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sábado, 16 de octubre del 2021

El vendedor de plasma / Ficción

Cuento breve de Mario Chávez, escritor y periodista, residente en Canadá, que narra la historia de Luis Botella era un típico salvadoreño: moreno, bajito, de pelo liso, con varias cicatrices en la cara y el cuerpo, por la vida dura que le tocó llevar en San Salvador

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A Luis Botella le gustaba chupar. Eso lo sabía todo el mundo en su barrio. A menudo se le podía ver en la esquina de la cantina, bien a verga, compartiendo su tortilla con sal con Rambo (una mordida él, otra mordida el chucho), su fiel perro guardián, como él le llamaba, porque el canino había evitado varias veces que le robaran lo poco que andaba encima cuando se quedaba raniado en cualquier esquina, lo que sucedía a menudo.

Luis Botella era un típico salvadoreño: moreno, bajito, de pelo liso, con varias cicatrices en la cara y el cuerpo, por la vida dura que le tocó llevar en San Salvador. Desde pequeño, su padre, carpintero de viejo cuño, lo llevaba a la construcción de las distintas colonias de esta caótica capital centroamericana. Allí, en el mismo lugar de trabajo, perdió la virginidad, con una prostituta ya entrada en años, pero que al poco tiempo se convirtió en su preferida. Le decían que se había enamorado de la “Britney”, como se había bautizado la mujer para los negocios del placer. Un día, la mujer ya no llegó más a la construcción: se había ido a probar suerte a los burdeles de Panamá, donde aún llegaban extranjeros que pagaban mejor que los peones con los que solía acostarse.

Pero eso ya pasó mucho tiempo atrás. Hasta hace poco, Luis Botella se dedica a repartir pizzas en su motocicleta Pajarito, la que sabía manejar con la más grande experticia: se movía como una rápida serpiente en medio de los miles de carros que se amolotonaban todos los días en las calles, causando unas trabazones capaces de quitarle el juicio a cualquier cristiano.

Manejando su moto iba cuando sintió los primeros síntomas del virus. Sintió ese feo y doloroso nudo en la garganta y el sudor y calor de la fiebre mientras navegaba por las desquiciadas aguas de asfalto de la colonia Monte Verde, nombre que le recordaba su otra pasión: La Mary Jane. Era famoso en el barrio porque rolaba unos puros enormes, que lo dejaban muriéndose de la risa de cualquier cosa que pasaba a su alrededor, en especial las chicas a las que piropeaba de manera inapropiada. Ellas siempre le respondían con otras palabras soeces y era entonces cuando Luis Botella se carcajeaba como el hombre más feliz del mundo.       

Pues sucede que después del “delivery” de las dos Hawaianas, se fue directo al hospital Rosales, donde tuvo suerte de encontrar una cama vacía de donde no lo pudieron bajar los médicos mientras él decía: “Me estoy muriendo del Covid. No sean malos, ayúdenme por el amor de Dios”, suplicaba. Como era de esperar, el contenido nasal de la prueba del hisopo dio positivo a la temible enfermedad, que estaba causando estragos en todo el mundo, con casi un millón de muertos en todo el planeta.

Pero gracias a los medicamentos que le dieron los galenos, Luis Botella logró recuperarse rápidamente, ganando la tan ansiada inmunidad. Cuando regresó a su barrio de Ciudad Delgado (o ciudad del guaro, como él le llamaba) se encontró con que doña Tita estaba también bien enferma del mismo mal que él acababa de vencer y los familiares de la señora, que siempre le había fiado en su venta del mercado, le rogaron que donara su plasma para auxiliar a la pobre mujer, a la que se salvó gracias a sus anticuerpos.

Después de donar su plasma a la señora, en la salida de la clínica del Ministerio de Salud, alguien le chifló desde la esquina de la calle. Abusado, como siempre andaba, Luis Botella no dejó de percibir la señal y la siguió después de ver que había salido de los labios de un sujeto barrigón y bajito, con cara de sapo, que se le quedaba viendo con ojos de avaricia.  

Al llegar frente al tipo, Luis Botella escuchó la pregunta que le cambió la vida: “Hey, vos, ¿Querés ganar un buen poco de dinero fácil?”, le dijo el cara de rana. “Por cada medio litro de plasma te voy a pagar 200 dólares”, añadió, enseñándole los billetes que se pasaba de una mano a otra para que se notara la gran cantidad de pisto. “Vaya, pues, vergón”, respondió Luis Botella, el que sólo se imaginó que con ese dinero podía chupar por varios días seguidos sin preocuparse por nada, ni trabajar. “Mejor le sacó el lado bueno a esta enfermedad que me dio”, se dijo a sí mismo mientras el Sapo lo llevaba de la mano a una casa medio destartalada que había a la vuelta de la esquina.

Allí ya lo esperaba el “doctor”, que llevaba su pulcra gabacha blanca encima y le indicaba con el índice la silla donde se tenía que sentar. Entonces, Luis Botella recordó que en la clínica le habían dicho que sólo podían sacarle un litro de sangre cada semana para evitar que sufriera un shock hipovolémico. Así que le dijo al que estaba a punto de meterle la aguja en la vena de su brazo izquierdo: “Sólo sacáme medio litro, porque me acaban de sacar otro poco allá en la clínica”. El hombre asintió con la cabeza.

