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martes, 03 de agosto del 2021

En el país de la impunidad

Había una vez un país donde los criminales con orden de captura internacional eran condecorados. Donde esos mismos criminales, elevados al pomposo rango de honorables diputados de la nación y jueces, se daban palmadas en la espalda y se juzgaban a ellos mismos con toda benevolencia. Donde las instituciones, amenazadas y secuestradas por estos mismos criminales, se habían convertido en lugares para tomar whisky y sobarse mutuamente las espaldas.

Un lugar donde todos los culpables eras inocentes y entonces, qué remedio, no había quedado más opción que culpar a las víctimas. Que porque la niña se dejó tocar a plena luz del día; que porque las mujeres los provocan; que porque las disidencias sexuales se exponen al riesgo; que porque los reos merecen morir de tuberculosis. Exactamente lo mismo que ayer: que desaparecieron porque algo habrán hecho; que fueron torturadxs porque algo sabrían; que fueron masacrados cientos de niñxs en El Mozote porque, ya sabe usted, por las dudas. Si quienes juzgan y hacen la ley son en realidad los criminales, ¿qué justicia podemos esperar de ellos? ¿Con qué nueva mentira querrán convencernos de la verdad?

Somos una sociedad unida por una red asfixiante de impunidad. La impunidad es nuestro lazo. Ese es nuestro “ser nacional”. Somos el país de la impunidad. Una gran tumba a cielo abierto donde se acumulan lxs muertxs de ayer, lxs muertxs de hoy. Mientras hablamos de leyes, de correlación, de prórrogas, de consultas, seguimos en este vano ejercicio de tapar el sol con un dedo. Seguimos en esta fosa a cielo abierto viendo como el país se hunde y apesta con el peso muerto de sus palabras, de sus omisiones, de su escandalosa incapacidad de hacer justicia, de su tremenda cobardía ante la verdad.

Nuestras instituciones no son más que una máquina de fabricar excusas.

Mientras, nosotros y nosotras seguimos sin saber dónde están nuestras madres, nuestros hermanos, nuestras tías, nuestras abuelas. Nos seguimos atorando con su recuerdo en cualquier esquina, en cualquier parada de buses. Escuchamos como nos llaman cada año con los vientos tardíos de noviembre. Y nos juntamos para recordarnos los pedacitos de verdad que han quedados clavados en la memoria, a salvo de todos ustedes. Y nos estamos encontrando, y nos estamos abrazando, y hagan lo que hagan, nos sentimos más fuertes y más juntos que nunca. Con la paz tranquila que da saber que ustedes tienen los días contados, y que nosotros heredaremos esta tierra y haremos de esta enorme tumba un jardín. Aunque nos cueste. Como nos ha costado siempre.

Queremos dejarlo claro: no esperamos nada, absolutamente nada bueno de ustedes. Hagan lo que hagan, siempre serán para nosotras y para la historia esos asesinos cobardes que ni a pedir perdón se atrevieron.  Y no esperamos nada de ustedes porque los conocemos muy bien, y sabemos que no tienen nada que aportar para la paz que nosotros y nosotras ya hemos empezado a construir. Que no suman nada. Que restan. Que son el resto que dejaremos atrás más pronto que tarde. Porque no importa cuántas prórrogas pidan. La historia los alcanzará. La justicia los alcanzará. Hasta nuestro perdón los alcanzará, porque no pensamos dejarles siquiera su propio odio.

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