Por Alonso Rosales
La publicación de 19 fotografías del patrimonio de Jeffrey Epstein por parte de los demócratas del Comité de Supervisión de la Cámara de Representantes volvió a sacudir —otra vez— los cimientos del poder político y económico de Estados Unidos. Las imágenes muestran a Donald Trump, Bill Clinton, Bill Gates, Steve Bannon y otras figuras de alto perfil posando junto al depredador sexual más infame de las últimas décadas. Es material nuevo, pero la historia es la misma: demasiados hombres poderosos orbitando alrededor de Epstein, y demasiadas preguntas que siguen sin respuesta.
Mucho se había discutido ya sobre los vínculos de Epstein con la élite estadounidense. Conocíamos fotos antiguas de Trump en los años 90, historias de vuelos, fiestas y favores. Sin embargo, esta nueva colección de imágenes —censuradas parcialmente para proteger a mujeres posiblemente víctimas— desmonta la narrativa de la “amistad casual” y vuelve a encender las alarmas sobre la cercanía, la frecuencia y la comodidad con la que múltiples figuras públicas compartieron espacios con un hombre del que era imposible no sospechar.
Los demócratas insisten en que estas fotografías solo refuerzan la urgencia de desclasificar todos los archivos del caso. Y tienen razón en algo fundamental: el país merece saber. Pero tampoco hay que olvidar que cada paso que dan está cargado de intención política. Las fotos se publican a las puertas de un proceso de desclasificación que Donald Trump prometió en campaña, pero retrasó ya desde su regreso a la Casa Blanca.
El presidente republicano afirma que rompería con Epstein antes de que el financista fuera condenado. Gates y Clinton han negado complicidad alguna. Bannon sostiene que sus contactos fueron “superficiales”. Pero si algo demuestran estas imágenes es que, al menos visualmente, la relación existió, y existió más allá de una coincidencia social o un encuentro fortuito.
La indignación pública ha crecido no solo por la presencia de estas figuras, sino por el contexto político: tres jueces federales autorizaron la desclasificación progresiva, y el Congreso ya aprobó la ley que obliga al Departamento de Justicia a revelar cerca de 100.000 páginas de documentos. La presión es bipartidista: demócratas que ven una oportunidad para incomodar a Trump y republicanos que no quieren cargar con el costo de proteger los secretos de Epstein.
La pregunta clave es otra:
¿Se busca realmente justicia para las víctimas, o simplemente puntaje político?
La obsesión mediática se centra en quién aparece en las fotos, pero no en lo que esas imágenes representan: una red informal de poder, riqueza, privilegio y silencio. Mientras los grandes nombres se defienden, se contradicen o acusan motivaciones políticas, el núcleo del escándalo —los abusos, el tráfico sexual, la explotación sistemática— termina desdibujado.
La mayor tragedia del caso Epstein es que, durante décadas, demasiados sabían algo, pero casi nadie dijo nada.
La desclasificación total podría revelar complicidades, omisiones y decisiones institucionales que permitieron que Epstein operara con impunidad. Pero también podría confirmar lo que muchos temen: que el sistema no falló; funcionó tal como estaba diseñado, protegiendo a quienes tienen poder y sacrificando a quienes no lo tienen.
Las fotos son apenas un recordatorio visual.
Lo verdaderamente importante sigue oculto en miles de páginas que el gobierno aún no libera.
Y si la clase política estadounidense —ya sea Trump o sus opositores— realmente quiere demostrar que está del lado de las víctimas, no basta con difundir imágenes incómodas.
Debe garantizar que toda la verdad salga a la luz.
Y asumir las consecuencias, caiga quien caiga.
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