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jueves, 06 de mayo del 2021

Elogio a la serenidad

Este año estoy dentro de un grupo de lectores, en el cual leemos mes a mes un libro de acuerdo a unos criterios preestablecidos entre todos los participantes. El grupo es heterogéneo y descubrimos los intereses literarios de todos, hablamos sobre los textos que leemos y compartimos información relacionada al placer de la lectura.

Es realmente gratificante, más allá del gusto por la lectura, encontrar otras personas que comparten la misma afición y más hoy en dí­a que parece que poco a poco los amantes de la lectura nos convertimos en una sociedad o hermandad secreta, de seres extraños, que aún se regocijan con una buena novela o se conmueven al leer poesí­a.

Leer es una actividad que nos permite desconectarnos del vertiginoso mundo en que actualmente vivimos. Somos parte de una sociedad que nos demanda la prisa constante; todo debe de ser rápido: la producción laboral, el disfrute, hasta las relaciones. Todo es momentáneo, el apresuramiento es un valor; nada pareciera requerir esfuerzo, paciencia y tesón. Es preocupante saber que nuestras vidas se ven impulsadas a desarrollarse en la urgencia, incapaces de disfrutar de la calma, la contemplación y la meditación, que solo se consiguen a través del sosiego.

La época de adicción tecnológica que nos ha tocado vivir pareciera que nos imposibilita a tener tiempo para el silencio, la reflexión ponderada y el pensamiento crí­tico. En cambio, el bullicio, lo fugaz, lo efí­mero son los rasgos del mundo actual. “Nada es importante, nada es decisivo, nada es definitivo”, afirma el filósofo surcoreano Byung-Chul Han.

Según la UNESCO: "Las tecnologí­as digitales están cambiando a un ritmo cada vez más creciente el modo en que las personas viven, trabajan, se instruyen y socialibilizan en todas partes del mundo”. Y nosotros somos testigos de este cambio social; todas las relaciones humanas están mediadas por las nuevas tecnologí­as: las interrelaciones, el conocimiento, la información, el trabajo, la familia, la escuela, todas esas áreas de nuestras vidas están atravesadas por la tecnologí­a.

Zygmunt Bauman lo define con claridad meridiana: “Es una paradoja de nuestro tiempo. Ahora tenemos acceso a más información que nunca. Al mismo tiempo, los jóvenes actuales nunca se habí­an sentido más ignorantes sobre qué hacer, sobre cómo manejarse en la vida”.

Cuando los estudios nos indican que el ser humano pasa conectado (desde diferentes tipos de plataformas tecnológicas) entre siete a nueve horas diarias, no hay duda que la capacidad de relacionarnos se ve gravemente modificada. Hoy dí­a somos la evolución del homo videns del que habló Giovanni Sartori, en donde gracias al progreso tecnológico, la primací­a de la imagen gobierna sobre el aparato cognoscitivo del homo sapiens.

Si pasamos 9 horas diarias mirando, smartphones, tabletas, laptops y televisores (algunas veces todo a la vez), el tiempo que deberí­amos descansar, lo dedicamos a mirar contenidos laborales, de ocio o informativos. Con este nivel de consumo de información: ¿Qué tiempo tenemos para descansar? ¿Qué tiempo tenemos para no hacer nada? ¿Para contemplar un atardecer? ¿Para ir al parque con los hijos y simplemente jugar? Pareciera que ya no tenemos tiempo para eso. Pareciera que las redes sociales invaden todos los espacios y diluyen las relaciones humanas. “La tecnologí­a promueve la desaparición del hombre interior”, nos dice el escritor Horacio Castellanos Moya. Vivimos actualmente en una especie de mundo Orwelliano, en el cual El Gran Hermano es lo tecnológico.

Por eso aprecio tanto el placer de la lectura, porque en el mundo en que vivimos, me permite tener un oasis para mí­, en que el tiempo se detiene, viene la calma y puedo interiorizar. Hoy más que nunca debemos buscar espacios para la tranquilidad, para mirarnos desde adentro y reflexionar sobre nuestras vidas; darnos tiempo para estar calmados, serenos, para poder disfrutar de los placeres de la vida hogareña, la meditación, el estudio o el cultivo de algún pasatiempo. Debemos defenderlos como momentos valiosos, en que nos recargamos y podemos seguir adelante en esta vorágine de nervios, apresuramiento y excitación perenne.

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Manuel Vicente Henríquez
Columnista de ContraPunto https://twitter.com/Pregonero_SV

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