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viernes, 21 agosto 2026

Dos tipos de educación superior

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Por Luis Armando González

“Es respecto  de  la  cultura  y  a través de la palabra eficaz como  el universitario  debe ser beligerante”

Ignacio Ellacuría, 1975.

Tan pronto como me convertí en estudiante universitario, en marzo de 1983, comencé a asimilar la filosofía de la educación que, en la UCA, el P. Ellacuría y el equipo de jesuitas que lo acompañaban –entre otros, Jon Sobrino, Jon Cortina, Segundo Montes, Amando López, Ignacio Martín-Baró y Juan Ramón Moreno— venían impulsando desde la década anterior. Y esta filosofía educativa, además de un fuerte componente cognitivo y humanista (filosófico, literario y científico-técnico), tenía un componente social-estructural: formar una élite intelectual de altos quilates que no estuviera al servicio del orden establecido, sino que aportara su saber y capacidades para la construcción de un proyecto socio-económico y político alternativo a aquél.

En ese propósito no había cabida para la mediocridad académica ni para las autolimitaciones sobre el tiempo y la dedicación requeridos para adquirir una educación universitaria de la mayor calidad. A quienes trabajaban y estudiaban, el P. Ellacuría les decía: “no pidan un trato condescendiente porque trabajan; tienen que dedicar a sus estudios el mismo tiempo que dedican los que no trabajan, porque si no van a estar en desventaja respecto de ellos”.  La visión de Ellacuría no era arbitraria o inhumana, sino absolutamente justa y realista: el no pertenecer a la élite de poder económico y político no significaba que los sectores sociales subalternos tenían que recibir una educación universitaria mediocre y de mala calidad, sino todo lo contrario, pues el conocimiento riguroso era la mejor herramienta emancipatoria con la que podían contar.

Con ese planteamiento de fondo, la UCA se definió, a mitad de la década de los años setenta del siglo XX, como una universidad para el cambio social. Arrebataba a los sectores dominantes del país la posibilidad de impulsar una educación superior que estuviera en función exclusiva de sus intereses. La universidad para el cambio social –que ofrecía una educación superior del máximo nivel— fue una dura espina clavada en la mezquindad, abusos y prepotencia de los sectores oligárquicos que, a regañadientes, siguieron matriculando  en la UCA a sus hijos e hijas.  No obstante, ambicionaban otro tipo de educación para sus vástagos y para quienes entrarían a trabajar en sus empresas en puestos clave. Una opción fueron los estudios en el extranjero, que tuvieron como principal destino universidades de E.E.U.U.; otra opción fue la creación de instituciones educativas hechas a la medida de sus intereses, lo cual se tradujo en la creación de un par de universidades privadas que buscarían disputarle el espacio académico a la UCA. 

Hablamos de los años ochenta del siglo XX, cuando la guerra civil está en pleno apogeo, pero también cuando la globalización neoliberal despunta con fuerza. La convicción de que el conocimiento es poder –sobre si se trata de uno conocimiento científico técnico que potencie o se integre en los negocios— se afianza en las élites empresariales alrededor del mundo. Y por supuesto que llegó a El Salvador y un segmento del empresariado –los “ricos más ricos” de inicios de la década de los años noventa—  se optó por encauzar sus negocios hacia un ámbito en el cual los saberes científico técnicos y administrativos económicos –libres de cualquier compromiso humanista o de cualquier actitud crítica hacia el orden establecido— fueran una pieza clave.

Se pusieron a ello, con la mejor disposición de que su filosofía y sus recursos se tradujeran en las instituciones que formarían a los suyos.  Una vez finalizada la guerra civil, con la reforma educativa de Armando Calderón Sol y de ahí en adelante se suscitaron distintas dinámicas (sociales, culturales, económicas y educativas) que favorecieron la implantación de una educación superior de dos tipos: una, con fuertes exigencias académicas  impartida en instituciones  creadas expresamente para formar a cuadros que se integrarán en las distintas áreas del sector empresarial; y otra con débiles exigencias para el resto de los sectores sociales, de los cuales lo único que importa es que trabajen en lo que sea y que consuman lo que el mercado les ofrece. La pandemia por coronavirus en 2020 favoreció que el deterioro de esa “otra” educación superior se siguiera profundizando.

PJ Ignacio Ellacuría

La no presencialidad, la virtualidad, los usos tecnológicos y ahora la inteligencia artificial han contribuido y siguen contribuyendo a que la brecha entre los dos tipos de educación se amplíe. Y mientras que quienes han planeado e institucionalizado una educación superior de buena calidad para los suyos (para quienes dirigirán o serán claves en sus negocios) son conscientes de lo que hacen, quienes reciben una educación  superior deficiente y de mala calidad lejos de ser conscientes de ello, y preocuparse por la situación, se muestran satisfechos, cómodos y felices.

Es algo paradójico: a los ricos del país les preocupa que los suyos reciban una excelente educación y son conscientes de que eso requiere tiempo para el estudio, condiciones óptimas, elevadas exigencias académicas y presencialidad.  Pero ellos mismos, desde sus negocios y publicidad, alientan y promueven para el resto de la sociedad una educación de muy baja calidad y en condiciones escasamente óptimas. Y otra paradoja: los destinatarios de esa educación de baja calidad, lejos de mostrarse molestos, se muestran satisfechos ante una situación ciertamente escandalosa. Claro está: los primeros son conscientes de que una educación superior de calidad para los suyos es crucial para mantener y ampliar su poder económico que, en definitiva, también es político. Quieren que los suyos reciban todas las horas de clases que sean necesarias, que tengan bibliotecas, laboratorios y profesores exigentes.  Los segundos no son conscientes de que el conocimiento no puede dejarse en manos exclusivas de quienes dominan a la sociedad, no son conscientes de que una educación superior de calidad, a la que tienen derecho, puede ser una herramienta emancipatoría, una herramienta para poner límites a los poderosos. No son conscientes de lo importantes que es que reciban muchas clases, que lean muchos libros, que escriban, que experimenten y que investiguen. Tal cual lo soñó el P. Ignacio Ellacuría.

Y hay algo grave: una educación superior deteriorada y de baja calidad para la mayor parte de la población empobrece la cultura intelectual de la sociedad, cierra las puertas a la innovación, a la creatividad y al debate de ideas crítico e informado. No es una buena apuesta nacional –para la construcción de un proyecto de nación perdurable, equitativo y democrático— que la educación superior de calidad se concentré en un segmento reducido de la sociedad y que, en sus objetivos y contenidos, esté en función exclusiva de los intereses de los grupos de poder económico. La formación recibida podrá ceñirse a los más altos estándares científico técnicos, pero será ciega ante las implicaciones sociales, culturales o ambientales que se derivan del  uso de lo científico técnico en empresas y negocios.

Es necesario, por tanto, fomentar una educación superior de la mayor calidad que no sea servil al poder y que no sea ciega a las implicaciones sociales, culturales o ambientales del conocimiento. O sea, una educación superior de la mayor calidad científica, filosófica, humanista y técnica. No tengo idea de cómo se hará esto e incluso, siendo pesimista, llego a pensar que ya es demasiado tarde para intentarlo y la educación superior a la medida de la élite de poder económico hará desaparecer más temprano que tarde la “otra” educación. Quisiera equivocarme en esta ingrata “predicción” de una situación tan trágica pero, si llega a darse, me quedará la amarga satisfacción de haberlo vislumbrado.

     

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Luis Armando González
Luis Armando González
Filósofo, historiador, académico y colaborador de ContraPunto

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