spot_imgspot_img
spot_imgspot_img
jueves, 05 de agosto del 2021

Enero 22 de 1932: una masacre infernal

Hace 87 años, el 22 de enero de 1932, la dictadura militar de Maximiliano Hernández Martí­nez, sacudió las conciencias de El Salvador y del mundo, al ordenar la ejecución de la más sangrienta e infernal masacre de heroicos campesinos salvadoreños.

Hernández Martí­nez, llamado también el “Brujo de las aguas azules”, por su tendencia a usar aguas de ese color en sus curaciones y pregonar el conocimiento del esoterismo o una especie de brujerí­a, intentado hacer girar toda realidad humana alrededor de los efluvios provenientes de la tierra, era el presidente salvadoreño que el 22 de enero de 1932, habí­a ordenado la masacre de más de 30 mil campesinos en la zona occidental del paí­s, especialmente en los contornos de Izalco, en cuya plaza y con lujo de barbarie fue capturado y ahorcado el cacique Feliciano Ama.

Lo anterior explica por qué el partido ARENA, por identificación ideológica, siempre inicia su campaña electoral en Izalco en cada periodo eleccionario; bien, en solidaridad con los perpetradores de la masacre, o en un intento fallido tal vez, de borrar la negra imagen de aquel horrendo crimen, perpetrado por militares ideológicamente afines.

La masacre fue promovida, cohonestada e impulsada por la burguesí­a salvadoreña; desde luego, bajo control y dirección del Gobierno a través del ejército y la Guardia Nacional. El pecado de los campesinos fue reclamar sus derechos prediales, la expropiación de tierras comunales, el maltrato y la explotación y plantear otras justas demandas a los terratenientes, quienes, furiosos, se apoyaron como siempre en el ejército para que detuviera, a sangre y fuego, la sublevación campesina a la cual, para que tuviera más desprestigio, dieron el mortal calificativo de insurrección comunista. El Partido Comunista Salvadoreño (PCS) tuvo significativa injerencia, a través de la participación de lí­deres como Farabundo Martí­, Mario Zapata, Alfonso Luna, Miguel Mármol y otros. Al final, se impusieron la tiraní­a y el ejército despiadados.

– Misión cumplida, mi general- dirí­a el ejército a Hernández Martí­nez.

– Solo 30 mil muertos o un poco más -se ufanaban los militares, con ironí­a…

Pero todo tiene un principio y un final. Y el final del martinato llegó doce años después, con el levantamiento militar del 2 de abril de 1944, producto del descontento general contra el dictador. En la capital, crecí­an la efervescencia ciudadana y el afán de lucha. Los distintos sectores organizaron clandestinamente una huelga de brazos caí­dos, con algún liderazgo de la Asociación General de Estudiantes Universitarios Salvadoreños (AGEUS).

El 28 de abril de 1944 se decreta la huelga universitaria; el 2 de mayo cesaron las labores en las fábricas y se detuvieron los ferrocarriles; los bancos y los almacenes cerraron el 3 de mayo, y el 4 se sumaron a la huelga los empleados públicos. Así­ se suspendí­a la actividad completa de la Nación, lo cual hizo nacer y crecer la preocupación del arrogante dictador.

Durante una nutrida manifestación, el 7 de mayo, el agente de seguridad Juan Arnoldo Reyes Baires disparó, sin objetivo fijo, a un grupo de estudiantes y su bala mortal hizo blanco en el joven José Wright Alcaine, ciudadano norteamericano y de reconocida familia de El Salvador. Hubo indignación y reclamo contra Hernández Martí­nez, no solo de la población salvadoreña sino también del gobierno de los Estados Unidos, a través de su embajador, Walter Thurston.

Y Hernández Martí­nez cayó. El 9 de mayo huyó hacia Guatemala, después de depositar el mando en el Vicepresidente, general Andrés Ignacio Menéndez, a quien apodaban “Cemento armado”. Se fue sin pena ni gloria, después de tanto poder ejercido a través de las armas, desde el brutal genocidio perpetrado contra la heroica resistencia de miles de compatriotas en 1932. Una estela de sangre y de muerte iba quedando tras la partida del dictador.

Años más tarde, después de recorrer el largo camino de su exilio por distintos paí­ses, el 15 de mayo de 1966, Hernández Martí­nez fue asesinado en su finca de Jamastrán, en Honduras, y su verdugo fue Cipriano Morales, su propio ayudante y hombre de su mayor confianza. A Hernández Martí­nez, la sociedad salvadoreña no le perdonará nunca el genocidio infernal de enero de 1932; y también, inevitablemente, siempre invocará la tradicional sentencia “quien a hierro mata a hierro muere”.

spot_img

Últimas entradas