahora bien, en el país no sólo tenemos a las numerosas víctimas, sino también a la fuerza perversa que, desde la política, la solapó y promovió como gran negocio económico y político, haciendo de la delincuencia, la impunidad y la mentira un factor estructural. Fue precisamente ésto lo que construyó una realidad que generó víctimas, y el “victimizarlas” con la impunidad se convirtió en una recurrencia histórica con estructuras internas y externas a los gobiernos del bipartidismo de facto.

Por otro lado, la verdad sobre la delincuencia no debe ser comprendida sólo como un instrumento para, aplicando el castigo social, hacer justicia a las víctimas al esclarecer los detalles de la victimización cotidiana, sus autores materiales e intelectuales, la impunidad que convirtió a los criminales profesionales en los “funcionarios invisibles u oscuros” del Estado, y la perversidad de los procedimientos jurídicos que los dejaban en libertad en setenta dos horas. La verdad por la que hoy lucha el pueblo, junto al presidente y su gabinete de seguridad, no es exclusivamente instrumental (encarcelar a los criminales), sino que es también simbólica y sociológica. Es simbólica porque la verdad sobre la delincuencia está en relación con la realidad que la produjo durante treinta años, debido a que tal realidad pujaba por decir -a través de las encuestas- en lo que la estaban transformando, siendo esa opinión mayoritaria la forma de denunciar la afrenta que se le hacía al desfigurar la delincuencia al plantearla como algo irresoluble, o incluso necesario, cuando se llegó al cinismo de afirmar que los delincuentes “cumplen una función social” que no había que eliminar. Y es sociológica porque la verdad es la conciencia de la totalidad del ser humano que siempre busca tenerla como premisa de sus relaciones sociales en todos los ámbitos de la sociedad.

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René Martínez Pineda
René Martínez Pineda
Sociólogo y escritor salvadoreño. Máster en Educación Universitaria

El contenido de este artículo no refleja necesariamente la postura de ContraPunto. Es la opinión exclusiva de su autor.

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