Luego del rápido procedimiento, Luis Botella recibió el cash de manos del cara de sapo, que con una picara sonrisa en el rostro le dijo: “Regresá mañana si querés más pisto”. El bolito le dijo que volvería la siguiente semana y el anfibio le sonrió aún más mientras lo palmeaba en la espalda y lo llevaba a la salida de atrás de la pocilga donde funcionaba su negocio ilegal, pues la venta de plasma estaba prohibida por las autoridades. Sin embargo, la gente, en su desesperación, llegaba a pagar hasta dos mil dólares por un poquito de ese líquido blancuzco que quedaba luego de que lo libraran de las células rojas. 

Luis Botella pasó una semana “vergona”, como a él le gustaba decir. Así fue que cuando ya había pasado unos cuantos días, volvió a asomarse al chiquero donde funcionaba el negocio ilegal de compra de plasma. Y como la pandemia acaba de comenzar, fueron cientos de dólares los que ganó Luis Botella al acudir, religiosamente, todas las semanas a ese lugar.

Parrandas sin fin fueron esos días para el vendedor de plasma. “¡Me gané la lotería, bichas, así que demen mucho amor!”, le decía Luis Botella a las trabajadoras del sexo que se peleaban por sentarse en sus piernas, en los chupaderos de mala muerte del centro de San Salvador, donde las rocolas sonaban un poquito más bajo de lo habitual, pues aún estaba prohibido vender licor en esos antros, que en ese momento se encontraban funcionando de manera clandestina.

Entonces un fenómeno bastante interesante comenzó a suceder. En vez de ir una vez a la semana a que le sacaran los anticuerpos, empezó a ir más seguido, cada vez permitiendo que le extrajeran mucho más que el litro que le habían dicho, para ganar más dinero. A veces quedaba tan mal después de que lo pullaban, que hasta tenía que quedarse en el lugar, tirado en cualquier esquina, luchando por respirar porque su cuerpo ya no hallaba qué hacer con tan poco oxigeno que recibía, debido al super bajo nivel de células rojas con que quedaba después de cada procedimiento. Las palpitaciones eran fuertes, pero se relajaban al poco tiempo, en especial después de que le dieran un pedazo de pan dulce y una gaseosa para superar la crisis.

Después de recuperarse, con los bolsillos llenos de billetes de diez dólares, volvía a las andadas y la pasaba de a galán, tanto así que Rambo ya no comía sólo tortillas con sal, sino que también pollo encebollado y carne asada, los platillos preferidos de Luis Botella.

Pero las cada vez más constantes visitas al negocio del cara de sapo no tardaron en pasarle la factura y desarrolló insuficiencia cardíaca debido al gran trabajo que tenía que hacer su chacalele cada vez que le cortaban el suministro de oxígeno. El corazón le había crecido en tamaño de una manera rapidísima, mientras cada vez más de sus células morían, necróticas.

Pues para no hacerles más largo el cuento -que cualquiera lo puede comprobar si va a preguntar a la calle Tepito, donde está el cuarto de mesón donde vivía Luis Botella-, sucedió que ya casi al final de sus días, el héroe de este relato decidió ya no volver a ir a vender el plasma. Su intuición le dijo: “Basta ya, te vas a morir si regresas”. Bien hubiera podido salvar su vida si hubiese seguido el consejo de su subconsciente, pero el destino le tenía preparada una jugada que no pudo evadir.

Resulta que un día de lluvia intensa, cuando ya se había recuperado un poquito de la última ordeñada de sangre que le habían hecho, Luis Botella decidió ir a chupar a otro barrio, donde nadie lo conociera, porque ya se había cansado de que le pidieran tantas monedas los otros bolitos de la cantina, y en ese otro lugar, ya bien a verga y todo mojado, encontró tirada en una esquina a la Britney, quien ya había avejentado bastante por la perra vida que le había tocado llevar.

Luis Botella recibió un gran impacto cuando la reconoció y recordó todos aquellos lindos momentos que había pasado junto ella en su juventud temprana. Se le acercó un poco, en medio de la gran tormenta que azotaba, pero ella le dijo: “No se arrime más a mí, señor, que tengo coronavirus y no quiero infectarlo. Creo que ya voy a morir”.   

El bolito quedó sin palabras ante la revelación de la mujer. Su inflamado corazón, que nunca había perdido los sentimientos más profundos del ser humano, empezó a llorar. Fue entonces cuando Luis Botella paró un taxi que pasaba por allí de casualidad en ese momento, recogió a la Britney con las pocas fuerzas de sus brazos (ella ya casi no pesaba nada) y le dijo al taxista, que andaba bien protegido con su mascarilla azul: “Al Rosales, rápido, que se me muere la mujer que más felicidad me ha dado en la vida”.

Ante la insistencia de Luis Botella, y a pesar de su mal estado de salud, los médicos accedieron a sacarle el plasma que la Britney necesitaba. Los galenos no sabían nada del problema cardiaco del paciente. Esa fue la gota que rebalsó el vaso. Murió sobre la 25 avenida oriente, poco tiempo después de fumarse un puro de mota que cargaba en una cajetilla de cigarrillos. Bien pedo, su corazón falló por última vez, pero salvó a la mujer, quien ya recuperada, al final de la pandemia, no dejaba de ir cada mes a la tumba de Luis Botella a dejarle unas flores y hablar con él. Le decía tiernas palabras de amor, las que él nunca escuchó durante su corta vida, en los barrios de bronca de San Salvador. 

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