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viernes, 5 junio 2026
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Elogio moral de las malas palabras

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Nelson López Rojas

En mi nuevo libro de cuentos Lo que ellos llaman amor, se decidió poner una nota al estilo Netflix en la portada sobre sexo y lenguaje inapropiado. Y esa nota es una advertencia porque quien lo lea estará expuesto a las malas palabras que se usan. Sí, malas palabras. Y es que hay algo intrínsecamente sospechoso en la expresión “malas palabras” como si las palabras tuvieran antecedentes penales, o como si algunas despertaran cada mañana con vocación delictiva y otras, bien peinadas, asistieran puntuales a la misa del padre que en privado me dice que ni a verga va a ver Cumbres borrascosas. Cuestión de semántica.

¿Quién decidió la maldad de las palabras? ¿Una academia? ¿Un concilio? ¿Alguna madre con ceja levantada? ¿Alguna directora de algún Liceo Cristiano?

Fúnenme si quieren, pero ni las palabras ni la gente nacen malas, lo que ocurre es que las sociedades reparten prestigio lingüístico con arbitrariedad, prejuicio y una clara preferencia por los primogénitos. Recordemos al maitrito Dr. Andrés Bello quien dijo que nuestro “voseo” –usar el vos en lugar del tú— era abominable. Y ahí va la gatada a usar el tú para oírse mejor. Uta. Mirá, así como hay colonias “buenas” y colonias “complicadas”, hay vocablos nobles y vocablos sospechosos. A estos últimos se les llama vulgares, palabra que originalmente solo significaba del pueblo, hasta que el tiempo la cargó de desprecio y desprestigio así como nosotros le reprochamos a la gente del campo que habla “como indios” como si ser indio (en todo caso sería indígena) fuera defecto. Las malas palabras tampoco son defectuosas, más bien son intensas y ya ves lo que dicen de las intensas.

Conozco a alguien que en lugar de decirle “tonto” a su hijo, le dice “pendejo” con énfasis en la P y deja que la N llene su cavidad nasal. No se trata de moral, sino de la física del lenguaje, de la fonética, de las consonantes que estallan, vibran, golpean y se atropellan unas con otras. El insulto tiene que oirse bien para que sea de impacto, eficaz.

Hay insultos que son irremplazables, y no es porque falten sinónimos, sino porque faltan equivalentes acústicos. La emoción condensada en llamarle “mierda” a alguien o a algo necesita una forma breve, sonora y contundente para salir. Y por eso a Bad Bunny no le sale ofensivo cuando dice que a él le vale un pito lo que a ti te vale velga.

Las palabrotas –otro apodo para las palabras sonoras— funcionan porque atraviesan zonas prohibidas en el cuerpo, el sexo, la excreción, la madre y hasta lo sagrado. Cuanto más se prohíben, más energía acumulan. Por eso los niños se esconden y juegan a insultarse para liberar esa electricidad que causa la censura y el tabú. Y de ahí los eufemismos para aliviar esos contextos sensibles—esas “M…” seguidas de puntos suspensivos— no son más elegantes ni más educadas, es simplemante una forma hipócrita de reconocimiento. El lector o los niños completan mentalmente la palabra disfrazada y se ríen de la estupidez del emisor.

Esta intuición mía no es solo cultural ni literaria. Investigaciones realizadas en Keele University mostraron que personas que repetían una palabrota mientras mantenían la mano en agua helada toleraban el dolor físico hasta un 33 % más que quienes repetían palabras neutras. No servían palabras inventadas ni sonidos fuertes sin historia, solo funcionaban las palabrotas reales.

Cuando puteamos a alguien, encarnamos una memoria emocional que pasa por el cuerpo antes que por el diccionario y sale para producir efectos sociales. Y antes que me putiés y digas que solo hablo babosadas, mirá el trabajo de científicos de la jayanada que me apoyan en este devagar. Antonio Damasio mostró que pensar es, en buena medida, seguir señales corporales. Aquí entra la neurociencia afectiva de Jaak Panksepp quien propuso que existen sistemas emocionales básicos —ira, miedo, búsqueda— anteriores al lenguaje. Y aquí es cuando mi culta amiga la bibliotecaria grita ¡Ay mierda! cuando el Uber que compartía con otros académicos dio un frenazo. Vaya mierda.

Una sociedad democrática necesita libertad de expresión. Sin ella no hay crítica ni pluralidad. Pero también necesita condiciones mínimas de igualdad discursiva, pero el insulto sistemático, especialmente desde posiciones dominantes, erosiona ese espacio.

No seamos moralistas intentando purificar el idioma. Entendamos que el lenguaje es un territorio donde conviven lo sagrado y lo sucio, PLGP, lo delicado y lo brutal, y entender que la libertad expresiva no consiste en hablar sin límites, sino en saber el peso exacto de cada sílaba antes de lanzarla al aire. El problema no es que existan las malas palabras, sino cómo, cuándo y contra quién se usan. Hay que insultarnos de forma equilibrada, como todo en la vida. Eliminar toda intensidad emocional empobrece el lenguaje y falsifica la experiencia humana. Permitir el insulto como arma permanente convierte el espacio público en un campo de desgaste. Y se dan ambas cosas, dependiendo de lo que se quiera lograr: ¿descarga o ataque?, ¿catarsis o degradación?, ¿exabrupto ocasional o patrón estructural?

¿Qué saca el sublime lector después de haber leído tremenda pendejada? Hay que saber putear con responsabilidad, como quien sabe usar un arma o una máquina peligrosa. Una mala palabra no se evapora al ser pronunciada y una vez sale no tiene marcha atrás. No se corrigen con una disculpa ni con un “quise decir otra cosa”. No se neutralizan con una aclaración posterior. Una vez dichas, ya hicieron su trabajo en el cuerpo del otro, en el propio, y en el espacio compartido. Saber putear implica entender que cada palabrota es una decisión expresiva, no un accidente; que intensifica, pero también compromete; que libera, pero también expone. La libertad expresiva no consiste en usar todo el repertorio todo el tiempo, sino en hacerse cargo de lo que se activa cuando se lo usa.

Putear, amigos, no es ni pecado ni virtud. Y como toda palabra cargada, una vez lanzada al aire, ya no se puede desdecir.

Nelson López Rojas
Nelson López Rojas
Catedrático, escritor y traductor con amplia experiencia internacional. Es columnista y reportero para ContraPunto.

El contenido de este artículo no refleja necesariamente la postura de ContraPunto. Es la opinión exclusiva de su autor.

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