Por Alonso Rosales
Elena, tu nombre aún pesa en mi boca
como una fruta madura a punto de romper,
decirlo es volver a la carne que provoca
ese temblor que no sabe obedecer.
Te recuerdo con hambre, no con nostalgia,
con el cuerpo despierto y la razón atrás,
eras sudor lento, eras fiebre sin rabia,
eras quedarte sin preguntar más.
Mi piel aprendió tu temperatura,
tu modo exacto de entrar en mí,
cómo tu cintura dictaba la altura
del deseo que no quería dormir.
Había noches donde no hablábamos,
porque el lenguaje estorbaba al sentir,
tus muslos decían todo lo que éramos
y yo respondía sin resistir.
Elena, eras roce que incendiaba,
boca que sabía dónde insistir,
tu espalda se arqueaba y el mundo paraba
como si nada más fuera a existir.
Recorrerte era un acto lento,
casi devoto, casi animal,
mis manos sabían el argumento
de tu piel pidiendo algo más.
No era prisa, era profundidad,
era entrar sin ruido, sin miedo, sin Dios,
quedarnos suspendidos en la humedad
donde el deseo se vuelve los dos.
2017 fue tu respiración en mi cuello,
fue aprender el pulso de tu placer,
cómo tu cuerpo, abierto y sincero,
me enseñó otra forma de ser.
Aún recuerdo el después del incendio,
tu cuerpo rendido junto al mío,
el silencio espeso, el sudor y el tiempo
detenido en un suspiro tardío.
Si hoy te extraño no es solo el tacto,
es la forma brutal de la conexión,
cómo éramos carne sin pacto
y aun así éramos unión.
Elena, hubo noches donde mi nombre
salía de tu boca como verdad,
y yo entendí que ser hombre
era quedarme sin máscara ni edad.
No escribo esto por deseo vacío,
ni por buscar lo que ya pasó,
escribo porque mi cuerpo aún sabe el camino
que tu piel una vez le mostró.
Porque hay cuerpos que dejan memoria,
no cicatriz, no error, no razón,
dejan marca viva, dejan historia
grabada directo en el corazón.
Elena, amor carnal del dos mil diecisiete,
mi piel no te pide volver,
solo reconoce, cuando late,
que contigo aprendió a arder.


